A veces tan sólo el puntero de un ratón puede servir para hacer una caricia… para rozar, sin tocar, unos rasgos… una cara… una sonrisa que no existe más allá de un recuerdo explícito… de una imagen pasada… de una página vivida, machacada y percudida… pero acaricias… como si con ese gesto pudieras acercarte a eso que fue… a lo que existió… a veces, simplemente, a eso que parece lejano en el tiempo y en el espacio… la mente a veces es así de curiosa… no le hace falta el tacto, no le hace falta piel… tan sólo recordar…
Una caricia puede ser escuchar una voz… una que llevas tiempo sin oír… una que reconoces aunque ella no lo haga… una que te hace sonreír aunque esa voz se mantenga fría… ausente, lejana… da lo mismo… a veces las caricias las regalas, las das… con ciertas palabras… con ciertos silencios… con lo no dicho de una conversación… con esos guantazos que te pega a veces una voz por lo que dice, por lo que no dice… por las frases hechas, manidas… repetidas… sin sentido… un callejón sin salida, sí… pero así son las caricias… darlas no implica tener que recibirlas… son un regalo… un pequeño presente enviado de la manera que sea… quizás, muchas veces, simplemente no se entiende… las caricias a veces, simplemente, tropiezan… hay pieles que no están preparadas para sentirlas… hay voces que no saben apreciarlas… hay, simplemente, demasiadas caricias que se pierden en alguna parte del extraño fenómeno de la mente humana… rechazando el calor, la ternura… hay caricias que, aún sin darse, saben a reconciliación… otras saben a despedidas… cada una tiene su propio olor, como todo en esta vida…
Otras veces, puedes acariciar con palabras… escritas sobre un papel, sobre una pantalla… caricias que, en el fondo, destripan lo que eres… sin control, sin releer… sin más… a veces las caricias son, simplemente, eso… deseos enviados… sonrisas regaladas… pequeñas apuestas con la vida… pulsos que te echas a ti misma para demostrarte que tu esencia sigue estando ahí… que algo de ti permanece pese al frío, pese a un invierno que parece que no acaba de marcharse… a veces las caricias te dejan como respuesta preguntas… interrogantes… misterios… lágrimas, también… todo depende del momento… acariciar es un arte, sin duda… y a veces no hace falta ni tan siquiera hacerlo con la punta de los dedos… simplemente es posible con que algo en tu mente haga contacto… con que se despierte un pequeño vacío que has tratado de llenar de alguna manera… siempre creí que, mientras dormía, alguien inventaba caricias para mí… quizás ahora estén todas en la caja de los recuerdos… o, quizás, las mejores estén por venir…
Quizás mi mayor capital sean mis caricias… esas que algunos aprecian, que otros no… esas que me hacen ser quien soy… esas que a veces no doy pero que sin embargo se sienten… como un sello personal… invisible… intangible… un sello que para algunos me hace ser yo… y para otros es, simplemente, algo que no interesa…
De golpe, el tiempo cambia… Madrid parece volver a vestirse de invierno para dejar atrás todos esos días de sol que parecían haberme dado la vida… la conjunción astral no puede ser peor… domingo, finales de marzo, día de invierno… para darle todavía una dosis mayor de melancolía a este luminoso frío que invade la ciudad, Cuatro decide emitir “Mentes peligrosas”… y yo, francamente, me quiero morir… de golpe, me viene a la cabeza la Chocita Sueca, un garito que hay cerca de la glorieta de Bilbao… recuerdo unas lágrimas… recuerdo el miedo a sentir… lo siguiente que me pasa por la cabeza es un CD grabado para mí… esa canción que tanto significaba… la banda sonora de una película de “mi época”… reniego de esta extraña memoria mía que sólo retiene, como les pasa a los ancianos, recuerdos de hace tiempo… y pocos de la actualidad…
