lunes, 21 de diciembre de 2009

La sonrisa del gato...


-¿Quieres decirme qué camino debo tomar para salir de aquí?
-Eso depende mucho de a dónde quieres ir -respondió el Gato-
-Poco me preocupa a dónde ir -dijo Alicia-
-Entonces, poco importa el camino que tomes  -replicó el Gato-
"Alicia en el País de las Maravillas", Lewis Carroll


Me columpio dejando que me cuelguen los pies… sonrío…
Me miro en mitad de tanta oscuridad… reconozco la silueta de mis pies recortándose en el vacío de este cielo de Madrid…
Media sonrisa se pinta sola en mi cara… por qué, me pregunto… sin más, me contesto…
Disfruto de un silencio deseado… buscado, logrado… ese que me permite perderme sin hacerlo…
Soñando un sueño… saboreándolo como si fuera real… imaginando algo que no existe… mola, me digo mientras vuelvo a permitir que se pinte esa media sonrisa de manera involuntaria en la cara…
Me pierdo mirando por la ventana… mirando esa oscuridad casi absoluta que empapa este cielo mío de Madrid…
Siento un leve balanceo… quizás me estoy meciendo, pienso, quizás simplemente me dejo llevar…
Tamizo las ausencias sopesando realidades que conozco… masticándolas despacito para no atragantarme… para tratar de lidiar con esas sensaciones irracionales que se sustentan en bases cargadas de racionalidad sincera…
Acallando eso que me conecta con el mundo que existe más allá de este barco pirata…
Mirando sin hacerlo una luz que no se enciende en mitad de una oscuridad en la que se me dilatan las pupilas más que nunca…
Dejo de sonreí mirando al vacío en mitad de la noche…
Pensando en un extraño paseo sobre un tejado… uno que, en mitad de esta noche, trato de comprender… el de un cambio de actitud ante una realidad a la que antes no habría dicho no...
Me desdoblo sólo para mirarme desde fuera… para entender cuál es ese filo sobre el que camino…
Agudizando el oído en mitad de la nocturnidad… escuchando lo que esa voz que no suena tiene que decirme…
Curioseo en todas esas costuras que me he descosido poco a poco… contando días que dan sensación de años…
Sintiendo esa soledad en mitad de tanto silencio… sumergida en un mundo inexistente…
Envolviendo con una extraña sensación un punto de inflexión que todavía intento entender… uno desconocido que no acaba de cuajar en esta ecuación… el que me hace pararme a mirar el suelo sobre el que piso…
Ronroneo en mitad de la oscuridad sin poder parar de mirar una noche que parece eterna… sin poder parar de mirar ese filo de luz que se dibuja en el cielo…
Sabiendo que es cómplice, sabiendo que es parte… testigo e, incluso, a veces juez… 
Una noche más o una menos, me digo en mitad de tanta oscuridad… una distinta sin duda, me doy cuenta con apenas pensarlo…
Has visto la luna, preguntaron mis dedos…
Me sigo balanceando mirando un calendario al que parecen faltarle días… meciéndome en esos recuerdos que a veces comienzan a diluirse…
Dejándome llevar por un peculiar cortocircuito que parece haber revolucionado todos los cables de la caja… confundiendo los colores, juntándolos sin poder evitar que salten las chispas…
Sigo mirándola embobada… sabiendo que le quedan apenas minutos para desaparecer de mi vista…
Sonrío a esa sonrisa de gato que leí… seducida por todo eso que, si he vivido, no recuerdo… tratando de maullar en silencio este extraño mundo que se descongela poco a poco…
Recogiendo pedacitos de vida…
Sintiendo esta fragilidad mientras disfruto tanto calor... tratando de no perder los trozos de hielo…
Viviendo una libertad tan bestia que me aturde... siendo consciente de que la echaba de menos... 
Mientras miro una lengua de plata en el cielo tratando de entender por qué sonríe de esa manera...
Por qué yo lo hago de la misma…

domingo, 20 de diciembre de 2009

Cumpliendo treinta por sorpresa...


