A donde vamos, le preguntó el ratón al pedazo de queso…
no obtuvo respuesta…
le extrañó no obtenerla…
no todo la tiene pese a los por qués…
pese a los que se buscan en los fondos de los bolsillos…
al final del monedero…
tratando de estirar un espacio finito…
sabiendo que tiene un tope a pesar de creer que, insistiendo, encontraremos aquello
que buscamos…
la bocina sonó…
cierre de semáforo…
la luz roja…
prohibición…
neuronas que presentan cartas de dimisión…
hartas de remar en distintas direcciones…
consumiéndose en un extraño mar…
uno de calma…
uno de miedo…
la vela sintió un frío que estaba fuera de lugar…
que no era línea del guión…
ni tan siquiera apunte…
las letras se escurrieron de un pentagrama de días…
sin clave de Sol…
en clave de Fa…
entonando una melodía diferente…
llena de graves…
de silencios…
un plato calló el ruido de romperse contra el suelo…
tan sólo se despedazó…
sin testigos…
sólo con pedazos…
un escalofrío recorrió la mirada…
cegándose ante una imagen mil veces vista…
no viendo…
mirando…
con las pupilas contraídas…
escuchando una alarma sonar a los lejos…
con unos tímpanos sordos…
con ayer…
sin mañanas…
conquistando sonrisas de carretera…
judías bajo el colchón…
barcos fantasma a la deriva…
con un grumete sin brújula…
sin una tripulación de razones…
abriéndole las piernas a la realidad para sacarle las entrañas…
sí presentes…
no escondidas…
con la caricia sobre la piel de una pluma de cristal…
el arañazo de la luna en el cielo entre tanta oscuridad…
fumando lentamente un libro de dudas…
levante la mano Cordura, se escuchó decir…
presente, contestó ella...
haciéndolo en un silencioso estruendo…
una página del calendario se saltó un abril…
comiéndose los días…
tragándoselos con un licor de meses…
guardando una moneda para volver a jugar…
mordiéndole el cuello a unas horas…
desangrando una lágrima de agua…
sin querer arrancarle los petalos a una margarita de pensamientos…
el dado volvió al tablero…
a la casilla de salida…
en la casilla de llegada…

jueves, 22 de abril de 2010
martes, 20 de abril de 2010
Diseccionando una maraña de martes...
Ha
sido colgando el teléfono cuando me he dado cuenta de que, de golpe, me sentía
más anciana… más vieja… más cansada, quizás… sin saber distinguir si el
cansancio era mío además de ajeno… uno para el que tengo una almohada para
conciliar el sueño que no puedo ofrecer… una almohada que no puedo colocar
porque no tengo cama, porque no soy dueña de ella… porque, quizás, mi colchón
no está simplemente colocado en el lugar que le corresponde… respiro hondo
buscando ese alivio que oxigena las neuronas y me quita parte de ese peso que
de golpe siento dentro… los chinos que son muy sabios, dije, consideran que el
error es que ante un problema nos centramos en él más que en buscar la
solución… sonreí al decirlo, burlándome de mis propias circunstancias… sabiendo que yo soy la primera que muchas
veces sólo ve la altura de la ola en vez de buscar el hueco para capearla… o
que, incluso, conociendo por dónde escapar prefiere mantenerse heroicamente
hasta que la ola comience a romper… quizás ahora mismo lo hago, quizás por eso
me he puesto a escribir para tratar de apaciguar ese océano embravecido que de
golpe me empuja de morros contra la arena… notando cómo sí me importan algunas
cosas… cómo si siento escozor cuando me cae sal sobre lo que yo no creía
herida… no sangra, es cierto, pero noto un picazón que antes no sentía… me
pregunto si ese escozor puede degenerar en algo más… en algo que no puedo
asumir, algo que sé que no quiero permitirme a pesar de los pesares… realidades
o ficciones, me digo a mí misma... sé que no son verdades o mentiras, sé
diferenciar una cosa de la otra… lástima que, a veces, vivamos en la que no
toca y escondamos la que corresponde…
Sonrío…
he vuelto a rescatar del Club de las Palabras Prohibidas una de las que fueron
proscritas en mi otra vida de gata… tiempo, seis letras… ahora no está
prohibida, quizás porque sé que es un antiséptico que no mancha… que sólo pica
