martes, 14 de mayo de 2024

Los zapatos de papá

 

Con este relato, a caballo entre la realidad y la ficción, me presenté a un concurso de cuentos que, a pesar de esa mínima esperanza que tenía, no he ganado. 

No es uno de mis posts al uso, de esos que escribía cuando esta Sopa estaba calentita con historias varias... es, sobre todo, un homenaje a mi padre y una forma, quizás, de llevar ese duelo que todavía no sé si he logrado caminar...



- Faltan los zapatos.

No sé si llegué a decirlo en voz alta o si, únicamente, lo pensé. Lo que sí sé es que esas tres palabras, de pronto, se transformaron en una auténtica misión. Abrí la puerta del armario lentamente, y ahí estaban ellas. Las cajas de zapatos que siempre había sentido como guardianas de un gran tesoro. Siempre perfectamente ordenadas, siempre en sus embalajes originales. No me hacía falta abrir ninguna para saber que, dentro, cada par estaba resguardado por su propia bolsa de gamuza. Contemplé la pila sabiendo el modelo exacto que había dentro de cada una y, con el cuidado con el que se transporta algo valioso, saqué la tercera caja. La abrí despacio, deshice el nudo de la bolsa y me quedé mirando aquel par de Lotusse de piel negra que todavía olía a nuevo. Acaricié la bolsa como quien acaricia a un bebé, mirando fijamente el cuero brillante.

- Decía que le hacían daño cuando caminaba mucho, le dije a mi madre, pero la verdad es que son perfectos.

Perfectos, susurré para mí. Perfectos. Acababa de elegir los últimos zapatos que mi padre llevaría puestos, los que le iban a acompañar en esa despedida que me había propuesto organizar como había hecho tantas veces en mi vida profesional. No dejando espacio a la improvisación, repasando de forma casi compulsiva esa lista de tareas para que todo sucediera como se esperaba. Buscando soluciones a los problemas. Algo que había hecho miles de veces, pero que no contemplaba una excepción importante. Mi padre se había muerto, y el evento no era otro que su sepelio de despedida. ¿Cómo se encuentran soluciones o fórmulas mágicas ante algo así?

Mientras mi madre acababa de arreglarse, vagabundee abrazada a aquella caja de zapatos por la casa. Me pareció más vacía que nunca. Tan silenciosa que estremecía. Miré con detenimiento las muchas fotos que llevan toda la vida llenando de caras y sonrisas ese espacio que habitaban hasta ese día mis padres, los dos. Un hogar que para mí no lo era porque apenas lo había vivido tres años, y hacía casi treinta que solo iba de visita. Pero las fotos seguían allí, contándonos el pasado. Recordándonos a todas esas personas que quisimos y ya no están pero, también, a las que llegaron para recordarnos que, a pesar de las ausencias, la vida siempre se abre paso.

Curioseé los rostros recordando cuándo se tomaron, sonriendo ante esas anécdotas que me venían a la cabeza, hasta que llegué a la foto que de alguna manera estaba buscando incluso sabiendo perfectamente dónde estaba. En ella, un niño de apenas cinco años posaba rodeado de nieve en una foto en blanco y negro. Sacaba pecho, sonreía con una media sonrisa de adulto a pesar de tener un cuerpo tan pequeño. Una imagen tomada hace más de 60 años en un lugar al que, de pronto, volví. A mi infancia, a la casa de mi bisabuelo. Una visita obligada cuando a Burón todavía no lo había devorado el pantano de Riaño, y la casa en la que nació mi padre permanecía exactamente igual que siempre. Como la recuerdo y como la viví en los ocho años de vida que la disfruté, cuando las tardes de verano eran largas y el bullicio de familia y amigos en el patio era constante.

- En esa foto, la única que tengo de niño, llevaba un abrigo que me quedaba grande y los zapatos remendados. Eran los de los domingos, los únicos que tenía.

Recordé todas las veces que mi padre me había contado esa historia y todas las medias sonrisas de nostalgia que le acompañaban frente a esa imagen. Descubrí entonces que se notaban las costuras, que se apreciaba el paso de un hilo grueso con el que se quería alargar la vida de ese único par de zapatos presentable que tenía. Había visto la misma foto durante toda mi vida y solo ahora, cuando mi padre ya no estaba, me había parado a escudriñarla con detalle.

Solo un poco más allá de su foto infantil, mi padre me miraba desde otra también en blanco y negro. Lo hacía desde un lateral, en la parte de atrás del grupo. Espigado, mirando a cámara. La tez morena, la camisa blanca. Apenas tendría quince años. Delante de él, no solo estaban mis abuelos. También estaba esa gran familia colombiana de la que nos separa un Atlántico pero que siempre hemos querido como si estuvieran cerca. Todos sonríen en la foto salvo la abuela Margarita. La única que está sentada en el suelo y ataviada con atuendos indígenas porque, a pesar de vivir en Bogotá, nunca renunció a lo que era. Aquellos fueron los años felices en la vida de mi padre. Los que llegaron después de la gran tormenta vital que tuvo que sufrir cuando, con apenas seis años, se subió en Vigo a un barco para cruzar un océano buscando con mis abuelos esa quimera de una vida mejor. Durante semanas, vivió la experiencia de dormir en un camarote cuyo ojo de buey estaba bajo el agua. Eran los billetes más económicos, los únicos que podían permitirse.


- Veía nadar a los delfines, un lujo que no tenían los que pagaban un pasaje de cubierta, solía decir con cierta sorna.

Viéndole en aquel grupo de sonrisas y caras conocidas, recordé cómo esa llegada a Colombia fue el final del espejismo de la felicidad que prometían las Américas y cómo, con solo seis años, había descubierto lo que era la traición, el frío y la necesidad. Recordé entonces todas las veces que me había contado cómo fue la vida en esa finca en la que tanto él como mis abuelos estaban al servicio de una familia de fortuna. Cómo fue para él pasar hambre mientras veía pudrirse la fruta de los cientos de frutales que tenía prohibido tocar.


- Con el primer sueldo, tu abuelo me compró un par de zapatos para ir a la escuela.

La voz de mi padre volvió a sonar en mi cabeza. Nuevamente, un único par de zapatos. Ese que se quitaba cada día al salir de la finca para caminar la distancia hasta la escuela descalzo, cuatro kilómetros cada recorrido, y que volvía a enfundarse para entrar a clase. Unos zapatos que, al principio, le quedaban grandes y le hacían heridas pero que por ser los únicos suponían un auténtico tesoro que había que cuidar y, sobre todo, evitar gastar. Eran los mismos zapatos que se volvía a poner para entrar en las tres misiones católicas en las que a los niños que escuchaban el catecismo les daban de merendar, y que para mi padre eran la oportunidad de poder comer. Los mismos zapatos que se estaba calzando en la puerta de la finca el día que su tío Manolo fue a su encuentro para sacarles de la miseria.


- “Mijo, esos zapatos le quedan pequeños; no se los puede poner”, me dijo en una mezcla de acentos de aquí y de allá. “¿Eres Jose, Jose el de Saturno?” Yo asentí, me abrazó y solo me dijo “llévame con tu papá que hay que sacarles de aquí”.

