Me pidieron franqueza... la regalé porque me sobra, porque creo en la honestidad de decir las cosas que uno piensa cuando se le consulta por ellas...
Me pidieron opinión... la di, como hago siempre, con esa prudencia de no contarla entera... con la carta blanca de hacerlo bajo petición...
Me pidieron ayuda... la derramé hasta dónde pude, hasta dónde ya no me llegaban los brazos para abarcar más... preocupada incluso por encima de mí, preocupada incluso cuando el "tu" no está entre las preocupaciones de otro...
Me pidieron respeto... lo di como sólo se da de verdad, haciéndolo partícipe a quien lo solicita sin hacerlo... sin necesidad de tener que hacerlo... sólo porque entiendo que es la manera de hacer...
Me pidieron silencio... accedí a él a pesar de necesitar oír palabras, a pesar de sentir ese extraño hormigueo en el estómago que me producen los nervios...
Me pidieron lealtad... una para sentir más fuerza, una para sentir menos miedo... una que ayudara incluso a tapar esos agujeros oscuros que existen en la biografía de todos...
Me pidieron entender... a pesar de no hacerlo, a pesar de no compartir decisiones que no me competen... unas que pertenecen a otra vida, unas que nunca he puesto en tela de juicio...
Y, de pronto, me dieron la espalda...
me cubrieron con reproches a mi franqueza...
me acusaron de esas opiniones que di sólo porque creo que la felicidad no es una angustia constante...
tiraron mi ayuda a la basura, como el que se desprende de algo usado... de algo que ya no sirve...
cuestionaron mi respeto... uno que tuve que abanderar durante muchas charlas como si creyera firmemente en él... a pesar de tener poca fe, a pesar de no compartirlo...
me bañaron en silencio... en uno cobarde escondido detrás de una pantalla, en uno sesgado por una realidad elegida que sólo callada podía ser compartida...
pisotearon mi lealtad... esa que sentía como algo natural y que, ahora, me parece un regalo demasiado grande en unas manos que ya no conozco...
y lograron que no entendiera nada... que, por segunda o tercera vez en mi vida, fuera incapaz de encontrarle un argumento lógico a una situación que se me escapa de la mente... de esa que siempre intenta entender, de esa que siempre busca un equilibrio entre la duda y la razón...
Me pidieron... para dejarme en mitad de un camino con una gran dosis de decepción y una mayor de pena...
Pedí... saber, apaciguar... calmar ese interrogante en el que se me hace difícil vivir...
Di... para creer en esta noche que, quizás, tenía que haber guardado algo para mí...
Y me dieron... palabras huecas, apenas unas líneas desconocidas en las que sólo supe reconocer algo...
Aunque no queramos, no todo es pedir...
Y, aunque no sepamos, a veces hay que saber dejar de dar...
martes, 15 de noviembre de 2011
lunes, 14 de noviembre de 2011
Cuando me soltaron una mano...
Este es el secreto, dijo el zorro, sólo se ve bien con el corazón... lo esencial es invisible a los ojos...
Lo esencial es invisible a los ojos, repitió el Principito...
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado, dijo el zorro...