hasta cicatrizar completamente y, con un poco de suerte, no dejarte una marca
terrible sobre la piel… sólo una señal que te recuerda que existió, que lo
viviste… sonrío sabiendo que ese tiempo es sabio para todo… para deshacer
marañas… para ordenar puzles… para remendar velas después de haber permitido
que se rasgaran en alguna tormenta… para deshacer montañas de páginas sin sentido, montañas que
se nos caen encima en una mañana de martes para atraparnos debajo de un mar de
papel… tiempo, pienso respirando hondo de nuevo, ese que a veces dejamos correr
sin pararnos a pensar en su significado y otras tanta falta nos hace… pienso en
ese tiempo, en esos días y en los de mañana volviendo a respirar hondo… sabiendo
que tengo enturbiada la bola de cristal y que sólo la puedo limpiar a golpe de
jarabe de sonrisa… de ese que tan sólo consiste en darle la vuelta a la
realidad para mirarle las costuras… para buscar cómo están cosidas, para
entender cada hilván…
Hablamos,
oí… hablamos, contesté… una frase hecha que de golpe me sonó de otra manera…
hablamos, pensé para mí… sonrío diseccionando los silencios y las palabras…
sabiendo que a veces se usan en exceso y otras en defecto… que sólo el tiempo
marca cuando son necesarias y cuando están de sobra… sonrío… me doy cuenta de que
en la ecuación hay demasiadas incógnitas y que es necesario despejar algunas…
ecuaciones, ejercicios matemáticos… unos que pese a saber hacer, nunca entenderé
para qué sirven pese a su utilidad… unas que se me antojan la única manera de
recordarme de golpe una condición irreal pese a su realidad… auténtica pese a
su aparente ficción… parcialmente digerida pese a llevar tanto masticándola…
curiosa esta vida que se vive a mordiscos, que se cuenta en digestiones… que,
de golpe, te hace sentirte únicamente un tropezón en la sopa… sonrío… sé que no
lo soy pero, a efectos prácticos y por contradictorio que pueda serlo, es en lo
que me convierte la realidad… uno que hoy he descubierto que no me gusta, que
me incomoda a pesar de conocer gran parte de la receta de la sopa… uno que sé
que no merezco… cojo aire mientras me recuerdo a mí misma el siguiente paso… elegir,
otra vez… escoger, nuevamente… decidir… respiro hondo… realidad o ficción, sin
más...
Mi banda sonora para las últimas líneas de este post... una letra con mil interpretaciones pero que, pese a esa melancolía que se le escurre con cada acorde, me encanta...
lunes, 12 de abril de 2010
Barbies o Gi Joes...
Vuelvo
a este Madrid mío de las madrugadas… vuelvo después de un paréntesis que sabe a
vida, a ganas… a sonrisas… a palabras, a verdades y mentiras… a muchos
momentos, a muchas cosas… vuelvo para mirar desde este faro que me permite
contemplar tejados contrayendo las pupilas a pesar de la oscuridad… para repasar
tantas cosas que, quizás, necesito señalar con un fluorescente como cumplidas…
vividas… examinadas… archivadas… para poder cerrar el cajón decidiendo qué coño
hacer con la llave… si dejarla sobre la mesa o esconderla en una caja fuerte…
sonrío… abrir y cerrar, pienso, siempre es la misma dinámica… la misma
situación de tener que escoger una opción o la otra… tan opuestas, tan
distintas… sentada en este lugar del mundo que me pertenece, miro por la ventana
mientras en mi mente se suceden mil imágenes como lo haría una película
rebobinada… fotos que son sólo mías y que he sacado sólo porque han despertado
algo en mi mente como para disparar el botón de la cámara… respiro hondo
notando cómo se me llenan los pulmones… cómo se desahoga el cuerpo cuando
suelto todo el aire… somos Barbies o Gi Joes, me preguntó una amiga esta mañana…
me río… no sabría contestar, ni siquiera yo lo sé… supongo que a todos nos
asusta la fragilidad de sentirnos esa muñeca rubia de goma, supongo que tampoco
somos ese fortachón de plástico… sonrío con cierta tristeza… oscilo otra vez
entre dos personajes tan contrapuestos… contraposición, buena palabra…
contrarios, opuestos… distantes… diferentes… como las vidas, como las personas... como las vidas dentro de vidas...
