sábado, 7 de febrero de 2009

De un 4x4 a "La Consentida"

Cuando abro la pestaña, no sé muy bien donde estoy… escucho la voz de mi tío a lo lejos, salgo de la habitación y casi toda la familia ya está en pie… son apenas las 9 de la mañana pero el sol calienta como si fuera medio día… el patio de flores que no pude ver plenamente por la noche se despliega… rosas, rojos, amarillos… los pájaros beben agua en la fuente, escucho unos gansos en alguna parte… en mitad de este momento absorto mío, llega el desayuno… “joder tío” se sienta a mi lado y me hace probar cosas que no sé ni de dónde proceden… están ricas, en algún momento fueron frutas… me advierten que me ponga crema para el sol… nos espera un día completo…

Después de pasar por la ducha, me veo subida en un 4x4… la primera parada, el observatorio astronómico de los muiscas… el pueblo indígena que poblaba estas tierras cuando llegaron los españoles… a través de enormes cilindros de piedra, lograban conocer los fenómenos del sol y de la luna… lo más curioso es que, para ellos, las noches de equinoccio eran un símbolo de que los dioses bajaban a la tierra, ya que el sol no se reflejaba de ninguna manera por estar en el punto más alta… y qué hacían? orgías… sí, tal cual… para ellos, el sol era un símbolo de fertilidad y de fecundidad… y mantener sexo en esos días marcados les abría una puerta a que los dioses se reencarnaran en ellos… mi cara de póker cuando el guía lo cuenta es absoluta… el terreno se llama “el campo del diablo”… se dice que los españoles de la época, mira tú la puntería, llegaron en uno de esos días y se encontraron a los indígenas dándole al tema… para darle todavía más empaque al tema, me fijo que todo el campo está plagado de enormes falos de tierra… unos apuntan al cielo, otros se meten en la tierra… para acabar de rematar, la guía nos cuenta que en este pueblo –que atesora la leyenda de El Dorado- no se llevaba ser virgen… el chamán se encargaba de solucionar este tipo de cosas –no era listo ni nada-, pero en el caso de los hombres era un símbolo de hombría mantenerse vírgenes hasta que se comprometían… igualito que ahora, pienso… lástima que esos antepasadísimos nuestros los aniquilaran a todos… nos habrían dejado un buen legado cultural…


Mientras mascullo estos momentos de la historia, a caballo entre la realidad y la leyenda, el sol ya me está pegando de firme en la cara… comienzo a estar colorada, pese a la crema y pese a todo… nos dirigimos al Ecce Hommo, un convento español situado en el desierto de la Candelaria… colgado en un risco, vive todavía pese al paso de los siglos y cada uno de sus aposentos recrea cómo se vivía en la época… me quedo fascinada, el suelo de la entrada está hecho con fósiles… caracoles, conchas marinas… curioso… donde ahora hay un vergel y un desierto hubo en algún momento un mar… cerveza en mano, seguimos con la excursión… los chicos de pie en la parte trasera del jeep, las mujeres conduciendo el enorme trasto… subimos una colina para llegar al Paso del Ángel… el comienzo de un cañón que se prolonga hasta donde se pierde la vista… sí, un auténtico acantilado desde el que se ve un río de color marrón… Juan Manuel me informa de que no está sucia el agua, sino que baja con tanta fuerza que arrastra tierra y minerales… el salto desde allí es increíble, pero es todavía más increíble la manera en la que el camino comienza a estrecharse… en un momento dado, sólo te cabe un pie delante del otro… y, a cada uno de los lados, una pared vertical…