El Principito, Antonine de Saint Exupery
Durante muchos años de mi vida, utilicé cada una de mis
manos para agarrar fuerte otra… para transmitir ese pequeño gesto de protección
que a uno le inculcan en la infancia… no la sueltes, decía mi madre antes de
salir de casa… antes de abandonar ese jardín que para nosotras era un auténtico
universo de comidas hechas con barro, carreras de carretillas y juegos de
pistas… de una manera natural, ese singular de agarrar una mano se convirtió en
un plural… no las sueltes, decía mi madre siempre que salíamos de casa… yo, la
más mayor de las tres… yo, la supuestamente más responsable de las tres y con fama de valiente… yo, la que se hacía
cargo de dos niñas… de una hermana propia y de otra que, a falta de otros
hermanos, me tenía a mí… reconozco que nunca me supuso un problema a pesar de
esas rencillas infantiles de los años de diferencia… a pesar de los juegos
prohibidos para las menores, a pesar de ese ritmo imparable que supone crecer…
era la perfecta defensora cuando pasaban las vacas, la que nunca tenía miedo de
los mastines de las ovejas… la que defendía a dos niñas igual que yo pero con
menos años de todas esas cosas que suponían un miedo para ellas…
Crecimos y, con los años, seguí llevándolas de las manos…
las vacas seguían asustando, los perros ya no parecían tan grandes… en el
camino de hacernos mayores, compartimos miedos y secretos… compartimos
ilusiones y lágrimas… seguimos yendo de las manos como si las mías supusieran una columna vertebral… sujetando el peso de esas extremidades que tenían sus
propias piernas como parte de mi existencia… más allá del jardín, los problemas
eran mayores… nos rompieron el corazón, dudamos… supimos a qué sabe la
decepción, a qué el engaño… a qué ese daño tremendo que te deja a veces la vida
con cada página del calendario… pero seguimos yendo de la mano, seguimos
caminando el mismo camino que siempre habíamos hecho… sin juicios, sin
moralinas… sabiendo que esas dos prolongaciones de mis brazos formaban de
alguna manera parte de esa responsabilidad que aprendí en la infancia… de una
que asumí aún cuando no me la pidieron como parte de lo que soy y de a dónde me
lleva mi propia vida… elegí que fueran mis compañeras de viaje, con un billete
sin paradas ni trasbordos… a pesar de no entendernos a veces, a pesar de sentir
distinto… a pesar de todos esos pesares que, pese a pesar, a mí me seguían
sujetando las manos cerradas alrededor de otras…
Esta noche, sin embargo, se me han escurrido los dedos de
una de las manos… he dejado de sentir ese calor, he dejado de notar ese peso
que he llevado durante mucho tiempo como parte de mi propia vida… como parte de
mi propia manera de entenderla… me la han soltado de golpe... pregunto sin respuesta, escucho y sólo hay
silencio… noto libre una mano, una que antes alguien me apretaba con fuerza…
pasajeros al tren, oigo desde mi propio andén… quizás se apeó en el camino o
quizás, simplemente, decidió olvidar que ese tren nunca se retrasaría… que
nunca dejaría de aparecer en la estación cuando lo necesitara… si hubiera
cambiado su recorrido para sentir más libertad, me digo, no sentiría esa falta
de movilidad en los dedos… ese entumecimiento súbito que se me ha calado en los
músculos y en el alma… recordé a ese zorro de "El Principito"... para qué me has domesticado, decía ese personaje... esta noche, me pregunto algo muy parecido...
Con una mano libre, seguí sujetando la otra… como siempre lo
he hecho, como me atrevo a decir que siempre lo haré… seguimos el viaje, me
preguntó la dueña única de ese pedazo de mi cuerpo… asentí… dejando atrás todo
ese viaje ya andado, sintiendo la extraña sensación del vacío dónde antes había
mucho más…
Foto | Maricha Martínez
domingo, 13 de noviembre de 2011
La sorpresa de una tarde en el Mercadona
Resulta curioso comprobar cómo un lugar tan estéril como
puede ser un Mercadona puede ser motivo de una de esas cosas que pasan para
hacerte un poco más feliz… paseaba entre