No ha sido tan complicado, pensé mientras volvía caminando a casa, de esta me consagro para la actuación… sonreía, sonreía mucho… andaba bajo el frío más terrible de Madrid con esa minifalda muy mini que estrenaba y que me había regalado mi madre… ni rastro de un bendito taxi libre… la calle era un auténtico hervidero de coches, peatones y auténticas manadas que identifiqué como cenas de empresa de Navidad… más de las tres de la mañana y parece medio día, pensé cruzando esa Gran Vía completamente iluminada… llena de gente que charlaba, cantaba… que esperaba al búho muerta de frío en cualquiera de las marquesinas de la calle como si el cristal realmente pudiera resguardarles del frío helador de la noche… sonreí… ese bendito espíritu navideño se había colado en cada esquina de esta ciudad… fiel a la tradición de las madrugadas que ya apenas recuerdo, me paré a comprar unos tallarines en ese puesto chino improvisado en la esquina con San Bernardo… a ese pobre chino –persona- muerto de frío a bajo cero que me los tendió echando humo con su enorme sonrisa… se la devolví mientras me daba el cambio… pensando que quizás una sonrisa sea un camelo para el alma… pero que, por el motivo que sea, sientan genial…



Subía San Bernardo muriéndome de frío, maldiciendo en cierta manera esa decisión mía de ponerme tan mona en la noche más heladora de diciembre… acelerando el paso y notando ese tupper metálico calentito en una de las manos… metida debajo de mi gorra, con los cascos del iPhone –puto iPhone- aislándome del mundo con la banda sonora original de “El piano” abrigándome la mente… volvía sonriendo, pensando en la noche… en esas cientos de historias pequeñas que viven simultáneamente en este gigante de hormigón… en esas que vivo en primera persona en mitad de la impersonalidad de Madrid… las que me dan un poquito de calor y que me recuerdan que, más allá de la temperatura y los millones de habitantes, hay motivos por los que me alimento de este asfalto… caminaba pasando revista a la noche… rebobinando ese encuentro al que me entregué con la primera llamada… la de un marido dispuesto a sorprender a esa amiga que lleva conmigo desde que –supuestamente- tengo uso de razón, esa misma que cumplía treinta años… tienes que liarla para quedar, me dijo, a ti no te va a decir que no… tramamos un plan… cuéntale cualquier cosa, me decía desesperado, invéntate que tienes un SOS y necesitas quedar para desahogarte… sonreí… no te preocupes Marquitos, le contesté con mucho cachondeo, que mi vida da lo suficientemente de sí como para no tener que inventarme nada…


Después de días de incertidumbre, en los que la cumpleañera sostenía que creía tener un plan para el viernes por la tarde y no podía quedar conmigo, logré cerrar una cita con ella… si el reto de sacarla de su casa con el frío siberiano era poco, la cosa se me complicó más todavía cuando supe que tenía que arrastrarla hasta el centro de Madrid… hacia ese territorio comanche que, en condiciones normales, pisaríamos gustosas… el mismo que -ella sabía bien- yo rehuía como gato al agua en Navidad… armar esa mentira piadosa para llevarla hasta allí era la parte más complicada… desempolvé los años de teatro para poder marcarle un gol por la escuadra a esa casi hermana… para arrastrarla entre gruñidos –por su parte- a esa zona de Madrid que podía estar imposible en estas fechas… el primer guiño de la noche llegó cuando decidió llamar a esa madre que yo conocía del cumpleaños de la Froggy… una que yo contaba con ver en esa fiesta que ella desconocía, una que además sin apenas conocer tenía ganas de ver… no pude reprimir la risa cuando esa voz al otro lado del móvil le decía “qué suerte que sales con tu amiga” cuando yo sabía que estaba de camino al sitio de la fiesta… el segundo guiño llegó cuando buscamos aparcamiento… carambolas de la suerte, encontramos un sitio espectacular en la puerta de casa de sus suegros… la misma casa a la que el entregado marido iba a llevar a la hija de ambos para poder correr al lugar de la sorpresa… manteniendo el tipo, le informé vía sms… vamos al Anticafé a tomarnos algo, le dije, que luego me han hablado de un sitio con música en directo… el reloj descontaba minutos… te lo digo de verdad, me decía muy seria hablando de un amigo que nunca aparece a nuestras quedadas, que como no aparezca tú y yo cenamos hoy en su evento del Casino… me reí de manera cómplice pensando que ese amigo no iba a aparecer porque no era más que el cebo para traerla hasta ese lugar infecto de gente y bombillas…