Decidimos que aquello es demasiado para nosotros, y nos volvemos a tierras más pobladas… el museo de fósiles… nada más entrar, alucino… un bicho de más de 15 metros de longitud parece ser el tatarabuelo del cocodrilo, otro el del defín… le doy gracias a la evolución por no haber permitido semejantes dimensiones –ni siquiera en este lado del mar en el que todo es mutante- en la actualidad… caracoles, más fósiles… la lluvia amenaza, una tormenta de las de aquí –léase de las de cortina de agua- se nos está echando encima… para el trayecto de vuelta, cámara en mano, decido volver en la parte trasera… de pie, como lo hacen los campesinos… para poder ver a esas mujeres vestidas de mil colores recolectando en los campos… para poder ver a ese anciano vestido con sombrero y ruana en el hombro tirar de su burro… para poder percibir, todavía más, cómo es este Boyacá que me está gustando tanto… al llegar a casa, nos espera lo que aquí llaman puchero… con los 35 grados exteriores, aún así, me veo comiéndolo… te ponen un plato de caldo y, a la vez, otro plato con cuatro tipos de carne, repollo, patacones, arroz y fríjol… aquello es una bomba de relojería, pero todos llegamos hambrientos… me hago el lío entre la cuchara y el tenedor, todos se ríen… supongo que, a la inversa, yo haría lo mismo… después del café en el corredor, y de ver cómo la tormenta pasa dejando diez minutos de agua a todo lo que da, nos vamos de paseo por el pueblo…
encuentro la foto perfecta, una mujer ataviada como se visten aquí... de negro riguroso, sombrero incluído, y camisa blanca... se presta a que le haga una foto... cuando la reviso en mi cámara, descubro que se estaba fumando un cigarro y que, en la otra mano, tiene un móvil... la tradición no está reñida con la modernidad, me digo... y sus ojos verdes y su impecable traje típico lo atestiguan... sonríe, me sonríe... no puedo evitar devolverle la sonrisa...

Alucino con las dimensiones de la plaza de Villa de Leyva… es como diez veces la plaza Mayor de Madrid, con el empedrado en perfecto estado… veo fuegos artificiales, me informan de que hay una boda en alguna parte… en estas tierras, todo se celebra con pólvora... son apenas las 6 y comienza a anochecer… los soportales de la plaza se llenan de gente, las cantinas comienzan a sacar sus terrazas y sus botellines de cerveza… la plaza se inunda de guitarras, yembés y flautas… cada islote del enorme lugar tiene su música, no puedo evitar pararme a escucharlas todas… un par de cantinas se convierten en lugares pintorescos... son centros de reunión de campesinos que, como no ruana en el hombro, van apareciendo... mientras mis tíos y Sonia se van a misa, los primos nos escapamos al bar de al lado de la iglesia… se llama Mr. Coquí, la rana “oficial” de Costa Rica… Juan Manuel ya está allí y, a lo tonto y desde ese segundo piso desde el que se ve toda la plaza, empezamos a pedir cervezas… el lugar es un simulacro de Andrés Carne de Res, tiene incluso una silla de barbero de las de antes… cerveza va cerveza viene, pasamos a los mojitos… cuando me lo traen, me quiero morir… la totuma –es la cáscara de una fruta, del tamaño de media sandía- reposa sobre dos herraduras unidas… ese es mi mojito, medio litro de licor y hierbabuena que sabe a gloria y comienza a hacerme reír… llegan mis tíos, José Manuel y yo vamos ya a por el segundo brebaje mágico… el garito comienza a llenarse de gente, la música sube unos cuantos decibelios… y, sin comerlo ni beberlo, me veo bailando salsa… sí, parece mentira pero me acuerdo de mis clases de COU en el Haddock de León… después, y al mismo ritmo que la segunda totuma desciende, pasamos al merengue… al ballenato… y ya, para rematar y cuando voy lista papeles, a la cumbia… mi primo dice que parece mentira que siendo europea se me dé bien bailar… nos quedamos sólos, la mitad de la excursión familiar se ha rajado… optamos por un último mojito mutante a medias… seguimos bailando… charlando de música, de cómo se liga en Colombia… de todo… mi tío nos echa el alto cuando Juan Manuel ya lleva 6 whiskies…


