
Y sin embargo, y pese a todo, dejamos correr los años sin hablar para reencontrarnos por casualidad en una calle más de esta inmensa ciudad de hormigón... y no había pasado el tiempo... ella seguía sonriendo igual, siendo igual de tierna que hace diez años, dándome el mismo abrazo sin hablarme cuando me vio... media hora de conversación después, acordamos vernos un día con calma y juntar a las niñas con las que compartimos el colegio... y una vez más nos despedimos, nos despedimos creyendo que vamos a hacerlo y pensando firmemente en sacar un hueco de donde no lo haya para sentarnos a contarnos batallas...
El regreso a mi casa ha sido curioso... venía sonriendo por la calle pese a haberme peleado con 3 farmacias para una triste caja de antiestamínico para mi niño pachucho... y sin embargo, no paraba de recordar las noches juntas... en pijama, en mi habitación, contándonos tonterías que parecían mundos... las fiestas de otros colegios, el "me maquillas?" o los momentos jodidos de exámenes... las noches de fiesta en las que todo se convertía en una locura y tocaba comentarlo a la vuelta "a casa"... ese extraño lugar que considerábamos casa, regentado por monjas, con horarios estrictos y normas... y que, pese a todo, era un auténtico hogar porque todas nosotras formábamos una familia...
En la vida te encuentras con los compañeros de la vida, que sólo acompañan... esos que un día creiste que eran amigos y otro descubriste que eran todo lo contrario... Pero también con gente con la que, pese al paso de los años, puedes seguir colgándole en el dedo gordo del pie la etiqueta de amigo... gente como Almudena, con su sonrisa de niña tierna y su bondad más allá de cualquier otra cosa... con una maleta de recuerdos de hace una década, sin ninguno de estos últimos cinco años... personas que sin embargo, con el hecho de compartir una breve charla, vuelves a casa con una sonrisa y con muchas ganas de coger el teléfono de reencontrarte con ella... con gente que, como ella, vale la pena pese al paso de los años...