los viales haciendo lo que más me gusta, buscar el mejor precio… reconozco que
encuentro un pequeño placer en llegar a la línea de caja con muchas cosas y
pagar poco dinero… en mitad de esta gynkana mía de encontrar ofertas, sucedió
algo que cambió esa tarde de compras… algo que, además, cambió una parte de mi
nueva vida… no diré una pequeña victoria, quizás sí una mínima conquista…
sonrío… esta vida es curiosa, pienso, y a veces mucho más sencilla de lo que
nos creemos…
Fue de la manera más fortuita como decidí llegar al pasillo
de la limpieza… uno de los que más me gustan… flipo con la cantidad de
estropajos, con los colores de los envases… a veces, los miro como si fuera una
niña chica… medio agilipollada por los dibujos, fascinada con ellos… iba
lanzada a vivir ese momento infantil del que disfruto desde que tengo uso de
razón cuando de pronto me encontré con dos ojos… dos que nunca había visto
antes, dos en una cara que había visto muchas veces… que había encontrado en un
extraño silencio, en un respetuoso no presentarnos mutuamente porque ambos
sabíamos quiénes éramos… a pesar de que nunca le hubiera visto los ojos, a
pesar de que nunca le hubiera dirigido una palabra… qué pasa guapa, me dijo con
una naturalidad asombrosa mientras se acercaba hacia mí… me puse nerviosa, lo
reconozco… ese tenso silencio sin miradas de pronto se había convertido en una
sonrisa… en una frase entonada como si lo hubiera hecho muchas otras veces,
como si ese respeto mutuo de no hablar el uno con el otro nunca hubiera
existido… no sabía que currabas aquí, dije torpemente después de que me diera
dos besos… procesando que había pasado la raya de mitad de un campo que,
quizás, era absolutamente neutral para los dos… algo tan peculiar como un
supermercado, algo tan público y a la vez tan anónimo…
Empezamos a hablar como si lo hubiéramos hecho siempre… tío no
te mueres aquí de frío, le pregunté mientras me daba un escalofrío… creo que no
se me ocurrió nada más ocurrente que decir… bromeamos sobre ello, sonreímos…
dónde anda Fito, me preguntó mientras acababa de colocar unas cajas… ahora voy
a recogerle, le contesté con la misma aparente confianza que habíamos cosechado
en una conversación de apenas tres minutos… nos despedimos… él tenía que seguir
currando, yo tenía que terminar de hacer la compra… seguí con mi paseo por los
viales pensando en esa conversación natural entre dos desconocidos conocidos…
sonreía… disfrutando una curiosa sensación de normalidad… de una que, en una
tarde, había cambiado pequeñas cosas… comprobando que el contacto visual,
escribí in-situ en mi estado del Facebook, acerca a las personas… quizás nadie
entendería lo que puse pero, en cierta manera, necesitaba decirlo… quizás para
quitarme una piedra más del zapato, para aligerar un poco esa mochila de
respetos y consideraciones que a veces nos auto-imponemos como dogma… sonreía a
esos pequeños guiños que te da la vida para hacerte sentir bien, para rozar una
sensación de placentera paz con respecto a algunos fantasmas…
Le he encontrado en el Mercadona, contaba sólo un par de
horas más tarde en una ferretería… lo hacía con una gran pizca de ilusión, con
una sonrisa ladeada de esas que se quedan a veces en la cara para recordarte
ese buen rollo durante un ratito… contando esa conversación breve, ese
tijeretazo al silencio que había abierto la veda de las palabras… sonrío… lo mejor
fue que ese alguien dibujó esa misma sonrisa… sintiendo también una
piedra menos en su zapato, notando una pequeña tirita…
Mola, escuché decir… sí, sonreí mientras pagábamos en la
ferretería, mola…
jueves, 10 de noviembre de 2011
El día que me concedieron un premio de Periodismo
Cómo son las cosas, me digo muerta de risa, hoy me conceden
un premio de Periodismo y soy incapaz de escribir… me tengo que descojonar…
llevo casi dos horas delante de esta pantalla tratando de contar eso que ha
hecho que hoy, diez de noviembre, el alma me haya pegado un bote dentro… uno
que, de primeras, no he sabido encajar… me han dado un premio, le decía a mi