Vuelvo
a respirar hondo, notando ese aire bendito que libera cuando entra y sale de mi
cuerpo… he puesto un paréntesis antes de seguir escribiendo, uno de silencio y
quietud para mirar por estas ventanas… sintiendo los dedos incapaces de saber
cómo contar eso que quiero escupir para liberarme del peso… escuchando sólo la
música que me acompaña… tratando de buscar la manera de contar la ilusión que
sentí, sólo, mirando un cielo acojonantemente estrellado… uno que parecía un
campo de luz y que veía con una nitidez impresionante, sintiendo el extraño abrazo del calor a pesar del frío… sabiendo que sólo lo viviré, de esa manera, una vez…
notando que se me saltaban unas lágrimas con sabor agridulce, sin capacidad de definición... emoción, me pregunté, o tristeza… capítulos de vida independientes dentro de
otra vida… fotos que probablemente no se repetirán más… sabiendo que, probablemente, esos pedacitos de vida sean mucho más auténticos que la realidad diaria... conociendo esas fichas
que no se mueven y que tampoco sé si quiero que lo hagan… a veces me pregunto dónde perdí la libertad, otras me digo que la encontré aunque no haga uso de ella... me pregunto por estas
páginas escritas y vividas, tratando de entender su sentido… tratando de
comprender sus por qués, sus para qués… todo lo tiene, le dije por vez millón hace poco a la
rubia, todo lo que pasa en la vida tiene un por qué y un para algo… tal vez por
eso continúo pirateando, siguiendo un mapa en el que la ruta de destino se ha
borrado con la sal del mar y navega entre la neblina de una mañana de adioses no dichos… supongo que así tenía que ser, me digo para mí
mientras escucho cómo repica la lluvia en este tejado… recordando otra noche de
lluvia en la que también me paré para escuchar su sonido sonriendo a pesar de haberlo oído tantas otras veces... sonrío… otra foto
más de mi propio álbum…
Cuento
el tiempo en un calendario mental… sabiendo su peso, siendo consciente de su
increíble labor para tantas cosas en esta vida… tratando de destripar algo más
la diferencia entre el querer y el poder, entre el deber y el hacer… poniéndome a mí misma esa prueba, esa
que quizás necesito para tratar de equilibrar el timón… una que quizás sea
necesaria para colocar un poco más mi propio puzzle, ese en el que siguen
bailando algunas piezas… unas que acaricio con la mano girándolas entre los
dedos, unas que me hacen dudar de ponerlas en su lugar o seguir jugando con
ellas… quizás no quiero ver todavía el conjunto del dibujo de mi propio puzzle,
uno que sé ha cambiado... uno que es distinto… sonrío… hace poco le explicaba a
un recién estrenado amigo la teoría que se grabó a fuego en una terraza de el Algarve en mi otra vida de gata… es cuestión de volver a poner cada pieza
en su lugar, le decía a través de una pantalla, quizás cuando lo acabes el
dibujo sea distinto… sonrío mirando esta oscuridad… creo que todos tenemos
nuestro propio puzzle, uno que se reinventa casi día a día… uno que cambia de
dibujo y que nos hace ser tanto Barbies como Gi Joes como viceversa… uno que,
quizás, sólo el tiempo ordena para volver a desordenarlo… para hacernos sentir
dos personajes completamente distintos dentro de una misma vida… para hacernos vivir una vida jodidamente auténtica dentro de otra jodidamente falsa... realidad o ficción, muñeca rubia o soldado... debilidad o fortaleza, verdad o mentira... supongo que ambas cosas se suman y se restan dentro del contexto de cualquier vida...
domingo, 11 de abril de 2010
Mirando desde la torre...