Callejeamos hablando de esa nueva vida que empezaba al lado de su padre… coño Enana, le dije, con ese cargo yo quiero un taco de tarjetas para fardar de ti… se rió como lo hace siempre cuando algo la ilusiona de verdad… con ese gesto que hace que le brillen más todavía los ojos mientras se le arruga la nariz… la misma cara que conozco desde que éramos niñas… sentadas con un mojito en ese lugar que ella me presentó y al que sólo voy con ella, hablamos de nuestras vidas… de ese colegio elegido para la Froggy… de esta vida mía que nunca dejará de sorprendernos a ninguna de las dos… qué guapa estás, me dijo mirándome muy seria… sonreí… por algún motivo que no entiendo, cuando ella lo dice suena de otra manera… mientras mi mojito bajaba a la misma velocidad de vértigo que la historia que le estaba contando, ella apenas probaba el suyo sin parar de charlar… en ese momento comenzó el baile de mensajes con el desesperado marido… uno que me decía que me diera prisa mientras ella no probaba su copa… un marido que, incluso, llegó a proponerme que si hacía falta se la tirara al suelo… con quién te mensajeas, me preguntó ella extrañada porque tenía que concentrarme en escribir sin poder darle réplica a lo que me decía… la miré con cara de póker y sólo se me ocurrió hacer una cosa… beberme lo que quedaba de su mojito enganchando la pajita con los dientes sin mediar palabra con ella… en menos de un trago, le solté un “hala, vámonos” que hasta a mí me pareció macarra…


Bajamos hacia Ópera agarradas del brazo… contándole uno de esos expedientes X que me suceden y que era la única excusa que se me ocurría para justificar tanto mensaje… yo flipo con los tíos, me decía muy seria mientras sacaba dinero… la llevé del brazo hasta el lugar dónde esperaba su sorpresa… con la excusa de un concierto de jazz, sabiendo cómo sabía que ella me consentiría en ese capricho… es en el Urban, me preguntó mientras yo asentía con la cabeza, mi cuñado va mucho… sonreí más todavía cuando al entrar –ella primero, claro está- reconoció a través de la cristalera a uno de sus amigos… su cara de sorpresa ante la casualidad se convirtió en auténtico flipe cuando toda aquélla gente se giró para cantarle cumpleaños feliz… clavada en la entrada del bar, mirándome atónita mientras yo sólo la sonreía… después de decirme un “qué hija de puta” que me sonó a piropo por mi interpretación, se perdió para saludar a todo el mundo… me aposté cerca de la puerta a charlar con una amiga del colegio que, cosas de la vida, está casada con un gran amigo de Marcos… con la ilusión que te da reencontrar a alguien que, quizás, está fuera de tu esquema mental pero que de golpe te recuerda que una vez fui niña… con esa otra escudera que llegó entre un brownie y una huída para perseguir al cercanías…


Leí lo que escribiste del cumple de Paula, me dijo esa madre que tenía ganas de reencontrar sin apenas conocer, es acojonante cómo escribes… me lo decía con sus increíbles ojos azules, con ese acento gallego que le da tanta personalidad a todo lo que dice… reconozco que me dio vergüenza escuchárselo decir… agradeciendo el piropo, disimulando que por el motivo que sea estas cosas todavía hacen que me ponga colorada… comenzamos a charlar con un cariño que, quizás, no tenga bases prácticas para existir pero que es real… hablando de un momento crítico en su vida, el de ser madre y tener que ejercer de hija ante el cáncer de su madre… de eso tan peculiar que era ser madre, eso que yo no sé lo que es… tú serás una súper mamá, me dijo sin venir a cuento… me sorprendió que utilizara el futuro cuando yo siempre utilizo un condicional que siento tan indefinido… esa amiga que es hermana se sumó a la conversación… hablábamos no recuerdo de qué cuando, de casualidad, nos cogimos de la mano… lo que habría sido un simple roce se convirtió en un apretón de esos que haces sin mirar pero que no necesitas ver para sentir… sonreí… veintisiete años, pensé, y aquí seguimos juntas…


