
El perro vivía en la calle... las noches de invierno, se resguardaba en cualquier portal del frío... y los días de calor, nunca le faltaba agua fresca o, incluso, un manguerazo de algún vecino que creía conveniente refrescarle... cuando en las tardes de verano, al caer el sol, los vecinos salían a la calle a charlar él les acompañaba... estaba allí, de manera constante... y sentía especial debilidad por una joven que rozaba la treintena y que siempre le hacía algún mimo... ella siempre le miraba, siempre le acariciaba, siempre tenía una buena palabra para él... era, quizás, la que más se preocupaba por él... y a la única que iba a buscar cada día a la parada del autobús que la traía de vuelta del trabajo...
Pero un día ella no volvió... nadie sabe a dónde se fue ni qué ocurrió con ella... la echaban de menos, sí, pero desconocían qué había ocurrido... los vecinos comentaban que quizás, con eso de que había roto con su novio, había decidido cambiar de aires... o que, tal vez, le había salido un trabajo más allá del mar dónde siempre quiso buscar una aventura vital... nadie lo sabía... pero el que menos lo entendía era ese perro que, cada tarde, iba a recogerla a la parada del autobús... y se sentaba a esperar, viendo cómo pasaban los viajeros pero ella no volvía... y así, tarde tras tarde... hasta que una tarde, dejó de comer los ricos guisos que le preparaban los vecinos... y, aunque se sumaba a las reuniones nocturnas de vecinos, se escondía tras las sillas y permanecía ausente del bullicio... poco a poco, se le dejó de ver como antaño... ya apenas quería comer y se mantenía hecho un ovillo en un rincón del barrio... los vecinos, preocupados, quisieron llevarle al veterinario... pero cuando se ponían de acuerdo para llevarle, él nunca estaba...
Una mañana, lo encontraron... parecía dormir plácidamente, pero en realidad ya se había marchado... estaba en la misma parada de autobús donde cada tarde iba a buscarla a ella... enroscado, con cara de paz... tranquilo... fuera de este mundo y de su perra libertad... su ausencia conmocionó a los vecinos que, desde siempre, le habían visto por allí... y decidieron enterrarle como uno más de la pequeña familia que formaban...
Y ahí llegó la gran incógnita... después de tantos años viéndole, de tantos años dándole de comer, de acompañarles cada noche de verano y darle los buenos días cada mañana... no tenía nombre... nadie se lo había puesto... y, ante ese gran contratiempo, se preguntaron cómo llamarlo... fue la misma vecina que lo encontró quién lo pronunció... "¿por qué no le llamamos como aquélla chica a la que siempre iba a buscar?"...
Y así, en esa tarde de julio, el que siempre les había acompañado volvió a la tierra...
Y así, los vecinos decidieron bautizarle en su muerte como se llamaba aquélla mujer: Recuerdo.