Volvemos a casa, no queda otra… cuando estoy saliendo del garito, un colombiano muy guapo me mira desafiante desde una esquina de la entrada, en mi caso ya salida… me sonríe, le mantengo la mirada… y me río, todo me hace un gracia horrorosa… con la excusa de sacarle una foto a un bus que se llama “la consentida”, salgo de allí… toca volver, no tenemos llaves… lo hacemos… tropezando en el empedrado… riéndonos hasta de nuestra sombra… hablando de lo humano y lo divino… vamos finos, sí… tratamos de mantener el tipo durante diez minutos con el resto de nuestra comparsa… nos esperan con la puerta abierta, dispuestos a dormir ya… cruzo los dedos para no tener espectáculo alacranero esa noche… mi cuerpo no podría resistirlo…


Y me meto en la cama… cansada, un poco borracha, morena de mi día de sol… contenta… tranquila… y, por algún estúpido motivo, feliz… y, pese a soportar un botellón toda la noche bajo mi balcón… pese a la música insoportablemente reaggeatonera que me toca sufrir de una emisora que, entre canción y canción, mete una sintonía como el sonido de un móvil… pese a escuchar una riña de enamorados que lloran, se juran amor eterno y se dicen cosas bonitas… pese al campesino que decidió pelearse con su burro en esa puta esquina, y no otra, de todo el pueblo… pese a todo, logro soñar… sueño, sí, un sueño bonito… dulce… de esos que hacía tiempo no tenía… sé que dormí con una sonrisa en la cara… tanto, tanto que pese a todos los ruidos nocturnos sé que dormí con una sonrisa… y, lo que es mejor todavía, no queriendo despertarme por la mañana… bendito mojito…

viernes, 6 de febrero de 2009

Excursión por el asfalto y un viaje en coche

Amanece un viernes, preludio de un fin de semana familiar en un lugar desconocido –como todo aquí-… Villa de Leyva, no paro de escuchar que es precioso… pero antes de eso, me tocaba una acelerada excursión por Bogotá de la mano de mi prima Ana María… decidimos llevarnos a Weimar para evitarnos el tema del parqueo, y allá que nos fuimos a recoger el coche de mi prima… está aparcado en el barrio de Ferias, en el parking de una de las surtidoras… al comienzo de la excursión, un recorrido que puedo reconocer… sin embargo, giramos a la derecha y nos adentramos en un barrio peculiar… distinto… el de la clase media de Bogotá… ese en el que las casas son de un máximo de 3 pisos y parten de una sóla planta… sí, a medida que se va teniendo dinero para ir ampliándolas, la gente va construyendo pisos… el resultado es peculiar… veo casas de una planta con un montón de escombros encima, otras de dos con una terraza con cobertizo… otras, realmente, han logrado alcanzar las tres…

Mi prima decide enseñarme un centro comercial de la zona… las estanterías están abarrotadas de producto, me cuenta que es la técnica de venta aquí… lo curioso es que puedes encontrar desde productos de alimentación a muebles… nos reímos con Weimar, mi intención de sacarle una buena foto a una zorra de burros que pasa despierta la carcajada del conductor del camión de detrás… de ahí hacemos una parada en un puesto de fruta callejera de la esquina… compramos una fruta impronunciable que, después de cuatro mordiscos y de churretearme la miel con la que te lo venden, me dicen que es afrodisíaco… lo que me faltaba, y yo con estos calores tropicales… mientras tomamos café al lado de Surtidora, entran dos niñas… una de ellas no llega al medio metro de altura… andan descalzas, se cuelan entre el espacio de mis piernas y la barra… me piden dinero, me miran… me impresiona verlas tan pequeñas en la calle… Ana María me informa de que son indígenas ecuatorianos… los traen las mafias, los explotan como a esclavos… mientras las veo salir del cafetín, pienso en lo puta que es la vida… en el papel tan jodido que les ha tocado vivir a estos niños que no son de nadie en realidad… mientras masco mis pensamientos europeos, ya nos hemos metido los 3 en el Golf… me enseñan un edificio de cristales, el único que desentona con el barrio… es un picadero, eso sí con su recepcionista atentísimo en la puerta… por lo visto, los fines de semana la gente hace cola para poder entrar… nos reímos de esos peculiares lugares y las historias que encierran mientras nos metemos en el centro de la ciudad…