La noche se siguió enredando entre conversaciones… entre agradecimientos de ese marido de mi amiga al que me metí en el mismo bolsillo que a ella… con la narración de una petición de matrimonio subida en una noria de Londres… con más cervezas y más copas… las justas para batirme en retirada de vuelta a casa… sonriéndole a ese mini álbum de fotos que tenía en mente de apenas unas horas… treinta no se cumplen todos los días, me dije mientras me quitaba el abrigo en casa…

martes, 15 de diciembre de 2009

Las cartas de la abuela de mi barrio


En mitad de esta noche tan fría, sólo puedo pensar en esos pequeños misterios de la vida a los que yo les encuentro tanto sentido… a esas cosas que me pasan y que hacen que sea como soy… que actúe como lo hago con mis cosas peculiares… escucho a Pancho Céspedes de lejos, bajito en mitad de la penumbra de mi casa… un disco que saqué hace no mucho de ese montón de CDs que llevaba mucho tiempo sin escuchar… un disco que, no sé por qué, he redescubierto después de muchos años sin oírlo… tengo las manos heladas… me he encendido una vela como siempre que me regalo estos momentos míos de soledad que me alimentan el alma… y parándome a vaciar esta mente, tan sólo pienso en apenas cinco minutos de mi día… unos cinco minutos casuales o causales, no lo sé… cinco minutos con una desconocida que jamás había visto antes que le han dado sentido a esas ganas mías de escribir cartas… unas cartas que llevan meses escribiéndose en mi cabeza…


Después de tomarme ese café mañanero de la única manera que sé –o sea, con Manolo-, entré como tantas otras veces en el estanco para comprar tabaco… delante de mí, había una abuela charlando con la chica que nos da nuestra dosis desde detrás de un cristal blindado… hice la cola pertinente en lo que la señora terminaba de charlar con ella… me fijé que llevaba un bastón, que guardaba algo en el bolso… cuando comenzó a moverse para salir de aquél espacio, pude ver que lo hacía con mucha dificultad… no me hizo falta pedir mi paquete de Lucky, la niña del estanco ya sabe lo que fumo… le puse los tres euros en el mostrador pensando en volver a casa rápido para revisar la última de mis traducciones… deseo fallido, pensé al girarme y comprobar que aquélla abuela todavía no había llegado a la puerta… se sostenía contra la pared con la mano que le quedaba libre… estaba llegando a la puerta… si trata de abrir, me dije a mí misma, se va de cabeza al suelo… pensé en lo jodido que tiene que ser a determinada edad darte cuenta de que no te vales por ti mismo… me vino a la cabeza esa tremenda toma de realidad que fue ver a mi abuela el fin de semana pasado… tan mayor de golpe, tan perdida a veces… tan ella como siempre a la vez… me ofrecí a abrirle la puerta y, en menos de décimas de segundo, se me agarró al brazo… salimos con dificultad del estanco… dándome cuenta de que se abrazaba a mi brazo como si lo necesitara para poder dar el siguiente paso… como si le hiciera falta que alguien la sostuviera…


Cuando salimos del estanco, me preguntó con su sonrisa postiza hacia dónde iba… la sonreí… había sido una mujer guapa, seguía siendo coqueta por cómo iba peinada… hacia dónde va usted, le pregunté con mucho cachondeo, que yo no tengo nada mejor que hacer que acompañarla… me sonrió… con que me lleves hasta el paso de cebra me conformo, me dijo echando a andar en dirección contraria a la que debería haber tomado yo… comenzamos a subir la calle… apenas unos metros… ella daba pasitos pequeños que yo traté de acomodar a mi paso… caminábamos mientras ella me contaba que perdía el equilibrio y se iba de lado… me suena, pensé, eso es lo que me pasa a mí cuando se me va la mano con las copas… al llegar al paso de cebra, lo cruzamos a velocidad de tortuga… apenas cinco rayas, un auténtico mundo para esa mujer… se apretó contra mí como si yo pudiera protegerla… como si su fragilidad al andar se paliara sólo por cogerme del brazo… nos paramos al cruzar al otro lado… se me quedó mirando de esa manera que sólo te miran los niños y los ancianos… de esa manera desvalida y necesitada que parece otorgarte la llave de sus vidas… como si te necesitaran hasta para respirar,  como si fueras absolutamente vital pese a ser un desconocido… ahora para dónde vamos, le pregunté… me acompañas hasta mi casa, me contestó afirmando con cierta vergüenza… sólo le devolví una sonrisa mientras le cogía las bolsas que vi que llevaba en el otro brazo… un paquete de servilletas, una barra de pan… parece que han echado sal, me dijo extrañada mirando el suelo fijamente… hablamos de que toda la ciudad estaba regada en previsión de esa gran nevada que nos iba a colapsar… se me quedó mirando fijamente… eres de Madrid, me preguntó… asentí sonriéndole… gata como yo, soltó con un tono de cierto orgullo que a mí me hizo gracia… se le relajó la mirada, me sonrió… aquí ya no nieva como cuando yo era niña, me decía colgándose de mi brazo, hacíamos muñecos enormes de nieve por todas partes y nos calábamos tirándonos bolas… sonreí… recordé un deseo similar reciente… se quedó mirando fijamente mis manos… te faltan guantes, me dijo muy seria… no me hizo falta explicarle que una es así de tonta que le gustan esos guantes cortados… simplemente puse cara de circunstancias… hizo un gesto de desaprobación absoluto que yo contesté con una carcajada… se empezó a reír con una risa burlona que se mezcló con tos…