Inspiro,
expiro… el aire de mi pueblo, decía un amigo este verano en mitad de una
madrugada… sonrío… quizás sea el aire, quizás sea la extraña magia de este
lugar perdido en el que lo más fácil es perder la conexión con el mundo… si
Mendel me conociera, pienso a veces, se le iba a quedar en nada la genética
aplicada a los guisantes… supongo que vengo de serie con ese gen cabra que me
hace adorar esto… ese que me hace sentirme a gusto a más de mil metros de
altura, rodeada de montañas… escuchando gallos desorientados que cantan a las
cuatro de la tarde… viendo vacas rascarse contra un muro como si les fuera la
vida en ello… notando ese frío que te pone la carne de gallina al salir de casa
cuando te separas de la chimenea… respirando hondo con una puesta de sol que,
pese a no tener la etiqueta de “la más espectacular del mundo”, a mí me lo
parece… no me quiero ir, me digo a mí misma mirando al tendido desde este lugar
al que siempre vuelvo y desde el que siempre miro antes de irme… el mismo al
que subo en verano y en invierno… el mismo que me permite radiografiar el
tiempo que paso aquí, midiendo hasta el último recoveco de cada segundo… me
enciendo un cigarro notando esa angustia que se me pone siempre por dentro, esa
misma que me recuerda que cada vez me cuesta más volver a eso que llaman
civilización y que a mí me sobra tantas veces… cómo sabía que no te ibas hoy,
me ha dicho mi padre por teléfono cuando me ha llamado… sonrío… fuerza mayor
papá, le he contestado… creo que en, este santo lugar, una de las máximas es que
nunca cumplo con la fecha de alzar el vuelo… por más convencida que esté,
siempre sucede algo que me lo impide…
Pienso
en estos días perdida en este valle mientras miro esas montañas blancas pese a
la increíble tarde de sol… tratando de pegar en mi propio álbum todas esas
fotos mentales que atesoro para mí… esas que hacen de la nada momentos de
felicidad absoluta que me regalan enormes sonrisas, momentos de azúcar que
quizás nadie comprenda… de esos que me endulzan el alma, que le dan cuerda a este
reloj que a veces se para atrapado en una maraña vital que no soy capaz de
desenredar… suspiro… puto pueblo, pienso emulando a ese amigo perdido en una
habitación, no sé qué tiene este santo lugar que me atrapa cada vez que vengo…
quizás sean esas tres preguntas consecutivas en una mañana de cuándo me caso
con sus tres consiguientes respuestas de cachondeo… por algún extraño motivo,
aquí más que en cualquier otro lugar de la tierra a todos les preocupa mi
soltería… quizás me ato a esta tierra porque me encanta reencontrarme en las
madrugadas con esas partidas de cartas tan surrealistas, esas en las que soy
mera espectadora pero en las que acabo siendo involucrada -aún no queriendo-
delante de una interminable crema de orujo que empezó siendo un Cola-Cao… esas
que hacen que me muera de la risa sólo por lo que dicen otros… tal vez sea
porque aquí el sol calienta de otra manera, el frío se siente de otro modo…
porque, a pesar de todo, siento ese calorcito en el alma que te dan los buenos
momentos… esos que muchas veces consisten simplemente en acariciar a Lur panza
arriba, mirándole sabiendo que cada día que pasa está más viejito… porque
quizás, para mí, esos cafés que me tomo en la cocina del Gure Txoko mientras
Eskarne cocina me hacen sentir parte de una familia que, sin ser la mía, siento
propia… porque me alimenta meterme con Iker sólo para contemplar cómo gruñe,
por todos esos cafés que comparto con él sentada en la esquina de la barra ante
el vacile generalizado, y el “hola nuera” de su padre al que siempre respondo
con un sonreído “hola suegro”… sonrío… por algún extraño motivo, aquí mis
“blonde session” saben de otro modo… quizás porque, a pesar de todo, me
conformo con compartir tiempo con ella sin necesidad de hacer nada… por esos momentos nuestros que rozan el absurdo patrocinados por la ausencia de un teléfono... por esos silencios compartidos y suspirados que sabemos que duelen, por todas esas cosas que nos decimos -aún conociéndolas ya- cara a cara...