Mirando la sonrisa de aquel adolescente que fue mi padre, repetí su gesto. Ese que le había visto hacer durante casi toda su vida y que formaba parte de un peculiar protocolo. Volví a mirarle instintivamente los pies para encontrar unas zapatillas blancas de tela relucientes que destacaban en la foto. Como si él hubiera querido que salieran, que se vieran. Como si fueran un auténtico símbolo de una época amable en la que el miedo, la tristeza y la incertidumbre de aquella primera época en Colombia se hubieran quedado atrás.

Continué vagando sin rumbo de foto en foto en el silencio más absoluto y sintiendo que aquella casa era más oscura que nunca a pesar de que el sol entraba por todas las ventanas en un 12 de noviembre inusualmente luminoso. Llegué a la foto de mi comunión, tomada en el jardín de esa casa de Madrid en la que crecí hasta los 14 años. En ella estaba flanqueada por mi padre y mi madre, que sostenía en brazos a mi hermana. A la memoria vinieron aquellos años de colegio francés, de tardes jugando al fútbol con mis vecinos. Aquellos muchos años en los que mi padre salía de casa antes que nosotras y volvía siempre bien entrada la noche. La década en la que los sábados le acompañaba de la mano a trabajar para ser premiada, después, con un batido de chocolate y una tortita encaramada en alguno de los taburetes de “La Americana”: un bar que honraba su nombre, y que era una auténtica revolución para la época. Aquellos años en los que su audacia y valentía, la misma que tenía aquel niño de cinco años entre nieve, le habían hecho convertirse en el director financiero más joven de una multinacional alemana en la que era el único trabajador que no conocía el idioma. Una excepción a la regla con la que solía bromear con cierto orgullo.


- Papá necesita zapatos para las cosas serias.

Esa frase me vino a la cabeza de pronto. Era la que siempre repetía mi madre en aquellas jornadas de compras que para nosotras, dos niñas, resultaban interminables y que consistían, básicamente, en visitar El Corte Inglés para que él eligiera calzado para la siguiente temporada. Eran los zapatos de las reuniones. Los que un jefe de sección de ese gran almacén le apartaba cuando llegaban las rebajas según los gustos de mi padre, uno de sus mejores clientes, quien a pesar de haberse labrado un nombre y una carrera profesional siempre vivió administrando el dinero. Siempre se probaba un sinfín de modelos para acabar eligiendo siempre cuatro pares -dos negros y dos marrones- que a mí me parecían exactamente iguales a los de años anteriores, y terminar la sesión de compras con la sentencia de todos los años.


- ¿Las niñas no necesitan calzado?

Abracé contra el pecho la caja de aquellos Lotusse que había elegido entre una docena, como si ese gesto me permitiera abrazarlo a él. Al hombre que me enseñó que la vida es cuestión de esforzarse pero, sobre todo, de ser buena persona. A ese padre generoso que nos mimó y nos exigió a partes iguales. El que me retiraba la palabra si volvía a casa con menos de un ocho en un examen. La persona que era mi primera llamada para consultar cualquier problema o compartir una alegría. El que me enseñó que a la gente se la juzga por cómo es y no por lo que aparenta pero que, durante prácticamente toda su vida, te miraba los pies nada más verte para hacer un análisis de situación


- Los zapatos hablan. Dicen mucho de las personas, y no porque sean buenos o malos. Es, únicamente, porque son el reflejo de quien eres y le dicen a quien tienes enfrente mucho más incluso de lo que eres capaz de contar.

Sonreí al recordar esa enigmática sentencia que me espetó una noche fría de febrero tomando un café en una calle de León. En esa época, mi padre todavía era él. Conservaba ese humor con retranca que le caracterizaba a pesar de que algún revés le había restado luz y alegría. Seguía siendo el hombre que sentía con orgullo el pueblo en el que nació a pesar de haber vivido prácticamente toda su vida lejos de él. Mi padre vivía apegado a la tierra, a la suya. Como si fuera la única certeza que tenía en su vida.

Escuchaba a lo lejos a mi madre hablar por teléfono desde el piso de arriba, sentía su dolor sin necesidad de verla. Había perdido a su compañero de vida, al hombre con el que la compartió durante casi cincuenta años. A ese padre mío que había dejado de serlo, poco a poco, hasta transformarse en un desconocido en muchos aspectos. Mirando aquella caja de zapatos pensé en todas las veces que me había enfadado con él en el último año a pesar de ser consciente que mi padre, simplemente, tenía una enfermedad llamada demencia que tenía mucha prisa por convertirlo en su rehén. Pensé en todas las veces que había perdido la paciencia. Rebusqué en las fotos de mi móvil una de las últimas que le había hecho. Y entonces la vi. Vi esa vejez que antes había mirado sin ver pero que, ahora, resultaba más real que nunca.

Mi padre se había hecho muy mayor en muy poco tiempo. Era consciente de que eso, tiempo, era lo que ya no tenía. Y había dejado de mirarte los pies y evaluar tu calzado al verte. Por primera vez en su vida, le daban igual los zapatos. Decía que era porque todos le molestaban, la realidad era que la mayor parte de los días no era capaz de ponérselos. Algo que no solo le frustraba sino que le dolía en el alma.

Saqué aquel par de Lotusse y me los puse. Como a mi padre en su infancia, me quedaban un poco grandes. Sonreí. Hasta cuando ya no estaba me dejó en herencia ese aprendizaje de comprender que a todos la vida a veces nos sobra y otra nos aprieta, pero que eso no impide seguir caminando.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Y de pronto...

"Se despidieron y, en el adiós, ya estaba la bienvenida"

Mario Benedetti


La vida chasca los dedos y te deja tiritando…
Tratando de saber por dónde te han dado esa puñalada por la que se te escurre la esperanza…
La misma herida por la que, de pronto, entra la realidad… arreándote de frente en la cara…
sin piedad...
dejándote completamente anestesiada...
haciéndote tomar conciencia de que el tiempo se escapa…
de que esa despedida que aceptas pero no entiendes está cada vez más cerca…
dándote cuenta a la fuerza de que, de pronto, vas a tener que aprender a conjugar en pasado los recuerdos… los sentimientos… las carcajadas…
los años…

Descubres que, quieras o no, te has hecho un poco más vieja en apenas unas semanas… sin poder tapar las canas por más que lo intentas, sin poder hacer más que rendirte y estremecerte cada vez que suena el teléfono… con cada “sigue dormido” que hemos escuchado a lo largo de unos días que, de pronto, eran tan infinitos como fugaces…

De pronto, una palabra de solo cuatro letras me parece jodidamente demoledora… papá, papi… la escucho, la digo… la siento y la mastico… la lloro sin darme la licencia de realmente de hacerlo… como si no debiera partir en dos mi alma y decir abiertamente que, de pronto, me siento sumamente indefensa… pequeña… parada en el tiempo… que me veo buscando vídeos en el teléfono para oír de nuevo una voz que ahora mismo mi cabeza no me permite recordar aún sabiendo perfectamente cómo es… 

De pronto se ha hecho demasiado pronto… para decir adiós… para sumar veintiunos de febrero y martes de Carnaval… para ver envejecer, para contemplar desarmada cómo el padre que yo conocí iba desapareciendo día a día y no poco a poco… 

Para darme cuenta de que una parte de mi corazón se ha roto... que he quemado otra de mis vidas de gata y que, de pronto, quizás ya sea demasiado tarde…

jueves, 30 de abril de 2020

Ahora...


