Te maullé desde la puerta… con ese ronroneo ligero y tan particular… apenas un susurro… una mirada… una medio sonrisa pintada en la cara… real, sí… totalmente auténtica… tus orejas se tensaron para oírlo con más nitidez... mientras yo, sólamente, respiraba...
Maullaste desde el otro lado del mundo… desde tu propia barrera… asustado, receloso… apenas fue un instante… pero te brillaron los ojos de felino dormido en la oscuridad…
La rama de aquél árbol de invierno se arqueó para dejarme pasar… caminé despacio… sobre el filo de esa rama… como si hubiera recorrido miles de veces ese trayecto con el balanceo de esa ingravidez bajo mis patitas…
Al llegar a la otra orilla era inevitable sentir el reflejo… ese rostro afilado y oscuro tiñéndose de miedo… de querer y no deber… de rendición ante lo evidente… la ingravidez se acababa… ya había puesto la primera pata sobre tierra firme… pero se balanceó también… bajo tus pies… bajo las patas… volvimos a ese extraño lugar en el mundo que nos pertenece a los dos…
Y la luna menguó para dejar que nos sentáramos en ella… dejando galopar la noche… con su oscuridad… su silencio… su locura susurrada… con ese suave velo con el que envuelve a las historias… esa gran espectadora insolente e indolente que nunca opina… pero que siempre deja que ocurra…
Con el último maullido a esa luna que se escapaba llegó un inesperado amanecer… cargado con la oscuridad más infinita… con una mirada felina que bajaba una escalera… con otra perdida dentro de su espacio más cotidiano… maullando en la soledad tan bajito que ni siquiera ellos eran capaces de oírlo… preguntándose cuántas vidas más les quedaban… cuántas habían consumido de sus siete…
¿Lograré sacarte de ese mundo?... conseguiré que te descongeles… que vuelvas a ser tú… la misma persona de antes… el mismo ser… que en tus ojos lea esas extrañas palabras que tan sólo yo entendía…
¿Conseguiré acabar con el miedo?... ¿con el rencor que alimentas en tu frío? Quizás no lo consiga nunca… a veces creo que ha acabado contigo… que te ha sepultado… otras, simplemente, que está dormido dentro de ti… que volverá… aunque ya no sé si estaré para verlo…
¿Volveré a sentir esa ternura?... ese extraño sentimiento que no se puede disimular ni fingir… que nace o no, sin más… ¿volveré a escuchar palabras que condenan sentimientos que pareces haber encarcelado? Antonio Vega suena ahora mismo en mis oídos… pero no, no hay música… tan sólo silencio…
¿Te sacaré de ese abrigo de invierno que eres incapaz de desabrocharte?... la hibernación más dura, más cruel de todas… la de los sentimientos… sentir… no sentir… ¿qué es peor?... ya no lo sé… aunque me lo pregunto a menudo…
¿Sentiré que he podido desterrar la tristeza?... esta pena que ya pesa demasiado sobre los hombros… nada de tiempo dentro del contexto de una vida… un auténtico mundo cuando hay que vivirlo día tras día… ¿qué he hecho con el tiempo, dónde se ha quedado?... la vida es complicada y corta… ¿dónde se han ido esos días?
¿Podré pasar página a todo esto?... susurrándole a un cuerpo imaginaria palabras sin sentido en la oscuridad de una habitación… ¿locura?… puede ser… me encantan las preguntas… las palabras… aunque no tenga quien las responda… a ninguno de los dos lados del hilo…
¿Entenderás por qué seguimos atados de alguna manera?... por qué, pese a todo, ese nudo no se deshace con nada… dos extremos tan lejanos… unidos, pese a todos… pese a todo…
Una reciente visita a la capital leonesa ratificó mis peores temores… el prototipo de cazurro bruto de la ciudad es, más allá de una leyenda urbana, una raza aparte del ser humano que se camufla entre los mortales comunes… la descripción es sencilla: fuerte y entrado en kilos, colorado, con pinta de bruto, habitualmente con camisa de manga corta pese a ser invierno… y, sobre todo y fundamental, con un coche muy grande tipo todoterreno… de esos que cuando frena en un paso de cebra dice “aquí estoy porque he llegado” y “tendré que dejarte pasar”…
Con uno de estos personajes de esta peculiar raza, que en lo sucesivo denominaremos “brutus individuos” –brutus para acortar-, me tuve que topar tratando de aparcar en una de las calles más complicaditas del centro de la ciudad… Julio del Campo, tarde de invierno… noche cerrada… después de 20 minutos dando vueltas, veo la luz: un hueco, ajustadito, pero útil para dejar mi Astra… la calle vacía… comienzo la maniobra… mientras empiezo a dar marcha atrás, entra follado en la calle un gran todoterreno gris que frenó, por los pelos, cuando llega donde yo estoy… el brutus hizo acto de aparición bajándose sin mediar palabra del coche… golpeó la ventanilla y cuando la bajé comenzó el show… “si cuando digo que las mujeres no tienen que conducir”… “a ti no te han enseñado que ahí no te cabe el coche?”… “atascando la calle, sin dejar pasar a nadie”… yo sigo flipando, me bajo del coche… y le digo muy tranquila y de buenas maneras… “la calle estaba vacía, acabo de empezar a aparcar, vamos que no he terminado ni de darle marcha atrás por primera vez…”… a mitad de mi explicación, que todavía no entendía por qué estaba dando, el brutus comienza a chillarme…