madre en directo mientras se lo leía a mi padre por teléfono… he tenido que
leer tres veces ese mail que, de primeras, no entendía lo que decía… un premio,
repetía constantemente sin saber muy bien si reírme o llorar… he hecho las dos
cosas, tengo que confesarlo... animada por mi madre, animada por ese orgullo
tan bonito que sentía a pesar de tener el coco en estado de shock…
Hoy, diez de noviembre, soy incapaz de explicar lo que
siento… de describirlo, de escribirlo
aquí ni en ninguna parte… no es un acto de egoísmo, sólo uno de auténtico
bloqueo… un premio, pienso… suspiro… eso que dicen se da en reconocimiento a
algo, eso que a mí me han regalado por “respetar el rigor, la veracidad y la
imparcialidad”… me emociono al pensarlo de la manera más tonta de todas… creo
que, como periodista, ese triunvirato de motivos son el reto de lo que hacemos…
he tenido que buscar nada más llegar a casa ese artículo seleccionado con el
vértigo de saber que un jurado lo ha considerado el mejor escrito a lo largo de
un año… el mejor de la prensa escrita española… escribir, escrito… eso que es
lo único que sé hacer de verdad y que, esta noche, se me antoja imposible… esta
tarde noche he sentido el orgullo de mis padres y de los míos… he sentido que a
esos padres -de profesión padres- que tengo se les ha alegrado el alma casi
tanto como a mí, que se les ha hinchado el pecho de emoción… sonrío… me han
acompañado en esta profesión más como salvavidas que como compañeros… quizás
hoy, ese papel que tienen que darme vale por todos los años que han tenido que
aguantar el “tengo que escribir”…
Podría decir que tengo el atrezzo perfecto en este barco
pirata que hoy siente haber encontrado una pequeña isla del tesoro… una que,
sin ser quizás un premio de esos de los que todos hablan, para mí hoy es el
mejor premio del mundo… uno que llega a mi vida en un momento en el que esta
lucha que supone la profesión empezaba a levantarme alguna herida… te lo
mereces sobre todo por eso, me ha dicho la rubia por teléfono, por lo que has
peleado y por lo mal que lo has pasado… sonreí llorando cuando esa princesa del
País de las Bragas me dijo lo mismo… reconozco que, de alguna manera, me ha aliviado
el alma saber que no he perdido tanto el tiempo… que ese empeño por vivir
escribiendo ha tenido hoy su pequeña caricia conmigo… he llorado mucho de
emoción… de una propia y de otra compartida sintiendo que hoy los kilómetros me
han pesado más que otros días, que ojalá se hubieran podido reducir a nada para
sentir un abrazo muy deseado de alguien que compartía esa congoja de no querer
llorar pero hacerlo a pesar de todo… he sentido el orgullo de los demás, he
sentido el increíble bálsamo que supone leer esa palabra de siete letras
conjugada… primero una amiga de esas de siempre que te acompaña en el camino,
después de muchas más que han querido decírmelo… no te rindas, me ha dicho ese
que fue compañero en una agencia que marcó mi vida y que ha sido el motivo de
que la organización del premio me encontrara…
Esta noche no soy genial ni puedo escribir nada que merezca
un premio… sólo puedo decir que estoy viviendo unas horas de calor infinito… de
uno creado a golpe de sonrisas de los míos, de palabras de ánimo… de un “eso no lo consigue cualquiera” dicho por ese
hermano que no lo es desde el otro lado del Atlántico, un amigo al que le paso
las propuestas que me surgen para su revisión porque le sigo considerando una
referencia… he oído decirme un “te lo mereces”
y un “todo llega” que me han sorprendido… no peco de humilde, lo aseguro… supongo que, simplemente, he descubierto que
todos esos que me quieren tienen una fe en mí que supera la mía… este día diez de noviembre pasará a
mi propio glosario personal de fechas a pesar de estarlo ya, lo hará con una
lectura distinta… me han dado un premio, no puedo parar todavía de repetir…
supongo que, porque todavía trato de entender lo que significa esa frase, no
puedo escribir nada más…
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