Ana María decide que nos encaminemos hacia el barrio de Chapineros… pasamos por delante del local donde mataron a mi tío Manolo a tiros… sí, la vida en este lado del mar se escribió durante mucho tiempo a golpe de balas… mientras estamos parados en un semáforo, aparece un costeño… negro, con sus rastas… lleva unas gafas de plástico negro sin cristales… asoma la cabeza por la ventanilla, comienza a cantar una canción de salsa… Weimar se ríe, mi prima y yo también… pero el descojono máximo llega cuando me mira y le dice a Weimar que qué suerte llevar una mona –aquí se entiende así a las pieles claras- al lado… que él haría conmigo café con leche… nos entra tal ataque de risa que le damos dinero… el tipo, con sus grandes dientes blancos, sonríe todavía más… nosotros nos seguimos riendo, es cuánto menos peculiar el momentazo… a Weimar le da vergüenza mirarme porque no puede parar de reír… definitivamente, soy un marciano en estas tierras tropicales…


Metemos el coche en el parking del edificio Bolívar, uno de los más antiguos de Bogotá… sin duda, quiénes lo atienden deben llevar allí desde que se fundó… te reciben con batas blancas, como si fueran dentistas… de ahí nos vamos a la plaza de Lourdes, y en ese momento me quedo fascinada… no por la iglesia –gótico colonial puro, al estilo europeo- sino porque parece que el ruido de la ciudad ahí no existe… estamos en Chapineros, el barrio gay y bohemio de la ciudad… los limpiabotas despliegan cientos de pinceles en sus carritos, el mercadillo de artesanía se tiende sobre el suelo… allí no existe la prisa… las palomas campan a sus anchas por la plaza mientras una niña de apenas 2 años juega con ellas… definitivamente, en un oasis de calma en medio de la locura de esta ciudad… pero la paz dura poco, tenemos que marcharnos… atravesamos las hileras de autobuses… es la bomba, aquí van incluso con las puertas abiertas… eso de aforo máximo no existe, para qué si apretaditos con 30 grados fuera se va mejor?… volvemos a casa hablando de los billares, locales en los que sólo pueden estar hombres… y, lo que es más curioso, en los que tratan de escapar de sus mujeres… aquí las féminas son tremendas… nos reímos, charlamos… Weimar habla con esa voz pausada y bonita que tiene, mi prima me hace reír desde el asiento trasero… me gusta este pequeño mundo construido con nada… pasamos por delante del mercado de las flores… es un puzzle de colores… pese al gris, Bogotá tiene tantos tonos diferentes…


Al llegar a casa, mi tío Jaime ya me está esperando con mis primos… comienza la excursión previo paso por El Corral, la mejor hamburguesería de Bogotá… doy fe de que no he comido hasta la fecha una hamburguesa más rica, me río del Hollywood de Argüelles desde aquí… de ahí, nos encaminamos hacia la Castellana… por madrileño que suene, no deja de ser un barrio en el que mi padre vivió de pequeño… veo la casa, el césped en el que jugaba al fútbol… durante unos minutos, me lo imagino… otra pizca más de un pasado que no conozco… recogemos a mi tía Coco en casa, es fonioaudiatra y trabaja con niños sordos… y así, nos metemos los cinco en un Renault 21 del año pum… charlamos, nos reímos… hacemos una parada en El Carajillo –término mal sonante por estas tierras donde lo haya-… cuando vemos los columpios, mis primos y yo nos vamos como tres desaforados a balancearnos… después de un café y muchas fotos, nos volvemos a subir al coche… el paisaje comienza a cambiar, los pueblos ya son distintos… y mis ojos no pueden parar de mirarlo todo… llegamos al puente de Boyacá, el lugar en el que Bolívar firmó en una batalla la independencia de Colombia con los españoles… cuando veo el puente famoso, flipo… dos metros, no más… salvo ser escenario de una contienda tan simbólica puede ser cualquier cosa… nos perdemos, nos encontramos… nos reímos… me gusta esta vida familiar redescubierta…