"Trata de mantener siempre un trozo de cielo azul sobre tu cabeza"

Marcel Proust


Ahora cotizamos al alza los besos...
tomando conciencia por fin del increíble signo de amor que son...
ahora abrazar a quienes quieres se convierte en tesoro...
en sueño...
en un deseo sobrecogedor porque no tiene fecha ni posibilidad de incluirlo en una agenda...

Ahora esa muletilla de "cómo estás" cobra un significado auténtico...
se transforma en una frase con sentido...
en dos palabras que tienen, probablemente, más valor que nunca...
ahora masticamos la nostalgia...
haciendo de poco tiempo un auténtico mundo...
transformando un puñado de semanas en una auténtica vida...

Ahora miramos a los ojos desde lejos...
echamos de menos los atascos...
el tener que esperar para poder sentarnos a esperar...
extrañamos esa molesta sensación de sentirnos solos rodeados de gente...
ahora contamos los días como nunca lo habíamos hecho...
dándonos cuenta de cuánto pesa todo ese tiempo ajeno a las rutinas...
dándonos cuenta, a la vez, de lo valioso que es...

Ahora...

martes, 7 de abril de 2020

Esa extraña sensación...


"Nada da más valor al miedo que el miedo de los demás"
Umberto Eco


La respiras
en ese escrupuloso lavado de manos que parece arrancarte la piel, el que hace que te escueza la calma... un gesto que se ha llevado por el desagüe la rutina, ese aburrido día a día que ahora nos parece extraordinario... con cada lavado de manos, somos más conscientes de que respiramos un aire distinto... uno que, de pronto, nos parece un auténtico enemigo... un rival silencioso que le ha robado a las personas sus nombres para transformarlos en números... en demasiados números... 

La tocas
cada vez que tienes que salir de casa... un espacio que, ahora mismo, es cárcel y castillo... nos sentimos tan atrapados como seguros... deseamos salir de ella y, a la vez, nos aterra la idea... nos enfrentamos a una compra de supermercado evitando cruzar miradas para no tener que hablar con nadie, para no tener que medir si la distancia de seguridad es demasiado escasa... acariciando la vida enfundados en guantes de látex, perdiendo de alguna manera la noción de esa realidad que hasta hace unos días era lo único que conocíamos... un mundo que, de pronto, se ha quedado congelado en el tiempo... el que ahora tocamos con la mirada desde lejos o a través de pantallas...

La masticas
cuando piensas en todos esos abrazos que no puedes dar... cuando recuerdas los últimos que le diste a la gente que quieres... esa extraña sensación nos ha robado poder estar cerca de los nuestros, poder hablar con ellos sin que haya una videoconferencia de por medio... nos ha robado el calor y la piel, pero también la libertad... una que toca ejercer de forma cautiva por el bien de todos... masticamos la impotencia de saber que muchos de esos nombres transformados en números se marchan solos de este mundo... que no pueden ver por última vez a quienes quieren porque esa extraña sensación se ha apoderado de todo... a ellos les robó la despedida, a quienes les querían les robó poder vivir su duelo como lo conocemos... con abrazos, con esas personas que amortiguan tener que decir adiós...

La ves
cada vez que experimentas la sensación de caminar las calles vacías, oyendo tus propios pasos... unos que son lo único que rompe un silencio que, de pronto, se antoja como un ruido atronador... la ves en esas ciudades que conoces y que ahora se han quedado huérfanas... mudas, carentes de vida... unas imágenes tan hermosas como estremecedoras, unas que te obligan a rebuscar en el álbum de fotos de tu mente cómo eran la última vez que las viviste... vemos esa extraña sensación detrás de las mascarillas, detrás de cada titular... está en esa curva que observamos subir con angustia cada día en el telediario... está en cada uno de esos aplausos se dan en las UCIs para celebrar que se le ha ganado un pulso a la muerte... 

Y la sientes
cada vez que tienes que mirar en el calendario qué día de la semana es porque has perdido la noción del tiempo... cada vez que pasas revista a los días transcurridos, cuando piensas en los que pueden quedar... vivimos en una extraña mar en calma, en una sensación de irrealidad desconcertante que plantea demasiadas incógnitas... el mundo sigue ahí pero no tenemos la certeza de que sea el mismo que conocíamos... y esa falta de garantía alimenta todavía más esa extraña sensación que ha inundado nuestro mundo... 

Esa extraña sensación es un miedo que no habíamos vivido nunca... uno absolutamente desconocido que nos maneja de forma invisible y sin ninguna piedad... al que tenemos que enfrentarnos sin plan de vuelo... a ciegas pero mirándole de frente... porque, aunque ahora reine, no podemos dejar que nos gobierne... 

Imagen | FaCimadevilla en Instagram

domingo, 29 de diciembre de 2019

Mordiscos...

"Ten en cuenta lo que vayas a decir, no lo que pienses"
Publio Siro

Hay personas que te dan mordiscos...
que te arrancan un pedazo del alma para formar parte de tu vida para siempre...
a veces, para ponerle luz... 
otras para llenarla de oscuridad...
personas que dejarán su sello, que serán recuerdo...
en ocasiones, acompañados de una sonrisa...
en otras, para sentir la punzada de un alfiler en la boca del estómago...

Hay personas que saben morder...
que te miran a los ojos al hacerlo...
que consiguen que sientas ese increíble placer que desencadena una reacción en la piel...
que te la eriza, que convierten un escalofrío en calor...
personas que te clavan los dientes sin tocarte para dejarte una marca imborrable e invisible...
hay personas que muerden para hacerte sangrar...
para hacerte sufrir...
para que cada uno de sus mordiscos se transforme en dentellada...
haciendo correr la sangre, encogiéndote la vida...
personas cuyo segundo nombre es Soberbia...
una compañera de viaje que te hunde los colmillos hasta desgarrarte...
hasta lograr que una simple palabra haga que se te pare el mundo...

Hay personas cuyos mordiscos son caricia...
delicados, sutiles...
dados con los labios sobre los dientes...
con la misma dulzura con la que una madre mordisquea a su bebé...
mordiscos que saben a hogar, a abrazo...
a trozo de chocolate deshaciéndose en la boca...
a esa calma que necesitas en mitad de una tormenta...
hay personas cuyos mordiscos son bofetada...
mordiscos capaces de robarte un poco de vida...
haciendo que la sombra de la tristeza te sobrevuele...
amenazándote con su jodida oscuridad...
mordiscos que te hacen detener el tiempo para convertir cada momento en radiografía...
en análisis...
en una pequeña punzada de dolor en la boca del estómago...

Hay gente que te muerde el corazón para quedarse siempre contigo...
y gente que lo hace para que los destierres de tu vida...
para que cierres filas en torno a una sonrisa que no sabes dibujar...
para que recuerdes que el tiempo que te han robado no va a volver...
y que, solo por eso, no tienen derecho a ocupar un espacio en tu vida...