Y mi pequeño golpe de estado tomó partido en mis neuronas… los viandantes parados contemplando el show, mi padre en la otra acera… los coches que comenzaban a llegar a la calle que colapsábamos el brutus y yo… “pues mire, ahora por mis santos cojones que no tengo le voy a demostrar que mi coche cabe ahí”… el brutus se ríe… me subo a mi coche… trato de dar marcha atrás pero el brutus ha decidido que no me va a dejar… comienza a dar marcha alante, a darme las largas, a pitarme… tiro del freno de mano que casi me quedo con él en la mano… me bajo del coche… “vamos a ver, esto es muy sencillo… si deja de tocarme los cojones, podré aparcar… y usted se podrá ir porque, tanto que se queja, está atascando la calle”… el brutus se ríe, sigue chillándome… me meto en mi coche… dos maniobras después el coche estaba aparcado… me bajé como un relámpago del coche para lograr pillar al brutus en el paso de cebra… llamé con los nudillos a su ventanilla… me miró sin bajarla… y le dije altito para que me oyera él y toda la calle que contemplaba el espectáculo… “Cabía o no? Me vas a decir tú a mí donde puedo aparcar mi coche”
Si la calle no aplaudió no me tachéis de loca… así fue como lo sentí…
PS- Si alguien se siente aludido por la descripción de “brutus”, lo siento… dudo mucho que si perteneciera a ese género tuviera siquiera la dirección de este blog…
Un billete, una mochila y la mayor calma que he vivido jamás… de esa guisa me presenté en Atocha… temprano, muy temprano… tranquila, hasta unos límites que me asustaban… sin siquiera plantearme qué estaba haciendo… sabiendo, únicamente, que así lo había decidido… mi primera decisión en mucho tiempo… la primera después de muchas cosas… pero lo hice, y quizás por eso estaba tan tranquila… por eso quizás mi viaje consistió en escribir en mi cuaderno lo que iba sintiendo… un cuaderno de bitácora del corazón… más cartas imaginarias de un día real… esa ciudad que tantas cosas buenas me hace sentir y que no conozco me recibió con un espléndido día de sol… con calor… con una extraña sensación de volver a casa cuando nunca lo ha sido… y sonreía…
Cincuenta kilómetros después, la primera parada… el reencuentro con una amiga… ese abrazo después de tanto tiempo, de tantas cosas… esa comida en una terraza mirando al mar… me hablaba de su nueva vida tan lejos del mar… con una persona a su lado… y veía en su cara felicidad… tranquilidad… la seguridad que te da una vida que tu tándem se mantenga en equilibrio… la miraba y recordaba tantas cosas de ayer, tantas aventuras por Madrid, tantos cafés… y sonreía… feliz de verla así de bien, así de feliz…
Cuarenta kilómetros después, mi calma necesitó darse una tregua… un mirador… ese al que tan pocas veces he ido y tanto me gusta… necesité quedarme allí media hora mirando a lo lejos la bruma del mar… los barcos atracados esperando para entrar… el peñón… ese pueblo tan conocido y extraño para mí a la vez… y sonreía… respiraba el mar… esa cálida humedad de sus calles encaladas… de sus baches, sus cruces, sus stops… esa maraña del centro me hizo perderme sin quererlo… y recordar al pasar por las calles momentos de un pasado ya tan pasado y tan presente a la vez… y sonreía… al ver salir a Mayte del portal con esa sonrisa, sentí de nuevo el calor… esos dos cafés y un pastel en la terraza del Okey… con su suegra, una cara tan familiar que me sonreía sin parar… estaba en casa… charlando sobre la vida con esa amiga que ahora va a ser madre… la veía hablarme de su tripa, de sus ilusiones… y yo sonreía… qué felicidad tan contagiosa, pensé…
Y luego la cita… a las 7 en el Raku… allí estaba… como si le hubiera visto ayer… y sonreía… hablando de cualquier cosa… disfrutando tan sólo el café, la compañía, la situación… sintiendo dentro de mí ese pequeño golpe de estado a mí misma que era haber despertado en Madrid y estar tomando café en la Plaza Cruz Herrera… una cena temprana con una conversación distendida… sentir el mar de nuevo… cálido… incluso el mar me parecía estar caliente… la arena húmeda bajo las zapatillas… y sonreía… sentía esa revolución dentro de la paz… la decisión correcta… el momento preciso… todo parecía haberse colocado sin haberlo querido… una locura reposada, sí… pero mía, propia… ajena a todo lo demás… pensé en mí nada más, sí… pero sonrío pensando que por fin lo hago… que es un buen comienzo…
Anduve hacia atrás de nuevo el camino… con ternura… con sonrisas… con lágrimas… con susurros… suspiros… sentir, ¡al fin!, sentir… y todo lo demás de esa oscuridad del vacío más absoluto teñido con soledad… las miradas a veces hablan más que la boca… y sonreía… amaneció demasiado rápido y oscureció demasiado temprano… esa ciudad se solidarizó conmigo… con mi despedida… sin parar de llover… con desandar un camino fugaz como las estrellas de verano a las que se les pide siempre un deseo…
Yo pedí el mío… seguir sintiendo esta revolución que me había traído hasta aquí… a la calma… a la tranquilidad que te da la rendición… algo en mí se levantó en armas cuando subí a ese tren… y algo de mí se rompió al volver hacia atrás… quizás fuera melancolía… pero pese a los destrozos, este golpe de estado natural e involuntario me está devolviendo algo que la vida me quitó y que forma parte de mí… de lo que soy…