No
me quiero ir, repito para mí una vez más de tantas como lo he dicho estos
últimos días… soy consciente de que sufro ese síndrome que me atrapa siempre,
ese que me hace no querer despegarme de esta extraña oficina que tengo montada
en la esquina de la barra entre pinchos de queso, botellines y cafés… quizás
porque conozco a todo el mundo y todos me conocen a mí… tal vez porque, aquí,
paso de escuchar auténticas barbaridades a cosas bonitas aún no buscando hacerlo… estás muy chula pero muy chula, me dijo
el padre de un buen amigo, da gracias que soy un paisano formal… me tuve que reír… no
sé por qué, pero aquí incluso los piropos saben distinto… en este santo lugar, todo
tiene un sabor diferente que se te pega en el paladar durante mucho tiempo…
pequeñas cosas, ridículas a lo mejor… vitales para mí pese a su insignificancia, a pesar de que sean rutinas como ver entrar a
Casiano en el bar y escucharle decir aquello tan famoso de “moza, pero sigues
por aquí?, deberías empadronarte”… para muchos, supone una auténtica sorpresa
comprobar que siempre vuelvo y que casi siempre estoy… que, fuera de ese
calendario vacacional que marca la vida y llegada al pueblo, yo antes o después
aparezco… cuándo vuelves, me pregunta siempre el Mister al despedirme de él con
cara de pena… supongo que, de alguna manera, soy una pieza más de este puzzle…
una que, por el motivo que sea, es bienvenida siempre… una sensación que sé
reconocer y que me provoca una alegría que me callo para mí… la que te dan los momentos, los reencuentros... esas sonrisas que no quieres evitar, esa sensación que te recorre a veces el cuerpo como un subidón de felicidad que no sé -ni pretendo- transformar en palabras... ese que a veces tan sólo procura el hecho de que esa amiga de siempre me diga que le encanta cómo escribo... la misma felicidad que siento cuando el que es su marido me llama "cabrona" por lo que leyó en esta sopa... gracias por contarlo tan bonito, me dijo ella... gracias a vosotros, le contesté, si no hubierais hecho que lo sintiera no podría contarlo así... suspiro... es curioso cómo cosas tan pequeñas como palabras logran calar de esa manera... cómo emocionan, hacen sonreír y ponen algodoncitos... supongo que por eso escribo desde este lugar... porque creo que suma toda esa magia que respiro en este rinconcito perdido de España, porque esa magia es la que jamás tendrán ni siquiera mis ventanas de Madrid...
Sigo
mirando al tendido viendo cómo las ovejas comienzan a subir, escuchando sus
balidos afónicos a lo lejos… vuelvo a respirar hondo… mañana me voy, me digo
para mí parafraseando a Lagarto Amarillo, si algo tenía que hacer lo tengo que hacer hoy… una nueva despedida de este puerto de referencia mío para sonreír y
sanar heridas… suspiro… cuando te pasa algo, me dijeron una vez como si fuera
un reproche, siempre te vas a Acevedo… supongo que para mí no existe mejor
jarabe de vida que este porque, de la manera que sea, es capaz de remendarme
las costuras para volver a tirarme al mundo… porque me da esa paz que, quizás,
sólo te dan las cosas auténticas… esas que sientes tuyas, esas que hacen de
gente y lugares un hogar propio que probablemente nadie comprende… compruebo mis
alas, sabiendo que están preparadas para comenzar a volar aunque no quiera… me
río… demasiados vuelos pendientes, demasiados realizados… miro el nido de las
cigüeñas que, año tras año, anida en el mismo lugar… supongo que si ellas
siempre vuelven, aunque tarde esta vez, volveré a encontrar el camino de
regreso… todo es cuestión, como me dijo esa rubia mía del alma, de no perder
nunca más el rumbo de este barco pirata…
sábado, 3 de abril de 2010
Una tarde con Ana...