Atribución | Fátima Cimadevilla en Instagram

miércoles, 23 de enero de 2019

Mi patria...



"Nadie es patria, todos lo somos"
Jorge Luis Borges



Mi patria no es la de las banderas en la muñeca…
no es la que reivindica una raza propia, ajena a su pasado y a su memoria…
alejando y apuntando con el dedo a quienes vienen de esas mal entendidas fronteras que algunos quieren que sean muros insalvables…
no es la de quienes olvidan que nuestra mayor riqueza es la diferencia…
no es la que divide para vencer…
no es la que le niega a nadie una identidad, una raíz… 
una forma de entender la vida…
una manera de amar…

Mi patria es la que vive en cada persona que ayuda a otra a superar un obstáculo o a llevar una bolsa…
es la que escucha, la que empatiza… 
la que comprende, la que consigue entenderse…
es esa que comparte contigo lo poco que tiene sin hacer alarde de su humilde generosidad…
es ese país que vive puerta con puerta, y que las abre…
el que se siente en la sonrisa de un desconocido como actitud ante el mundo…
un país que está presente en cada pequeño gesto que nos recuerda que más allá de pantallas, asfaltos, egoísmos, zancadillas, crisis e individualismos somos tribu…
que somos esa manada que se construye de manera invisible para crecerse en la adversidad o para compartir emociones a flor de piel…
una patria en la que no hay colores, pasaportes ni barreras…

Mi patria es un país de generosidad…
uno en el que un pueblo entero abre sus puertas como forma de ayudar…
como única manera de poner su grano de arena en demasiadas toneladas de tierra…
es el país que comparte la angustia de otros…
el país que se une y se mueve cuando la tragedia sobrevuela…
ese en el que miramos las noticias en silencio sintiendo un zarpazo en la boca del estómago…
es el país en el que sentimos que un niño desconocido es de casa… 
el mismo en el que un mar lleno de petróleo se limpia gracias a las manos de todos…
el país al que se le rompieron las costuras un 11 de marzo, la misma patria que hizo de las Ramblas su propia calle un terrible día de agosto…
es la patria que se lanza al mar a rescatar a esos olvidados de los que nadie quiere conocer su nombre para evitar así la vergüenza…
la misma que se emociona pensando que unos pocos hombres van a echarle un pulso a la tierra por ayudar…
con sus manos, como han hecho tantas veces… 
aun a riesgo de que la tierra gane…
aun a riesgo de tener que ser portadores de la noticia más terrible de todas…

Mi patria es esa en la que, a pesar de mucho y de muchos, hay bondad más allá de las diferencias…
esa en la que la solidaridad no se mide en kilos del Domund sino en caldos para paliar el frío…
el que se siente en la piel, el que te atenaza el alma...
se mide en esa gente que decide ayudar sin pensar en más…
en personas que se concentran sin decir nada como muestra de apoyo… 
mi patria es esa en la que lloramos e, incluso, invocamos a dios a pesar de no creer en él…
para que la vida obre milagros desafiando, incluso, a la física…
a la mismísima naturaleza…
deseando con todas nuestras fuerzas que la justicia no escrita del mundo se imponga haciéndonos sentir que existe, que podemos contar con ella…
creyendo, a pesar de la realidad, que un niño perdido puede volver a su casa a pesar del lento pasar de los días…

Mi patria es un país que, ahora mismo, solo mira al sur…
un país en el que, a pesar de la razón, pensamos con las tripas…
el mismo en el que la palabra esperanza se niega a abandonarnos hasta que no haya evidencias irrefutables…
porque forma parte de nosotros…
porque vive entre nosotros, 
porque la sentimos parte de nuestra identidad...
mi patria es ese lugar que construimos entre todos…
un país que se abraza cuando hace falta…
uno que cree en los finales felices…
el mismo que, en silencio, se resiste a pensar que no existen…    
ese en el que no verbalizar algo ayuda a espantar nuestros peores temores como si eso evitara que se cumplieran…

Mi patria es ese país que solo quiere agarrar de la mano a la vida…
mirarla de frente…
volver a sentirla respirar… 
y abrazarla tanto como si haciéndolo nada malo pudiera pasar...

miércoles, 4 de julio de 2018

Vivir...


"Amar y sufrir es, a la larga, la única manera de vivir con plenitud y dignidad"  
Gregorio Marañón


Vivir es un extraño ejercicio...
uno entre el saber y el aprender...
es eso que te pasa mientras piensas en mañana, mirando con nostalgia al pasado sin darte cuenta de que también forma parte de tu historia...
que eso es lo que nos hace ser quienes somos...
Vivir es llorar y disfrutar de los mordiscos...
regalar sonrisas y besos porque son gratis, porque endulzan la vida... porque son ese par de cosas que cambian por completo un día...
es cagarte en todo porque te pilla un chaparrón o desnudarte para bailar bajo la lluvia...
es ser un juego de opuestos cada segundo de esa cosa llamada vida...

Vivir es dejar que la pena se apodere de ti o disfrutar de esa cálida cosa inexplicable que es la felicidad...
aunque dure un segundo, aunque solo ilumine como lo hace un rayo en una tormenta de verano...
es tener la oportunidad de saber lo que siente al querer, lo que se sufre al odiar... 
lo increíblemente maravilloso que es el amor, lo jodidamente dura que es la traición...
es poder saborear un trago amargo como si fuera dulce y viceversa...
Vivir es escribir tu historia con cada paso...
eligiendo de manera inconsciente o plenamente razonada cuál será tu destino...
es poder sentir ese nerviosismo tan bonito que se siente al reencontrar a un amigo...
también es dejarse llevar por la tristeza cuando esa persona deja de tener ese título...

Vivir es enamorarse y dejar de estarlo...
es respirar hondo, reír a carcajadas...
es sentir soledad y compañía... es aprender a elegir cada una de ellas en el mejor momento...
es experimentar que te suenan las tripas, que se te eriza la piel o que te cae una lágrima por la mejilla... 
Vivir son días de sol pero también de nubes negras...
de esas que traen consigo oscuridad pero, a la vez, son el anticipo de la luz...
es saber que estás, que eres...
que sientes y padeces...
es conocerte para ser el mejor compañero que puedas tener durante toda tu vida...

Vivir es saber que te vas a ir algún día...
es tomar conciencia de que, hasta entonces, tienes la oportunidad de hacerlo...
intensamente...
sin añorar el pasado, sin temerle a lo que pasará mañana... 

Vivir es un regalo tan increíble que, solo por eso, merece la pena vivirlo...


Imagen | FaCimadevilla en Instagram

domingo, 1 de julio de 2018

Lo que no te cuentan de la maternidad...



"No hay manera de ser una madre perfecta, hay un millón de maneras de ser una buena madre"
Jill Churchill


Lo que no te cuentan de la maternidad es que dejarás de existir... alcanzando una cuarta dimensión de la materia que te convierte en invisible... esa que hace que nadie se percate de que estás a pesar de que te esfuerces por sonreír y por hablar, incluso queriendo desaparecer realmente... nadie te cuenta que, de pronto, existirá una competición por saber a quién se parece tu hijo... ni que tendrás que escuchar frases como un "tú no has puesto nada aquí" al que te apetece contestar que casi 41 semanas de gestación, 13 horas de parto y 37 puntos... nada... 