Cuando llegamos al portal de su casa, me tendió la llave… la tosecilla que nos había acompañado desde el estanco comenzó a ser una tos bastante fea… no debería salir usted con este frío, le dije, que está un día muy perro de frío… entramos en el portal con su advertencia de que el suelo estaba recién fregado y resbala mucho… durante un momento, me di cuenta de cuánto miedo tenía la pobre señora de acabar con sus huesos contra el suelo… con esa torpeza que era consciente de tener, una que la asustaba muchísimo… subimos los peldaños que nos separaban del ascensor… pulsé la tecla para llamarlo… me miró sonriéndome una enorme sonrisa postiza, una que rezumaba un agradecimiento brutal por esos cinco minutos de mi vida… me agarró la cara, me dio un beso en cada mejilla… sin parar de sonreír… volvió a comenzar a toser en lo que yo abría las puertas del ascensor… dígame que no está fumando usted con esa tos, le dije en un tono de nieta absoluta que hasta me sorprendió a mí… se empezó a reír… se despidió de mí dentro de la caja del ascensor, con las puertas de cristal ya cerradas, lanzándome un beso… un beso que yo le devolví…


Salí del portal con una absurda sonrisa y un poco preocupada por la fragilidad de aquélla mujer… por esa tos, por ese tambaleo… y como buena maruja que me estoy volviendo, entré a comentar la jugada con la niña del estanco… diciéndole, yo en un papel muy digno, que esa mujer no debería fumar… qué va si no fuma, me dijo mi vendedora de droga legal en el tono auténticamente macarra que la caracteriza, escribe cartas… me quedé loca ante su respuesta hasta que me explicó que esa abuela que yo había acompañado iba un día cada par de semanas al estanco a por sellos… dos para España, uno para Europa… un euro y poco en estampillas para mandar esas cartas que escribía a los suyos… la niña del estanco contaba este extraño vicio de la anciana con sensación de irrealidad, como si fuera una gran rareza la molestia de escribir una carta de las de papel… de esas que se escriben tomándote tu tiempo para sentarte a hacerlo… ya ves, me decía, habla con ellos por teléfono y aún así les escribe cartas…


Despidiéndome de la estanquera, pensé en lo curiosa que es la vida… en lo curioso de que aquélla mujer se jugara el tipo con esa falta de estabilidad para ponerse, simplemente, a escribir cartas… pese a la inmediatez de un teléfono, pese a tener noticias sin necesidad de esperar al cartero… quizás fueran manías de vieja, o quizás algo mucho más íntimo… salí del estanco con una media sonrisa… recordando la emoción que yo sentía cuando recibía una carta… cuando tenía correo de ese que buscas un momento para leer a solas, con la ilusión de tener esas hojas entre las manos… recordando lo mucho que me gustaba escribirlas antes… siempre de la misma manera, con el mismo comienzo... ella también las recibe, resolvió mi mente entrando en casa para ponerle un final feliz a la historia, si no no las escribiría… sonreí pensando en esa dulzura tan increíble de pasar un miedo atroz de su casa al estanco y vuelta sólo para mandar una ilusión… recordé de golpe un mail de un amigo del otro lado del mar que me proponía mandarnos cartas de las de antes, aunque fuera a través de una pantalla… un mail que me dio en toda la diana de una manera increíble por mi cumpleaños… un regalo de esos que te da la vida a veces y para el que necesitas darte tu tiempo de respuesta… sonreí… esas cartas que llevaba tantos meses escribiendo mentalmente volvieron a hacerse fuertes mirando por esta ventana… pocas, apenas una decena… sonreí… quizás era el momento de comenzar a escribir, pensé… tal vez sea el momento de hacerlo más allá de esta sopa…