Qué
haces hoy, me preguntó a través de una pantalla… comer contigo, le contesté…
teníamos ganas de vernos de verdad… primero apareció aquí por sorpresa una
tarde de lunes mientras yo me acababa de arreglar para el estreno de “Lluvia”…
sólo cinco minutos, le escuché que le decía a mi madre, que me están esperando
abajo en doble fila… cuando asomó su sonrisa por la puerta del baño, reconozco
que me encantó verla de nuevo en casa… qué guapa estás, nos dijimos casi a la
vez… su visita de cinco minutos se zanjó -en cinco minutos- que prometían pasar
un ratito de un día juntas… hace mucho que no nos vemos, le dije hoy cuando ha
venido a casa… reconozco que abrazarla es uno de esos pequeños placeres vitales
que tengo… ese cuerpo minúsculo, esa sonrisa tan suya… ella siempre será una
niña para mí, pese a todo… pese al tiempo, las circunstancias… para ella soy su
nido y para mí ella es uno de mis polluelos… nos debíamos un rato para
nosotras, uno después de muchos meses y alguna que otra conversación
apresurada… mientras acababa de cocinar, charlábamos… pedimos cualquier cosa,
me había dicho por teléfono… verduras o bacon con cebolla, le contesté… no me
hizo falta decirle más… en cierta manera, reconozco que sabía que decía las
palabras mágicas… bacon y cebolla, se rió al otro lado del teléfono…
Para
cuando llegó, estaba terminando de hacer la comida después de volverme loca
buscando un mantel negro que es el de mis propios momentos especiales… el juego
del escondite este que tengo montado en casa –y en el que no participo, pero sí
lo sufro- me impidió encontrarlo con mi consiguiente cabreo por no poder poner
la mesa como querría… ella no paraba de insistir en que no me preocupara más,
yo no paraba de revolver -jurando en arameo- los armarios en busca del bendito
trozo de tela… pero si está preciosa así, me decía ella con esa cara de “no te
entiendo” que pone a veces… por algún motivo quizás ridículo, su presencia de
nuevo en casa para mí era un motivo de alegría que justificaba vestir esa mesa
en la que hace mucho que no tengo invitados… mientras terminaba de hacer la
pasta, charlábamos de su vida… de esa nueva que ha empezado después de tanto
trabajo, de tanto sufrir… te veo muy bien, le dije mientras probábamos los
tallarines que sé que la privan… lo estoy, me contestó… me quedé mirándola,
recordando muchas tardes de jardín en Acevedo… muchas en las que ella y mi
hermana me agarraban cada una de una de mis manos para salir a la calle…
sonrío… supongo que, pese a todo, nunca lograré ver a ninguna de las dos como
adultas… para mí, a pesar de todo, siempre necesitarán que las lleve de esa
manera que a pesar de no protegerlas de nada a ellas las hacía sentir que sí…
Masticábamos
pasta y queso de cabra frito contándonos esos episodios de vida que nos
habíamos dejado por el camino de estos meses de ausencia… hablando de lo
difícil que se le estaba haciendo colarse en el corazón de unos niños que, pese
a no ser suyos, forman parte de su familia… hablando de esa suegra recién
estrenada adicta a cualquier telenovela de los mil canales del TDT… la veía
hablar de esa nueva estampa familiar suya sabiendo que, pese a todo, suponía un
triunfo en su vida… uno después de muchos años de espera, de penas… de
clandestinidad, de mentiras… de vivir en la sombra pese a sentir algo que a ella
le alumbraba un camino que, quizás, no entendía quien había a su alrededor… la
miraba hablar viéndola niña pese a no serlo… sabiendo como sé que formamos un
peculiar clan en el que ella escupe y yo nunca la juzgo… supongo que porque
siento que no tengo derecho a hacerlo, quizás simplemente porque respeto que
cada uno viva su vida a su manera aún no entendiendo el por qué…
Con
el cigarro de la sobremesa, pasó al ataque más directo… y tú qué, me preguntó
con ese tono medio macarra que emplea a veces y que forma parte de su manera de
hablar… puse los ojos en blanco, sonreí… respiré hondo dándole una calada al
cigarro y comencé a escupir mi propia existencia… esa que de pronto entendí que
no tenía mejor interlocutor… esa que, sin entender por qué, necesitaba contarle