Lo que no te cuentan de la maternidad es que en tu posparto descubrirás lo más bonito y lo más terrible que tienes dentro... que te sentirás desgraciada y jodidamente triste... que estarás atrapada en un cuerpo que, de pronto, es tu peor enemigo... que mirarás a esa criatura que amas sin conocer sintiendo lástima por él por la madre que le ha tocado en suerte... por una madre que no duerme a pesar del agotamiento y que no resiste escucharle llorar con nocturnidad y alevosía... nadie te cuenta que te sentirás una piltrafa, que sentirás que la frustración se apodera de ti a pasos lentos pero seguros... que sientes esa jodida soledad en mitad de la gente que no se soluciona con visitas sino con tranquilidad... que tan solo necesitas un abrazo sin tener que pedirlo... que solo necesitas que entiendan cómo te sientes para actuar en consecuencia...

Lo que no te cuentan de la maternidad es cómo es ese sentimiento que te invade de pronto... ese en el que todo lo que haces está sujeto a crítica, a comentario... a corrección... a clase doctoral... nadie te cuenta lo que se siente cuando escuchas atribuirte a ti, por ser madre, que tu hijo se haya hecho caca o que lleve un body mojado... un sentimiento de indefensión y rabia a la vez tan grande que te aprieta la garganta para no dejarte ni respirar... nadie te dice que, de pronto, todo el mundo tendrá carta blanca para meterse en tu vida... para decirte cómo tienes que vivirla, cómo tienes que educar a tu hijo... cómo tienes que hacer las cosas, tratándote como si fueras una descerebrada adolescente a pesar de tener casi 40 años... anteponiendo los deseos de los demás a los tuyos... anteponiéndolos, también, a lo que tú como madre consideras que es lo mejor para tu hijo... 

Lo que nadie te cuenta de la maternidad es que sufrirás... que sufrirás mucho... que descubrirás que eso tan bonito que ha venido a inundar tu vida de felicidad es un motivo de llanto... no por él en sí, eso es lo jodido... llorarás por lo de alrededor... por no dejarte disfrutar de verdad de ese tesoro que la vida vino a darte cuando ya no lo esperabas... ese mismo que supone fricción, demasiada palabra atragantada para no prender la mecha del incendio y distancia... distancia de la que duele, de la que se siente en el alma... nadie te cuenta que, de pronto, tus decisiones son motivo de juicio y quebrantamiento... de pelearte contra unos elementos que han logrado que calles... que no digas nada por tener la fiesta en paz... me río... todavía me sorprende estar escribiendo esto... callarme yo, que nunca lo he hecho... pero lo haces, comiéndote por dentro de impotencia y de pena... sin entender por qué te sometes pero con la terrible sensación de haber perdido por completo la guerra... con la errónea sensación de que solo puedes quedarte mirando mientras la palabra respeto se te escurre entre los dedos... como si, de pronto, te lo hubieran arrebatado...

Lo que nadie te cuenta de la maternidad es que, a pesar de todos los demás, serás feliz... suma, jodida y cansadamente feliz... lo serás cada vez que te mire ese ser que salió de tus entrañas y que despierta el sentimiento más animal que puedas tener dentro... cada vez que le sientas dormir contra tu pecho... cada una de las veces en las que se lance a tus brazos o se ponga a llorar... nadie me contó que entonaría ese "mi hijo" sintiendo que ese tándem de palabras hacen referencia al ser más excepcional, precioso y preciado... uno que vino a iluminar mi mundo a pesar de sus sombras... nadie te cuenta tampoco que, en este camino, te encontrarás con mujeres maravillosas... mujeres dispuestas a ayudarte, a escucharte... a entender lo que te pasa... a compartir experiencias sin prejuicios ni juicios... a, simplemente, acompañarte en tu camino respetando cada uno de tus pasos...

Tampoco nadie me contó que, a pesar de todos los demás, lo sentiría como lo más maravilloso que me ha pasado en todas mis vidas de gata... que, a pesar de muchas cosas, sentiría que es la labor más importante que me ha tocado ejercer en esta vida... y que, solo por eso, en algún momento dejarás de callar pase lo que pase... 

Porque, más allá de tanto ruido o de tantas lágrimas, hay una realidad... solo yo tengo el enorme privilegio de ser su madre... y por esa razón, sólo yo decido cómo vivirlo...


Dedicado a todas esas mujeres que se sienten identificadas... a todas las que me han ayudado y lo hacen aunque solo sea escuchando mis dudas o mis miedos... a las que respetan quién soy como mujer, como madre y como Fátima... y, también, a todos los que no lo hacen...



Imagen | FaCimadevilla en Instagram

miércoles, 9 de mayo de 2018

Mi otra madre...


"Los brazos de una madre están hechos de ternura, y los niños duermen profundamente en ellos"
Victor Hugo

Anoche, tapándole la tripa a Tristán en su cuna, volví a recordar ese gesto tan suyo... es lo único importante, decía mi otra madre cuando te atravesaba una manta de lado a lado en la cama inmovilizándote, que te tapes la tripa... algo que repitió cada una de las noches que dormí bajo su mismo techo durante mi infancia... un gesto que suponía su particular manera de decirte hasta mañana, uno que precedía a ese beso apretado en la frente al que seguía uno más rápido... una práctica, lo de la manta atravesada, que a mí me parecía un auténtico castigo pero que cumplía a rajatabla porque lo hacía ella... sonrío... ahora soy yo quien atraviesa a su hijo una manta para dormir... ahora entiendo el mucho amor que ella le ponía a ese momento...

Mi otra madre se fue hace unas semanas haciendo de este mundo uno un poco más oscuro... se fue para atarme un nudo en la garganta y hacerme recordar esa infancia maravillosa que compartí con ella... esa en la que la Judi, su perra querida y mi objeto de mordiscos cuando me estaban saliendo los dientes, no se había muerto sino que había encontrado un novio y se había ido a vivir con él... esa en la que si a mi primo y a mí se nos ocurría sentarnos en los cactus de mi abuelo y desgraciarnos el culo con sus pinchos, ella resolvía terminar con las plantas regándolas con lejía... una infancia que viví agarrada de su mano, sentada en su regazo... escuchándola llamarme "mi sol", regalándonos besos a todas horas... acompañándola a Don Antonio, un podólogo que no solo nos arreglaba las uñas sino que además a ella le daba la vida... visitarle era la excusa perfecta para volver a caminar por su adorado Madrid, para que sus ojos inquietos lo miraran todo como si no lo hubieran visto nunca... para merendar una tostada en esa cafetería Zahara de la Gran Vía que, como ella, ya no está... 