lunes, 14 de diciembre de 2009

Sobredosis de jarabe de sonrisa: un sábado con Iñigo y Lagarto


Mañana me voy, me cantó mirándome en mitad del concierto… nos abrazamos canturreando… disfrutando de un mini de cerveza a medias… mirándonos alucinados sin decir nada de lo bien que estaba sonando esa banda … ese Lagarto Amarillo que es la sintonía de mi nueva vida de gata… una música que me presentó una amiga y que acabó contagiándole a él también… hoy no hemos puesto Lagarto todavía, dijo alucinado una tarde de hace muchos meses apretando el play de la mini cadena… sonrío… decidimos pasar juntos su único sábado tarde en Madrid… inventándonos un sandwich nuevo de cena, proponiéndome montar un restaurante sólo de sandwiches... y como cada día te inventas uno diferente, me decía muerto de risa entre mordisco y mordisco, el que venga sabe que el menú es sorpresa... decidimos disfrutar de la música en vivo, esa que tanto nos gusta a los dos... compartiendo un segundo mini de cerveza… descojonándonos de la risa… cómo te conozco Marifati, me dijo con mucho cachondeo mientras pedíamos después de que hubiéramos visto al mismo hombre acercándose a la barra… hasta a mí me parece atractivo, me dijo muerto de risa, no te conoceré yo animalico… después del ataque de risa, me quedé mirándole callada… le miraba pensando en lo increíble de nuestra peculiar República… en esa contribución invisible que él hizo para reconstruir este barco pirata… en el mundo que armamos de la manera más casual, un espacio que no es físico pero es sólo nuestro… voy a pasar las vacaciones a casa, me dijo por teléfono… a casa, pensé sintiendo una enorme ternura en su momento… sólo bastaron seis meses para que la sintiera así… seis meses para que el día que se fue le dijera que no me devolviera la llave… bienvenido al país de los locos, le susurré la primera noche que estaba en casa, vas a tener una buena dosis de irrealidad… llegó dos días antes de lo que esperaba… dos días que marcaban la diferencia entre estar un poco apretados en este hogar, o convertirnos en el camarote de los Hermanos Marx… incluso en mitad de semejante locura, me apetecía compartir con él el overbooking que sufrían estas cuatro paredes… quizás porque sin él no sería tan divertido o, quizás, porque con él lo sería mucho más…

Mirábamos a esa banda sonar como nunca antes lo había hecho… fascinados con acordes que ya conocíamos pero que sonaban diferente… nos habíamos ido los dos solos al concierto, en modo RIFI -República Independiente de Fátima e Iñigo- auténtico… al compás de la música, rebobiné esos días que había pasado con él… cómo llegó a casa sin que yo me enterara en un intento mío por aislarme del mundo, atrapada dentro de los cascos del iPhone delante de un folio en blanco pendiente de escribir demasiadas cosas que a veces no sé cómo contar… primero me vaciló por no salir a recibirle… después me abrazó para recordarme todo ese calor que él me da sin hacer nada más que acompañarme… un abrazo que me supo a “te he echado de menos”, a un “he vuelto” y a un "tenía ganas de verte"… en mitad de una canción, recordé esa primera noche juntos en casa… una en la que esperamos a que toda la trouppe se acostara para quedarnos a charlar como hicimos tantas veces durante nuestra vida en común… para ponernos una crema de orujo y fumarnos la vida muertos de la risa… para contarnos esos episodios que sólo entendemos nosotros… para colocar el corazón sobre una bandeja y no sentir la desnudez de estar destripándonos… para contarnos esas batallitas que hacen que los dos nos descojonemos de la risa… cómo te he echado de menos, pensé mientras me contaba sus andanzas por ese nuevo lugar donde curra ahora… es curioso, pese a ser una ermitaña de mi soledad extraño muchísimo esas charlas noctámbulas… esas que siempre terminan en carcajadas aunque empezaran con grandes tragedias… esas en las que él se despedía de mí dejándome para escribir... ahora escribes para tu sopa, me dijo una vez antes de subir la escalera, que te vacía la mente y te calienta el estómago... sonrío... supongo que sólo quien sabe lo importante que es para mí escribir puede entender los ingredientes de esta receta... me encanta verte así, me dijo él a altas horas de la madrugada, creo que no recordaba esa cara… me reí avergonzada por sus bromas ante mis susurros, mis conversaciones y mis múltiples caras de circunstancias… sabiendo que le gustaba y le asustaba en la misma proporción que a mí... creo que a partir de ahora, me dijo para acabar de avergonzarme, el título de "Mimosina" te lo has ganado tú... uno con el que yo etiqueté a una amiga de esas que ves poco pero que, como con él, parece que viste ayer por última vez...


