
Y ahora, que me acerco a los 30, vivo en un sinvivir... de golpe, los efectos del calentamiento global han logrado incluso colarse en mis sueños: en ocasiones, no veo muertos, pero sí sueño con osos polares que mueren asfixiados por las elevadas temperaturas... otras noches, sufro pensando que llegará un momento en el que llegue una nueva glaciación... ¡y tengo alergia al frío! ¿qué será de mí? esta es mi primera pregunta cuando por la mañana abro la pestaña y recuerdo la pesadilla del día anterior...
Así que, ni corta ni perezosa, opto por tomar cartas en el asunto: reciclar y concienciar de ello es la solución a los problemas del mundo. Y ahí comienza un nuevo problema: el reciclaje. De golpe, despliego 4 bolsas diferentes en la cocina: una para papel (la de siempre que religiosamente se va al contenedor de enfrente de casa), otra para plásticos, otra para vidrio y por último los residuos orgánicos. Y, sin darme cuenta, estoy cayendo en mi propia trampa: la locura que conlleva tirar las cosas a la basura... De golpe me veo completamente petrificada ante las bolsas, eligiendo si el tetra brick ha de ir a los plásticos o al papel... tratando de razonar dónde tirar la caja de panecillos porque, pese a ser de cartón, está forrada en plástico... y lo que es peor: te asalta una terrible ansiedad por no equivocarte... por no meter lo inadecuado en una u otra bolsa... te planteas que una mala elección estará jodiendo el contenido completo de la bolsa... casi, casi cierro los ojos antes de tirar las cosas pensando en la famosa frase de "corazón que no siente"... La segunda parte de la aventura llega cuando te diriges con tus 200 bolsas a los contenedores, y te encabronas al comprobar que la gente no respeta el cubo amarillo... el trayecto de vuelta a casa es una auténtica queja contra el mundo: la gente es una inconsciente, qué falta de respeto, con lo fácil que es... añadido, te ves en el supermercado inspeccionando hasta el último producto que compras: si contiene elementos nocivos para la naturaleza, si el envase es reciclable, si está libre de tóxicos... la compra que habrías tardado en hacer 20 minutos se convierte en una auténtica tesis doctoral sobre qué comprar y qué no, ahí está el dilema... e, incluso, te permites el lujo de mirar de soslayo a una pobre abuela que se lleva un bote de lejía a su casa... ¡por favor, lejía! con lo que eso contamina...
Y ahí es cuando te das cuenta... has caído en la trampa... juzgas a los demás por lo que a ti mismo te supone casi un trance... Y llegados a ese momento, esas cuatro bolsas son más fuertes que tú... son las dueñas y señoras de tu cocina... te enloquecen, te dictan y te han logrado avasallar hasta hacerte sentir insolentemente estúpido en un gesto tan común como el de tirar la basura... han logrado que te cruces medio barrio para llevar los 4 frascos que otras veces habrías tirado tranquilamente a la basura...
Ellas han ganado... y, para colmo, no tienes valor de renunciar a ellas...
Así que, ni corta ni perezosa, opto por tomar cartas en el asunto: reciclar y concienciar de ello es la solución a los problemas del mundo. Y ahí comienza un nuevo problema: el reciclaje. De golpe, despliego 4 bolsas diferentes en la cocina: una para papel (la de siempre que religiosamente se va al contenedor de enfrente de casa), otra para plásticos, otra para vidrio y por último los residuos orgánicos. Y, sin darme cuenta, estoy cayendo en mi propia trampa: la locura que conlleva tirar las cosas a la basura... De golpe me veo completamente petrificada ante las bolsas, eligiendo si el tetra brick ha de ir a los plásticos o al papel... tratando de razonar dónde tirar la caja de panecillos porque, pese a ser de cartón, está forrada en plástico... y lo que es peor: te asalta una terrible ansiedad por no equivocarte... por no meter lo inadecuado en una u otra bolsa... te planteas que una mala elección estará jodiendo el contenido completo de la bolsa... casi, casi cierro los ojos antes de tirar las cosas pensando en la famosa frase de "corazón que no siente"... La segunda parte de la aventura llega cuando te diriges con tus 200 bolsas a los contenedores, y te encabronas al comprobar que la gente no respeta el cubo amarillo... el trayecto de vuelta a casa es una auténtica queja contra el mundo: la gente es una inconsciente, qué falta de respeto, con lo fácil que es... añadido, te ves en el supermercado inspeccionando hasta el último producto que compras: si contiene elementos nocivos para la naturaleza, si el envase es reciclable, si está libre de tóxicos... la compra que habrías tardado en hacer 20 minutos se convierte en una auténtica tesis doctoral sobre qué comprar y qué no, ahí está el dilema... e, incluso, te permites el lujo de mirar de soslayo a una pobre abuela que se lleva un bote de lejía a su casa... ¡por favor, lejía! con lo que eso contamina...
Y ahí es cuando te das cuenta... has caído en la trampa... juzgas a los demás por lo que a ti mismo te supone casi un trance... Y llegados a ese momento, esas cuatro bolsas son más fuertes que tú... son las dueñas y señoras de tu cocina... te enloquecen, te dictan y te han logrado avasallar hasta hacerte sentir insolentemente estúpido en un gesto tan común como el de tirar la basura... han logrado que te cruces medio barrio para llevar los 4 frascos que otras veces habrías tirado tranquilamente a la basura...
Ellas han ganado... y, para colmo, no tienes valor de renunciar a ellas...