Mi otra madre sonreía y el mundo se convertía en un lugar diferente... ella te contagiaba de esa increíble paz que parecía vivir con ella, de esa increíble alegría que formaba parte de lo que era... era capaz de hacerte sentir una caricia con esa mirada que solo ella tenía, con esos ojos azules que tanto la obsesionaban... tienes que tener un novio con los ojos azules, me decía con firme convicción... estaba segura de que, de ser así, ese color suyo tan especial se perpetuaría en el tiempo... uno que nadie en la familia, salvo ella, tenía... sonrío... quizás se fue sin saber que, como tantas otras veces, tenía razón... algo que me hace sonreír con cierta tristeza cuando miro los ojos de Tristán y la recuerdo a ella... cuando me doy cuenta de que su deseo se cumplió... es un chico, me dijo convencida la última vez que la vi mientras me tocaba la tripa... sí mami, le contesté acariciándole la mano... me sonrió... y sabes una cosa, le dije mirándola fijamente como si ese gesto le hiciera entenderme mejor, que su padre tiene los ojos azules...

Mi otra madre era muchas cosas... era una niña de la guerra a la que el fantasma del hambre, la miseria y el miedo le acompañó durante toda una vida sin robarle la alegría... era una mujer que partía de la premisa de que todo el mundo era bueno a menos que demostrara lo contrario... que defendía a sus cachorros con uñas y dientes... que quería como poca gente conozco, con todo el corazón... con todo lo que era... y es que mi otra madre era, precisamente, amor... de ese tan auténtico y tan generoso que no había vez que hablaras con ella que no te dijera un "te quiero"... un amor que sentías desde el momento en el que, al volver a verla, te decía "chati" alargando mucho la "i" bañando el mundo de luz con una de sus preciosas sonrisas... era esa abuela que te llamaba con la regularidad de una madre, esa otra madre a la que era sencillo contarle tus intimidades... la misma que me mandaba postales cuando me iba de campamento... una mujer de firmes convicciones que, a pesar de ellas, te animaba para que te fueras a vivir con tu novio... una mujer que se pirraba por una hamburguesa del McDonalds, la misma que para mí es dueña absoluta de una receta de pollo en pepitoria que solo en su casa sabía a gloria... una dama coqueta que, incluso cuando la memoria le empezó a jugar una mala pasada, recordaba perfectamente el color de esmalte de uñas que utilizó toda la vida... sonrío... me miro las manos, de un increíble parecido a las suyas... incluso en eso sigue estando conmigo...

Mi otra madre empezó a irse hace mucho tiempo... cuando su memoria empezó a desvanecerse y creía estar en un hotel a pesar de que se trataba de una residencia... no se han gastado un duro en decoración, me decía con vehemencia... algo que a mí me obligaba a disimular la carcajada, algo que me consolaba al saber que parte de ese genio y figura que era antes seguía escondido en alguna parte de su cabeza... mi otra madre se fue distanciando del mundo como vivió... alegre, cantando... entornando los ojos cuando la besabas, sonriendo con un punto de coquetería cuando le decías el pelo tan bonito que llevaba... manteniendo, a pesar de las arrugas y de los muchos menos kilos, esa belleza que hacía que fuera inevitable mirarla... esa que tenía prendado a mi abuelo desde que la conoció cuando ella apenas era una adolescente...

Mi otra madre se fue de este mundo como vivió su vida... sonriendo... un gesto que me ha hecho pensar, a pesar de mi descreimiento, que quizás había alguien esperándola en esa marcha que supone la única certeza que tenemos en esta vida... que, quizás, sonaba ese atronador disco de Raphael con ese "El camino que lleva a Belén" que ponía en casa cada mañana de Navidad... que, quizás, en ese último momento los dos hombres de su vida vinieron a buscarla... sonrío... ahora están los tres juntos en la salita, me dijo mi primo por whatsapp cuando le escribí para ver cómo estaba... esa última sonrisa suya me hace creer que, incluso al marcharse, me ha dejado una duda en herencia como si fuera un pedazo de esperanza... como si, a pesar de respetar como lo hacía que yo no creyera en nada, quisiera que volviera a pensarlo...

En el fondo, no puedo despedirme de ella... no puedo hacerlo porque mucho de quien soy se lo debo a ella, porque mucho de quien era sigue estando conmigo... porque le debo el inmenso regalo de haberle dado vida a mi madre, a esa madre mía que renunció a que la llamáramos "mami" porque así era como nos referíamos a la suya... porque me bañó en ternura, demostrándome que ser feliz era posible a pesar de las circunstancias... porque hizo de su generosidad un nido donde criarte, porque ella era un hogar con tejado y ventanas... 

Mi otra madre deja un enorme y sereno agujero en mi vida, en las nuestras... uno que consuelo asomándome a los ojos de Tristán... unos ojos que no son los suyos pero en los que, de alguna manera, ella sigue viva...


martes, 8 de agosto de 2017

Yo elijo...

"Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómo"
F. Nietzsche

Elegir...
todo consiste en hacerlo...
en tomar la decisión que creemos correcta para temer casi siempre habernos equivocado...
para plantearnos ese "y si" que, a veces, suena dentro de la cabeza como la alarma del despertador para dejar de ser un simple sonido y convertirse en un chirriante ruido... 
elegimos cada día, casi en cada momento... sin ser conscientes de hacerlo muchas veces...
sin ser conscientes muchas otras de las consecuencias de nuestros "yo elijo" sobre los demás...

Por eso, yo elijo vivir... elijo hacerlo a pesar de que me acompañe ese mal vicio que es fumar y contra el que peleo a medias... elijo que mi vida viva hasta cuando le toque, hasta que se agoten las siete de mi alma de gata... elijo vivir a pesar de temer miedo al dolor, a la tristeza... a esas cosas que, de pronto, te rasgan un poco la vida para ponerte a prueba... para enseñarte que ni el desamor ni la pérdida matan... para demostrarte que la vida es una historia lo suficientemente apasionante, aún con sus lágrimas, como para vivirla… 

Yo elijo dejar vivir... permitir que cada uno tome su propia decisión, su camino... ese pequeño golpe de Estado personal que supone decidir... sin tomar parte, respetando que cada uno es dueño de su vida... dueño de sus actos... el único capaz de juzgar si eligió bien o mal...

Elijo ser como soy... con mis virtudes y, de manera irremediable, con mis muchos defectos y puñetas... con el carácter, las tristezas y mis esperanzas... con mis pequeños placeres domésticos y las ilusiones que otros pueden considerar absurdas... con los días de sonrisas y esos otros en los que parece que se me mete la niebla en la cabeza... 

Elijo escribir cada una de las páginas de esta vida mía que me dieron mis padres sin preguntarme si quería hacerlo... porque es un regalo, quizás el mayor regalo del mundo... elijo saber lo que es ser feliz, saber lo que es la tristeza... elijo existir y cubrirme las canas con tinte solo por coquetería pero no porque me avergüence saber que me hago mayor... elijo mojarme bajo la lluvia, quemarme los labios con un café demasiado caliente... sentir la nostalgia, echar de menos a quienes no están...  elijo saber que, a lo largo de mi vida, he acertado y me he equivocado... he creído y me he desilusionado... me han roto el corazón y me lo han vuelto a pegar... 

Elijo vivir... un lujo único al que otros renuncian... aunque no lo entienda, aunque no comprenda cuál es el motivo que lleva a alguien a decidir dejar de respirar... dejar de ver amanecer, dejar de sentir todo lo bueno y lo malo... dejar huérfanos a propios y ajenos, para dejarnos también en herencia la eterna duda de si en nuestras manos estaba cambiar su destino... para dejarnos una extraña mezcla entre tristeza y rabia...