Después de transitar por unas carreteras que bien podrían parecer caminos, comienzo a ver autóctonos boyacenses… vestidos con una ruana –una especie de poncho de lana de oveja que se mete por la cabeza- y con un sombrero de paja… todos iguales, todos distintos… sentados en la puerta de los bares bebiendo cerveza en botellín… cuando estamos llegando a Villa de Leyva, mi tía me cuenta que eso antes era mar… que, por eso, se han encontrado grandes fósiles marinos… y que, de verlo de día, me daría la sensación de estar viendo un paisaje de la luna… al entrar en el pueblo, comprendo por qué todo el mundo me advirtió de lo bonito que era… casas blancas, calles empedradas… geranios colgando de los balcones pintados en verde… me siento en Andalucía de pronto pero a 8000 kilómetros de distancia… llegamos a nuestro destino, la casa de la hermana de mi tía… Sonia y Juan Manuel, su marido, resultan ser encantadores… él no para de vacilarme con la frase “joder tío”… ha trabajado mucho con españoles y dice que es lo que más decimos… cuando se abre el portón de su casa, sigo flipando… un patio andaluz, con fuente en medio y todo… lleno de flores, con su corredor… maravillosa la imagen de descubrir un espacio así…


Nos encaminamos hacia el pueblo para picar algo… acabamos cenando en un pequeño restaurante que está dentro de otro patio parecido… hay luciérnagas en las plantas… se cuela la música de una guitarra española… de golpe, oigo música del otro lado del mar… me siento en casa con la conversación… sobre política, sobre la conquista española –tema recurrente aquí-… un poco pimplados, volvemos a casa… es tarde, estamos todos cansados y mañana espera un día largo… pero la noche tenía un octavo pasajero… nada más llegar a casa, nos encontramos con un alacrán… mi primo Jose lo mete en un vaso… trata de ahogarlo, primero, y flambearlo después con un desodorante… entre pitos y flautas, pasamos media hora con el tema… cuando creo que el martirio ya sobra, abogo por devolver el alacrán a la tierra… pobrecito, todavía le quedaron ganas de salir corriendo pese a todo…

Respiro hondo y puedo sentir cómo huele ese jardín… cómo huele este país…

jueves, 5 de febrero de 2009

Entre zorras y estudiantes

Creo que mis ojos siempre descubrirán cosas nuevas en este otro lado del mundo que desconocía… desde el prisma de una europea –como me dice tanta gente aquí, concepto que me resulta curioso y peculiar a veces todavía-, esto es realmente otro mundo… después de un zumo riquísimo –la fruta, lo siento, es impronunciable-, un café y una rodaja de piña me dispongo a salir a las calles bogotanas para encontrarme con mis primas… hoy es Weimar quien me lleva de excursión… mi tía tiene merendola con sus amigas –ojo! son amigas hace más de 50 años- y le he dado permiso para que acuda, con lo que Don Cris se va con ella… salimos a las 12 de la mañana y, bajo el increíble sol de estas tierras, nos encaminamos hacia el centro… en el primer semáforo, nos ofrecen unas rosas maravillosas… en el segundo, tres niños han formado una torre humana y hacen malabares con fuego… un auténtico espectáculo…