Dame un cigarrito a ver qué tal, me cantaba a mi lado sin parar de bailar ni sonreír, soy capitán de capitanes… nos reímos… en mitad de esa nube azul del concierto volví a estar sentada en el sillón… en una de esas conversaciones en las que yo siempre me siento en el mismo sitio y él también… una de esas en las que él dispara mientras yo esquivo la bala… me encanta cuando te dejo sin palabras, me decía muerto de risa, es algo que pasa tan pocas veces que lo disfruto muchísimo… según él, tengo la capacidad de pensar rápidamente una respuesta ingeniosa... una que, a veces, no logro encontrar... sonreí… ahora es cuando sólo eres capaz de decirme “serás idiota”, continuó diciendo descojonado… me reí y cumplí con sus expectativas… serás idiota, le dije… él tiene esa capacidad de permitirme abrir mi propia caja de Pandora, dejando escapar todos los fantasmas y los miedos sin que me aterrorice la fragilidad que siento al hacerlo… llenando esos momentos con silencios que sólo rompe para decir grandes verdades… de esas que yo asiento, respiro y suspiro… de esas que, en ocasiones, sólo sonrío… es capaz de ayudarme a cazar esos grillos que a veces se me escapan sin necesidad de decir nada… tan sólo respetando mis silencios, mis huídas mentales pese a estar físicamente a su lado… por algún motivo que desconocemos, nos sabemos de memoria cada uno el manual de instrucciones del otro… quizás por eso, pensaba sin parar de bailar en esa sala Heineken con él a un lado y "mi guapo" al otro, vivir con él es de las mejores cosas que me han pasado… tal vez sea su media alma de mujer, tal vez sea mi media alma de hombre... o, simplemente, que tenía que aparecer en mi vida para que yo pudiera acabar de remendarla...


Cuando el concierto terminó, nos miramos con esa cara que siempre nos deja Lagarto… la de la sonrisa, la del buen rollo… comentando lo bueno que era el guitarra nuevo, lo genial que sonaba el despliegue de percusión… hablando de esas canciones con letras que nos tocan la fibra pese a no conocerlas... comentando cómo sonaban esas otras que ya nos sabíamos de memoria... te vuelve loca esa canción y se nota, me dijo con esa ternura que es sólo suya, cuando la escuchas te pierdes… le agarré del brazo en mitad del frío de Madrid subiendo esa cuesta en la que no parábamos de hablar… apoyándole la cabeza a veces en el hombro, sabiendo que nuevamente nos tocaba despedirnos… que, nuevamente, tenía que quedarme al mando del barco pirata sin grumete… con ese regalo tan increíble que es pasar tiempo con él aún no haciendo nada… un tiempo que, siempre, llenamos con música de fondo… con palabras… con conversaciones de esas en las que me voy por las ramas y él se descojona… con caras que reconocemos el uno del otro… me río… cuando amanecimos el sábado por la mañana, no hizo falta que nos dijéramos nada… yo sabía leer su cara, él mis ojos entreabiertos… estoy mayor para salir dos días seguidos, le dije despidiéndome de él en la esquina de casa… para él la noche seguía, para mí era momento de sentarme a escribir… para tratar de contar con palabras lo inexplicable… la sobredosis de jarabe de sonrisa que me tomo sin rechistar cuando estoy con él aunque no sea físicamente… los algodones que me pone en las esquinitas de las neuronas cada vez que pasamos tiempo juntos… un tiempo que es como ponerle un flotador a este barco pirata que a veces, sin hacerlo, da la sensación de hundirse…

Sonrío… extraña hermandad esta nuestra… una que empezó por casualidad el día que le dije que se viniera a casa hasta que encontrara donde vivir… la sensación de que, pese a que no esté, es como si nunca se hubiera ido…


Esta es la canción que tan sólo tararearon esos Lagartos y que nos fascinó en una noche de marzo… la que nos aprendimos con sólo escuchar una vez… la letra que Iñigo me envió vía mail a las seis de la mañana cuando volvió a casa mientras yo dormía tan sólo un piso más arriba… una canción que, a los dos, nos toca de manera especial…