Elijo vivir y, aunque no lo entienda, elijo respetar a quienes eligen lo contrario... a aquellos para quienes la vida pesaba demasiado, aquellos que no encontraron el lugar que les pertenecía en este mundo... aquellos que un día tomaron la decisión de borrarse de él y dejar tras de sí ese horrible silencio de las preguntas sin respuesta... un silencio casado con esa extraña sensación de sentirnos, en parte, responsables de su decisión...

Dedicado a Ana, a quien casi dos años después he logrado escribirle esta carta de despedida... un adiós que no tuve oportunidad de decirle cuando eligió dejar la vida atrás y dejarnos en préstamo ese extraño silencio...

Imagen | Fa Cimadevilla en Instagram

martes, 20 de junio de 2017

Cuando todo tiene nombre de persona pequeñita...


"En cada niño nace la Humanidad"
Jacinto Benavente

Bienvenida a la segunda parte de tu vida, me dijo José Luis cuando supo que Tristán había nacido... una frase que me ha acompañado en este poco más de un mes de absoluta locura, felicidad y descontrol... la segunda parte, me he repetido a mí misma muchas veces a lo largo de estos 33 días... una reiteración mental en la que se mezclaban felicidad y vértigo, responsabilidad y la más absoluta anarquía... he logrado tomar conciencia de que el reloj de esa otra Fátima se paró a las 4:45 de una madrugada de mayo... que, en ese preciso momento en el que Olaya y Carmen lo colocaron sobre mi pecho, la segunda parte de mi vida había comenzado... una segunda parte que comprobé había comenzado cuando aquella madrugada, solo con hablar, se calmó su llanto...


Mi hijo, nuestro hijo... un nombre que me sorprende entonar, un posesivo que cuando pronuncio me asombra... eres madre, me ha dicho hoy Alex cuando nos poníamos al día de temas profesionales y personales por teléfono... todavía me cuesta ponerme a mí misma esa etiqueta, todavía me cuesta asumir que he empezado a formar parte de ese club que sabe lo que es dar vida... ese mismo club en el que, de pronto, el epicentro de tu tierra cambia de lugar para estar fuera de ella... para convertirte en un auténtico satélite que gira en un universo completamente nuevo que está pendiente de explorar y de descubrir... 


Desde hace 33 días, lo que antes era "todo" ahora tiene nombre de persona pequeñita... un nombre a la medida de un pequeño caballero vikingo bautizado desde antes de nacer, un niño al que descubrimos a través de la pantalla de un ecógrafo en una casi noche fría de diciembre en Oviedo... ve pensando nombres de chico, me dijo Valdés con mucho cachondeo cuando le dije que solo teníamos elegido el nombre si era niña... es un chico, le dije a mi padre por teléfono nada más salir de la consulta sentada en un banco sin poder esperar a llegar a casa para compartir la noticia... un hombrecito al que tardamos en encontrarle el nombre apropiado y que, durante cuarenta semanas, formó parte de mí... ese pequeño ser que sé que no me ve con nitidez pero que, con su mirada, 
me ha hecho descubrir una ternura que hasta ahora no había sentido jamás... el responsable de que haya aprendido el auténtico significado de dormir, el increíble misterio del llanto... el animal y primitivo instinto de proteger... el singular sentimiento de querer tanto a alguien a quien apenas conoces... la auténtica y hormonal desesperación cuando nada de lo que hacemos le calma...


Cuatro kilos de nueva persona increíblemente fuertes y frágiles a la vez... la auténtica encarnación de la felicidad y del miedo a lo desconocido... un ser capaz de cambiar el equilibrio de mi balanza para demostrarme que, más allá del mundo, está él... únicamente él... para enseñarme que, cuando te sonríe, ese "todo" es mucho más que cuatro letras... es él, simplemente él... el culpable de entender esa frase que una tarde me dijo Chechi... tú que siempre has sido tan valiente, me dijo por teléfono, vas a descubrir lo que es tener miedo... un hecho que compruebo y que siento cuando temo que algo le pueda pasar...


Tristán llegó en la madrugada del 16 de mayo y, desde entonces, ha sido incluso capaz de cambiar mi concepto del tiempo...
deteniéndolo cuando el llanto parece apoderarse de él sin que haya nada que le calme, convirtiéndolo en eso que corre demasiado rápido cuando te mira con esos grandes ojos azules que cada día están más despiertos... que bizquean, que te acarician el alma al mirarlos... que te la pellizcan a la vez con cariño al pensar que un pedacito de ella, de mi otra madre, está en su mirada... tienes que encontrar un novio con ojos azules, me decía siempre con esa increíble mirada que ahora reconozco en este ser que ha venido a darle la vuelta a nuestro mundo... esta vida ha querido que, aunque ella nunca sepa que sus ojos se han reencarnado, yo los disfrute en herencia...


Él ha logrado convertirme en un tiempo récord en traductora e intérprete de un lenguaje que todavía no conozco pero que me esfuerzo por comprender... llenando ese mundo que conocía de pañales, biberones y ropa con corchetes... de una piel diferente, de sus singulares ataques de risa cuando duerme... de sus sonrisas canallas cuando se sale con la suya y lo mantengo en mi regazo en lugar de dejarle en la cuna... él me ha hecho sentir lágrimas de alegría y otras de una extraña emoción inexplicable... me ha despertado la punzada de la nostalgia por aquellos que no han llegado a conocerle, por esa ilusión que no podré compartir con ellos pero que sé que habrían vivido con nosotros...


Mi nuevo todo es esa segunda parte de mi vida, una personita con un nombre muy grande a pesar de ser tan pequeño... esa criatura que, como me dijo Emilio, ha venido a llenar de luz el mundo... nunca has tenido tanta razón, amigo mío...


Esta canción llegó a través de mi muro de Facebook de la mano de Laspiur para emocionarme y darle la bienvenida a mi -propia- pequeña revolución...





Imagen | Fa Cimadevilla en Instagram 


sábado, 31 de diciembre de 2016

No, no es el típico balance del año...

"El futuro tiene muchos nombres: para los débiles es lo inalcanzable, para los temerosos lo desconocido, para los valientes es la oportunidad"
Victor Hugo

Es curioso ese sentimiento que se despierta en el ser humano cada 31 de diciembre... hacemos balance de doce meses, escudriñamos los 365 días vividos antes de ese ecuador prácticamente imaginario que supone en resumen comenzar un nuevo calendario... increíble ese invento humano llamado tiempo que todo lo mide, como si la vida pudiera sopesarse solo porque termina ese último mes del año... pero lo hacemos... caemos en esa trampa imaginaria y tan humana de sacar conclusiones, de baremar lo que hemos vivido para saber si en conjunto lo bueno supera a lo malo... como si vivir fuera matemática, como si pudiéramos relativizar todo eso que construye quienes somos solo por repasarlo...