Decidimos –o más bien él, yo no sé por dónde se llega a ninguna parte- coger la circunvalar para evitar el tráfico de esta santa ciudad… creo que yo no podría conducir aquí Wei, le digo, desde que hemos salido de casa ya habría insultado 20 veces… él se ríe y me dice que en este país no te la puedes jugar, que increpar a alguien por cómo conduce puede desembocar en que el tipo se baje con un machete –sí, he flipado- y ahí sí que se complica la cosa… rellenamos el tanque de gasolina y alucino… suena espectacular, con muchos ceros y muchos pesos… pero a la hora de la verdad, hemos llenado el tanque –65 litros, nada más y nada menos- con menos de 30 euros… añadido, descubro que aquí la gasolina se mide en galones… sigo viendo al ejército desplegado por las calles bogotanas… vestidos de verde, con su boina calada… son bachilleres, aprendices como quien dice… pero realmente imponen, vaya si imponen… recogemos a mis primas en la Uno y nos encaminamos –perdiéndonos- hacia un restaurante, “excéntrico” me dice mi prima Ana María, que se llama “La juguetería”… al llegar, alucino… del techo penden muñecos de todo tipo… un balancín de un caballo… y en la pantalla, llega mi éxtasis… la película de Mafalda… me río de las ironías de la vida… cuántas veces me habré sentido como ella?? Ni lo sé…


Mi prima Ana María pide por mí, y cuando me quiero dar cuenta tengo delante de mí media vaca… tal cual… exquisita, riquísima… y baratísima… charlamos, nos reímos… nos descojonamos… prometen llevarme a una bruja que averiguó sus respectivos futuros… lo hace con tintas sobre un papel… increíble… hacemos planes para salir mañana por la noche, el viernes por la mañana para ir al Sur… la zona más conflictiva, más pobre y más poblada de Bogotá… cuando Weimar vuelve a buscarnos, simplemente alucino… en mitad de lo que es la nueva zona financiera de Bogotá, hace aparición un carro tirado por un caballo… se mueve entre el tráfico infernal de esta ciudad… son las zorras, me dice Weimar que casi provoca un accidente para que yo pueda fotografiar el peculiar medio de transporte… en mi país eso es otra cosa, se lo explico y se muere de la risa… aquí sirven para la chatarra, el cartón… para todas esas maneras de buscarse la vida… he descubierto que, si algo tiene el colombiano, es una hemorragia de creatividad para buscarse la vida… nos encaminamos hacia Candelaria, ese barrio colonial maravilloso que subsiste entre un pasado español y el sabor criollo… me siguen maravillando las casas encaladas con las ventanas pintadas de colores… el ambiente bohemio… mi prima Yeya me cuenta que aquí se venden cigarros de marihuana ya liados, hablamos de drogas… de lo que ella ve en la acera de enfrente de la Uno… de todo…

Al entrar en el Museo de la Moneda, me quedo loca con la casa… es colonial al más puro estilo… lo miro todo maravillada… desde las primeras monedas –a las que los indígenas les arrancaban pequeños pedacitos de los bordes para poder fundir nuevas monedas- hasta las últimas que existen ahora mismo en el mercado… me quedo maravillada… para los indígenas precolombinos, el poder de los metales representaba el equilibrio del universo… falta nos haría ahora mismo, pienso… veo una especie de bala de oro macizo, cuando trato de acercarme el guarda me da el alto… si traspasa la línea amarilla, me dice indicándomela en el suelo, la puerta se cierra automáticamente… y no se lo recomiendo, señora, pesa 3 toneladas… creo que me ha visto tal cara de susto que por eso me ha regalado una moneda conmemorativa del museo… saliendo al patio, lleno de flores y con madera oscura como travesaños, se me adosa un joven bachiller militar… primero me aterro… pero cuando le escucho llamarme “mami” y decirme que cómo me llamo, me doy cuenta… el tipo está intentando ligar conmigo… pasamos al museo de Botero, dentro del mismo edificio… me encanta ver esa manera que tiene de plasmar la figura humana… caras sin ningún tipo de expresión, cuerpos extrañamente hinchados… su escultura de una mano cierra la visita… coño, nos queda todavía otro museo… el de Arte Contemporáneo… la primera en la frente, Dalí… la segunda de mis perdiciones, Klimt… la tercera, Picasso… disfruto, miro, observo… hacía tiempo que no me detenía a mirar un cuadro maravillada… disfruto la sensación, lo comento con mi prima… no, no somos dos intelectuales… pero disfrutar a Klimt así de cerca pasa pocas veces…