Odio los domingos, creo que es sabido por todos… lo más curioso es que, antes, aunque me disgustaban sabía sacarles provecho… se hacían largos, sí… eran esos días tediosos en los que todo está cerrado… en los que pese a tener un montón de horas por delante, no sabes qué hacer con ellas… te entra una especie de estado perruno que te hace sentir que la programación de la tele es mala… que no hay nada que ver, que no sabes qué hacer… a mí antes me daba por limpiar armarios, por tirar cosas… de vez en cuando continúo con esa tradición… pero, de manera habitual, ahora simplemente leo… busco otros recursos para emplear esas horas tediosas… esas 24 horas que parecen abocadas a morir lentamente, a matar lentamente… son un día jodidamente melancólico, lo siento… pese a las tardes al sol en La Latina, pese a irme al gimnasio y volverme loca en la elíptica… lo mismo da… se hace largo, muy largo… y, por algún motivo, desde hace tiempo he descubierto que huyo de lo que hacía antes… no, ya no hay tardes de sofá delante de la tele… ya no hay ese momento de respiro… el sofá me da alergia, lo siento… he decidido desvincularme de él…
Además, he observado que a todo el mundo le disgusta soberanamente este día… sabe a soledad, quizás… a cosas pendientes… a comida familiar, a película mala… a tabla de planchar para algunos, a deportes para otros… al atasco de entrada a Madrid cuando el tiempo es bonito, a las tardes de lluvia que antes disfrutaba tantísimo con una manta… a un café con alguna amiga para paliar las horas muertas y aprovecharlas llenándolas de vida… a reencuentros… viajes que terminan, fines de semana en los que suceden cosas… acaricio las horas que le quedan a este último día de la semana… a este día que, para los católicos, es del señor y para mí es una auténtica pesadilla… supongo que no se puede quitar tampoco del calendario, hay que sufrirlo… una vez a la semana, para más INRI… qué le vamos a hacer, me digo… pasará, como pasa todo en la vida…
Cuando llega la madrugada de este penúltimo día del mes maldito, suspiro aliviada… marzo se acaba… cinco letras, 31 días… 744 horas en las que, por el motivo que sea, la vida decide pegarte con una paellera en la cabeza desordenando todo lo que ocurre alrededor… sí, te descoloca… con noticias de todo tipo… raras, malas, extrañas y, de manera excepcional, jodidamente buenas… marzo es así, una caja de sorpresas… de esas que, por narices, un mes al año te toca abrir… y de la que puede salir, como en el caso de Pandora, casi cualquier cosa…
Hasta hace poco, creía que esta maldición del mes de marzo de cada año era algo casual… sin embargo, cada día más, estoy convencida de que por algún motivo misterioso este mes es obligatoriamente así… quizás sea porque es el mes de transición entre el frío y el calor… los días en los que parecemos desembarazarnos del invierno para entrar en la primavera… toca adelantar el reloj, tenemos días extrañamente soleados en los que la gente se vuelve loca y se atreve incluso a ponerse sandalias… nos descolocamos, nos enloquecemos… pero, sobre todo antes de llegar el día 1 del mes, toca desempolvar el capote… sí… marzo es un mes para torearlo, lidiarlo y si te dejan darle una estocada… puede que, provisionalmente, creas haberlo matado… pero renace como un zombie cada año…
A la gente le da por la astemia y parecen haberlos desinflado como globos… no tienen ganas de hacer nada, están curiosamente tristes… por algún motivo extraño, es uno de los meses en los que parece venirte encima la avalancha de los divorcios… a todo el mundo le da por dejarlo, por discutir, por engañar a su pareja… coño con el mes… no hago más que escuchar este tipo de situaciones alrededor… la parte positiva de estar sóla es que estas cosas no te pueden pasar, me río para mí misma… además, es el mes en el que los expedientes paranormales más curiosos del planeta se suceden… sí, pasa de todo… caderas rotas, príncipes convertidos en sapos verrugosos… puntos verdes que parecen marearnos las retinas… novias perfectas que, de golpe, dejan de serlo… novios añejos que aparecen para hacer su función en esta vida y echarle el telón a tantas cosas… pasados perdidos que, de golpe, se reencuentran en un banco de San Bernardo… embargos que, pese a todo, no te quitan la dignidad pero sí te las hacen pasar putas... cárceles personales que viven pendientes de una carta… la cuenta atrás de un mes que, por lo que sea, parece destinado a desequilibrar los cimientos de la vida de cada uno… todo lo que puede salir mal, sale mal... curiosamente... es un fenómeno digno de estudio... y, cuando crees que nada más puede sorprenderte, llega marzo a joderte los esquemas y demostrarte que el circense "más difícil todavía" siempre es posible...