Si cayera en la misma trampa que he caído durante muchos años de mi vida, haría ese balance... ese mismo balance que he hecho año tras año para darme cuenta de que esa cosa inventada llamada tiempo ha pasado también por mí... que, quizás, soy distinta a la persona que era hace un año... que en estos doce meses he llorado, sonreído, despedido, reencontrado... que me he ilusionado y decepcionado... que me ha tocado verle la cara a la muerte y decir adiós a personas que he querido mucho... que le he sonreído a la vida con otros pequeños seres que han llegado para cambiar la existencia de gente a la que quiero... que he aprendido a sobrellevar las ausencias, a afrontar que envejecer es un pájaro de alas grises que sobrevuela a mi alrededor aunque a mí me parezca demasiado pronto para ello... que crecer puede hacerse siempre, aunque sea de otra manera... un año más, he sido afortunada por tener en mi vida a gente que quiero y que me quiere... gente que me acompaña en el camino, aunque no los tenga cerca...

En esta ocasión, decirle adiós a un año no tiene ese agridulce que hasta ahora saboreaba cada 31 de diciembre dándome cuenta de que el tiempo pasa... quizás, porque ahora más que nunca soy consciente de que su paso no hace más que traer consigo sorpresas... momentos que compartir, sensaciones que descubrir... nuevas vidas que vivir a lo largo de un año y que vienen a construir, un poquito más, quienes somos...

A las puertas de este bendito año impar que empezamos solo puedo sonreír... quizás, porque este nuevo año que acaba en siete (un número mágico) no es más que el augurio de lo que está por venir... de ese ser que hace hueco dentro de lo que soy para abrirse a la vida, para demostrarnos que el paso del tiempo no es un castigo sino que también puede ser una oportunidad de vivir... de volver a empezar de otra forma, de escribir una historia diferente en la que su protagonista todavía no tiene nombre definido... la muestra de que nada en esta vida está perdido aún cuando lo creamos...

Así que a menos de seis horas de despedirme de este 2016, no haré balance de lo bueno y lo malo vivido en él porque sería egoísta por mi parte pedirle más... me despido de él deseando que los días del año nuevo corran, que sean benévolos con nosotros y con los nuestros... con toda esa gente que llevo en el corazón y que me ha hecho a mí un hueco en el suyo, compartiendo mis penas y mis alegrías... viviendo a mi lado, aunque no lo estén, todo eso que forma parte escribir una vida...

Que el año que empezamos nos traiga buenos sentimientos, sobremesas con sonrisas, reencuentros, abrazos, caricias, besos de despedida, risas y las lágrimas justas que no sean de emoción... 

Sin balances, solo día a día... que es como deberíamos vivir más allá de los calendarios...

Para los que busquen un balance, él lo hace mejor que nadie... 



jueves, 10 de noviembre de 2016

Cuando el Predictor dice sí...

Tienes que escribir sobre ello, me dijo hace más de un año Inés a través de un privado de Facebook, tienes que contarlo como tú lo cuentas porque no estamos solas en esto... su encargo me supo a la enorme responsabilidad de poner sobre el papel, aunque sea digital, una realidad... esa realidad tan femenina y mucho más común de lo que parece de tener que convivir con los constantes "¿y tú para cuándo?" al acercarte a un bebé... masticando esa otra frase tan manida de "se te va a pasar el arroz" o ese "como no te animas..." al que acabas cogiéndole auténtica manía... 

Hoy, después de mucho tiempo procesando ese encargo que me hizo Inés una noche y que sentía que me quedaba grande, he decidido ponerme a escribir sobre ello... un auténtico intento de apuntar directamente con el dedo sobre la irresponsabilidad de hacer todas esas preguntas odiadas a la ligera... invadiendo tu intimidad sin conocerla, sin saber a qué responde el hecho de que a pesar de haber pasado la barrera de los 35 todavía no tengas hijos... incluso sin saber si es que tu decisión es no tenerlos, algo que no está en mano de nadie juzgar... 

Soy una de esas mujeres que ha callado la tristeza de que una regla suponga un suspiro profundo... una de esas que ha experimentado lo que es desear que esa compañera de cada mes no aparezca de nuevo en tu vida sin éxito... me río... así cambia el alma de una mujer, capaz de sentir que eso que antes suponía un respiro ahora sea una auténtica condena... una que, mes a mes, te recuerda que la Naturaleza no se alía contigo... que quizás, ahora que lo deseas, no puedas saber lo que es ser madre... no puedas saber lo que es tener el increíble título que supone darle la vida a alguien, el único título que quizás merece la pena de verdad en la vida... una terrible frustración que, muchas veces, se silencia y se maquilla... como si tuviéramos que avergonzarnos por no serlo, por no lograrlo... 

Te ves hablando del tema con resignación sin ganas de dedicarle muchas palabras... convirtiendo la negativa de tu cuerpo en un intercambio espontáneo de experiencias con otras amigas, haciéndote un auténtico doctorado gracias a la sobredosis de información sobre tratamientos de fertilidad... descubriendo que el negocio está montado de tal manera que para dar vida tengas que, casi, hipotecártela... sometiendo tu cuerpo a una auténtica paliza física en la que hormonas, miedo y frustraciones se combinan en una incógnita... descubriendo también que esa misma vergüenza que sienten muchas ante el hecho de no serlo por el motivo que sea es la misma que sienten aquellas mujeres a las que la ciencia les ayuda a serlo... fue con tratamiento, una frase susurrada como si nadie pudiera enterarse... como si el hecho de tener ayuda le quitara mérito al hecho de dar vida... masticando de cerca esa misma frustración que yo sentía cada mes en Laura que, a pesar de la ciencia, no ha logrado ganarle todavía la partida a su cuerpo... una lucha que, estoy segura, conseguirá...

Volví a pensar en escribir este post después de una conversación con Adriana... una en la que ella le cambió el título a este texto que tenía en el tintero tras pasar de puntillas sobre el tema... cuando el Predictor dice no, lo había titulado yo... de eso nada, me contestó, cuando el Predictor dice sí porque no podemos perder la esperanza... ahora sonrío al recordar el uso de esa palabra, esperanza... la misma que tenía Inés, la misma que tiene Laura... 

La misma esperanza que tenía yo hasta que hace dos meses la premonición de Adriana se cumplió... cuando el Predictor dice sí, recordé cuando vi las dos rayas pintadas en la prueba... dos rayas que, de pronto, habían aparcado en mi vida esa extraña tristeza de cada mes que muchas mujeres han vivido y viven... dos rayas que suponían dejar de escuchar esas preguntas odiosas que tanto daño me habían hecho hasta entonces... un "sí" que daba miedo y alegría en la misma proporción... que suponía la increíble sensación de saber que, aunque no lo percibas, una vida crece dentro de ti... que suponía tomar conciencia de la inmensa responsabilidad que eso conlleva... 

Esta noche, después de tanto tiempo, he recordado que tenía esta deuda con Inés pero, también, con todas esas mujeres que han vivido o viven esta misma situación... una deuda que pretende regalar un poquito de eso que todas compartimos incluso cuando parece que la perdemos, esperanza... un post que quiere ayudar a desterrar todas esas preguntas y vergüenzas que duelen tanto cuando las cosas no suceden... 

Cuando menos lo esperas es cuando pasan las cosas, me decía mi particular Princesa del País de las Bragas cuando hablábamos del tema... porque haya muchos "cuando menos lo esperas" para todas aquellas que lo persiguen... 

Imagen | Fa Cimadevilla en Instagram