Cuando salimos, la calle se ha transformado… está plagada de gente con mochilas, carpetas… sí, la Candelaria acoge numerosas universidades más accesibles para la gente común y corriente que las enormes con nombre del país… la gente que estudia acá, me explica Yeya, es la que trabaja durante el día y luego estudia por las noches… un ambientazo universitario único… recuerdo mi época en La Berzosa, cuando yo era una de esas que se iba con su carpeta a clase… uff, me digo, han pasado tantos años y sin embargo me parece ayer… al llegar al parking, una dosis de realidad colombiana… sentados en una acera, una familia al completo con parque infantil plegado incluido… son desplazados, gente que huye del campo por culpa de la guerrilla… que huye de la violencia, del miedo, de la razón sin razón o con ella… huir implica aterrizar en Bogotá como vagabundos… cada vez hay menos, me dice Yeya, es lo bueno de la desmilitarización del país… la gente puede volver a sus casas… lo pienso con calma sentada en el Megane de mis tíos… jodida vida, dejar tu hogar a la fuerza y tener miedo a regresar… mientras lo pienso, me aterro… un hombre en unas condiciones lamentables corre entre los coches… le faltan dientes, está vestido con harapos… lleno de mierda, la mirada perdida… aquí les llaman “los desechables”… personas que, más allá de vivir en la calle, están metidos en el fondo del pozo de la droga… Weimar me dice que si corre así, sin tener cuidado entre los coches, es porque ha robado algo y está huyendo… le miro mientras se pierde entre el tráfico, temo que le atropellen… pero no, los coches le esquivan… él no cambia su rumbo, va por la puta línea que separa los carriles…


Mientras veo Bogotá iluminada –en pijama, como dicen aquí- por la ventanilla, pienso en los contrastes… en la locura… en las tristezas de esa gente que vive en una acera esperando poder volver a sus casas… a su tierra… en ese nombre tan horrible, los desechables, que no temen que les atropellen… esto es América Latina, me digo… una dosis de vida más allá de los algodones… un entramado maravilloso de colores, pobreza, riquezas, dolores, secretos y silencios… quizás no tan distinta a la vida del otro lado del mar… pero sí mucho más evidente…

domingo, 1 de febrero de 2009

El mundo desde una hamaca

No sé ni cómo, logro levantarme… no tengo resaca, estoy como nueva… cuando salgo de mi casita prestada, el sol del trópico me calienta el jeto… son las 9 y ya estamos así… mi primo lee el periódico en una hamaca… la mujer del servicio doméstico de la casita –sí, aquí todo tiene servicio doméstico- me prepara el desayuno… inviable lograr que me deje hacerlo a mí… fruta, yogurt y café… nos sentamos en la piscina… la novia de mi primo está que se muere de la resaca y, después de un baño en la piscina, consideramos que el mejor plan es volver a casa de mi tía… en cero coma dos, me ducho y me visto… cuando me subo al coche, descubro que ellos simplemente van en pijama… eso sí, ambos con zapatos…

Recorremos la carretera… veo bandadas de pájaros negros, otra de pájaros blancos… son garzas, me dice mi primo, se paran encima de los cebúes y se comen sus bichitos… la naturaleza es sabia y maravillosa, pienso… veo pasar a cuatro personas en una bicicleta… mientras papá pedalea, mamá va sentada de lado sobre la barra… y lo más alucinante, dos mocosos van de pie como si no fuera con ellos el miedo… a los lados de la carretera, los pueblos colombianos… en esta zona son todos parecidos... coloridos, peculiares, pobres… es domingo, todo el mundo está en la calle… es curioso, aquí todo el mundo camina por los arcenes de la carretera… no tienen miedo a que les atropellen… yo en su lugar, teniendo en cuenta cómo se conduce, lo tendría… en la marquesina de un autobús, veo tres generaciones… una abuela con rasgos indígenas sin sujetador, y una madre haciéndole una trenza a una niña minúscula… a la novia de mi primo se le antoja comer patatas fritas y un refresco… paramos en un pueblo y, al ser la única que está vestida, me toca salir… cuando entro al supermercado, me miran como quien ve al diablo… sí… esto de ser azul –mi tía dice que soy tan blanca que parezco azul porque se me ven las venas- aquí no se lleva… cuando le pregunto a una mujer que está reponiendo dónde está el Gatorade, pega un bote… la he asustado… la sonrío y parece que se relaja… pero, mientras sumerge medio cuerpo en la nevera de bebidas, no me quita un ojo de encima… veo los ojos de un niño morenito que me mira desde detrás de la caja… cuando le saco la lengua, se esconde… a los pocos minutos, vuelve a sacar la cabecita… ahora me la saca él a mí… se ríe… pasa un camión desvencijado con el mismo reaggeton de anoche a toda pastilla… es curioso, esta gente habla súper bajito y sin embargo es súper ruidosa…