Marzo se acaba, me digo… por lo que sea, me alegra saberlo… y, por lo que sea, tengo un buen presentimiento con toda esta época… incomprensible, sí… quizás porque pese a todas sus rarezas, he vivido este mes con precaución y sin sobresaltos que me hayan desquiciado... tambaleado, sí... o quizás porque tengo un año por delante antes del próximo marzo maldito… no sé cómo se quita del calendario, estoy tratando de enterarme… sólo sé que, pese a todo lo de alrededor, lo he sobrevivido… y eso, con todo, es mucho…
A recuerdos, a ese sabor añejo… a tantas cosas vividas, pasadas, sufridas… lluvia, nada más… agua que cae… moja… desaparece… pero deja su rastro… esa extraña sensación… ese peculiar frío metido dentro, calado hasta los huesos… ese sentimiento empapa, sí… marca un antes y un después de la manera que sea… pero pasa, como todo… cuando decide dejar de llover, cuando las nubes se dan una tregua…
La lluvia me sabe a historias… a palabras dichas con miedo… a miradas que se escapan… a ojos que se miran fijamente… me huele a cobardía, a valentía… al miedo a sonreír demasiado, a guardar muchas otras sonrisas en el cajón de sastre… sabe a todas esas gotas que van taladrando la piedra hasta agujerearla… el agua no es más fuerte, tan sólo insiste más… quizás por eso llega a hacer tanto daño… llega a agujerear de esa manera… permitimos que nos posea, es así… que nos moje, que nos haga sentir la sensación de la ropa húmeda sobre la piel… se eriza, al menos siente… y sentir, sea como sea, es el mayor vicio que tiene el ser humano…
La lluvia huele a vida… sí, es así… con ese olor característico… ese que todos recordamos, que todos sabemos identificar… a veces lo extrañamos… otras simplemente somos conscientes de lo que conlleva… del sufrimiento… del frío… de esa irremediable bajada de temperatura que te deja en el alma… pasa la tormenta, es verdad… pero hay que lograr sacar lo que deja de nosotros del charco… a veces, tan sólo es cuestión de confianza… otras, incluso, dejarse llevar por los pasos hasta terminar el camino…
Esa agua nos cae encima, y no sabemos cuándo será… sabemos que ocurrirá, que llegará cuando menos lo esperemos… que tambaleará las ideas, los sentimientos, las sensaciones… quizás lo desenraíce todo para volver a enterrarlo… quién sabe… sabemos que pasa… sabemos qué ocurre… y dejar de empaparse bajo la tormenta a veces es cuestión, tan sólo, de aprovechar el primer claro de nubes… de sacar la cabeza y perseguir a esos rayos de luz que han logrado abrirse paso entre tanto oscuridad… de mirarse cara a cara… con decisión… a uno mismo, no hace falta más…
La lluvia sabe a todo eso que se nos quedó por el camino… a todo lo que arrastró a su paso… a calles vacías, a gente corriendo… a un desconcierto… a un resbalón… a todos esos pasos en falso que no entendemos por qué damos pero que para algo sirven… todo llega, siempre… antes o después… siempre, siempre se pasa la tormenta… y no sólo hay que hacer inventario de destrozos… sino, también, de todo aquello que hemos ganado sin darnos cuenta…
Dedicado a “Lluvia”, el guión de una conversación en un banco que llegó en medio de la madrugada de un viernes… una conversación de decepciones pasadas y sorpresas presentes...