En la carretera, me fijo en la cantidad de soldados que hay… todos ellos llevan fúsil, todos ellos miran cada uno de los coches que pasan… hay controles… sí, hoy la guerrilla liberaba a 4 secuestrados y las fuerzas militares se despliegan por todo el país… están en alerta… no quieren que esa buena noticia pueda ser una excusa para algún ataque… volvemos a La Mesa pasando, previamente, por una tienda de pienso para animales… me toca volver a bajar y volver a repetir el episodio… el chico de la tienda me mira maravillado los brazos azules desnudos… no me deja cargar el pienso… vuelve a entrar en la tienda y me mira fijamente desde la puerta… creo que, si me encontrara con un extraterrestre, yo le miraría de igual manera… comemos, charlamos… mi primo Pacho se ha quedado… me quiere llevar al desierto en moto y me fascina la idea… compro, me apetece horrores de hecho… mientras todos duermen, yo me permito el lujo de disfrutar de este trópico… primero me tomo un café con Margarita y con Marina en la cocina… dicen que les gusta mi sencillez, hablan maravillas de mi tía… me doy un chapuzón en la piscina, nado... lo echaba de menos… después, me atrinchero en mi nuevo descubrimiento… la hamaca de la terraza del segundo piso…

Envuelta en esa tela de colores, lo que veo al alzar la vista es una palmera inmensa… sí, aquí las palmeras son realmente grandes –como la cucaracha-… me fijo en los pájaros, y alucino… turquesas, rojo intenso, amarillo, verde… cada uno emite un sonido distinto, todos vuelan a la vez… decido disfrutar de esta puesta de sol del trópico… detrás de la copa de la palmera, ese sol mutante también –aquí todo es mutante- tiñe de rojo el cielo y las nubes… lo observo meciéndome tranquilamente… respiro hondo y me doy cuenta de lo a gusto que estoy… el sol se esconde… la noche llega… son sólo las 6, sí… horario oficial en el que el sol, simplemente, se va… me toca hacer otra tortilla que está mucho más rica que la del día anterior… no lo digo yo, lo dice la velocidad a la que desaparece del plato… Víctor asoma la cabeza por la ventana de la cocina… su hijo también… me mira fijamente… la señora cocina?, me pregunta… huele rico señora… tanta señora me hace mayor, pero es imposible hacer que no me llamen así…

Cuando todo el mundo se va a dormir, yo decido volver a ese lugar descubierto… la terraza… oigo a los búhos, los sapos… los grillos, los pájaros… sí, la hamaca me recibe con los brazos abiertos… estoy escribiendo desde ella con un cubata en una mesita que me he agenciado para mayor comodidad… eso sí, estoy bañada en repelente para mosquitos porque, como no, aquí también son siete veces más grandes de lo normal… en frente de mi vista, la misma palmera… y, lo que es mejor todavía, una luna creciente que me tiene loca… simplemente, no puedo dejar de mirarla… desde alguna parte de la finca, intuyo que de casa de Marina y Víctor, escucho música... me gusta ese ritmo... es perfecta para este momento, perfecta...

Os la dejo de regalo desde el Trópico... es la banda sonora de mi noche hamaquera...