a ella a pesar de habérsela contado a otros antes… fumaba pausadamente mientras
yo escupía sin parar mis mil preguntas, mis mil impresiones… ese millar de
cosas que, a veces, se me amontonan entre las neuronas levantándolas en armas…
me reí para mí pensando en cuántas veces la historia había sido a la inversa…
en cuántas tardes habíamos pasado tratando de amedrentar a ese ejército
neuronal suyo que tenía mucho más que ganar que el mío… con un intento de salir
de casa para tomar café, volvimos con el bendito líquido en dos vasitos de
papel dispuestas a sentarnos en el sofá… dispuestas a seguir haciendo eso que
tanto nos gusta, simplemente pasar tiempo juntas… yo con mi humo, ella con sus
historias paranormales que a mí no dejan de alucinarme por la parsimonia con
la que me las cuenta… recordando una tarde de verano en la que compartimos un
café a tres, una en la que me afilé la lengua para decir cuánto quise con esa
autorización suya que fue mantenerse en silencio mientras yo sólo disparaba…
menudo chaparrón le echaste, me dijo entre risas… te pareció mal, le pregunté
sabiendo su respuesta… supongo que, a pesar de todo, no puedo evitar que se me
despierte el alma felina y que la defienda como lo hace una leona con sus
crías… quizás porque, pese a todo, siento que por eso estoy en su vida… o
quizás, simplemente, porque creo que en el reparto de papeles me tocó
interpretar ese…
Me
tengo que marchar, me dijo poniendo esa carilla tan suya que le marca un
hoyuelo en una de las mejillas… sonreí… el mismo gesto de siempre, la misma
señal… la abracé mientras ella ya tenía puestos los pies sobre el felpudo de la
entrada de casa… susurrándole al oído que no pasaran tantos meses hasta la
próxima vez… claro que no, me dijo dejándose achuchar, te prometo que una de las
veces que baje a Madrid vengo a verte… la vi irse por el pasillo mirándola con
una media sonrisa… esa que te permite sentir la calma después de que su
tormenta haya desaparecido… sabiendo que, a pesar de todo, para ella las nubes
eran simplemente atrezzo… cuestión de tiempo, cuestión de querer… sonrío… su
credo sirvió, pensé para mí, quizás por eso ahora sonríe como hacía mucho
tiempo que no lo hacía…
jueves, 1 de abril de 2010
El padre Tomás...
Por lo menos, le dije delante de una taza de café pese a ser las dos de la tarde, tendremos que ir hasta allí… me quedé dormido, alegaba Ovalle con cara de resignación y sus característicos ojos de resaca… me reí… ambos sabíamos que el sábado por la mañana tenía lugar en el pueblo un pequeño acontecimiento que, sin ser de esos que se lanzan en primera plana de un periódico, era importante… le concedemos al padre Tomás la medalla de hijo predilecto del pueblo, me había dicho el alcalde tan sólo un par de días antes… ninguno de los dos habíamos ido a la ceremonia, ninguno de los dos se había levantado a tiempo… y, sin embargo, ambos no sólo compartíamos sangre con él sino además las ganas de volver a verle… antes de que se haga más tarde, le dije levantándome de la silla, vamos hasta el Ayuntamiento… salimos a la calle mientras él me comentaba las batallitas de la noche anterior, una noche de la que yo había prescindido porque simplemente preferí una noche de barra con la rubia… no me arrepentía de no haber salido, pero reconozco que me divierte muchísimo enterarme de lo que ha sucedido pese a no estar…
Caminábamos hacia el Ayuntamiento, él parapetado tras sus gafas de sol y yo riéndome de lo que me contaba otro habitante de este lugar que se sumó a la comitiva, cuando le vi de lejos… no reconocerle sería imposible… su figura esbelta un pelín encorvada, el pelo blanco… la misma estampa que recordaba de mi infancia aunque, quizás, ahora sea algo más pequeño… vestido de negro y gris, como siempre, me di cuenta de que sostenía en una mano un bastón… al verle, sonreí… seguía teniendo esa misma silueta que le hace característico… esa que recordaba pasear por el pueblo con un andar pausado, con ese cuerpo alto para su edad y la media de esta zona… el padre Tomás es una de esas personas especiales que, pese a ser fraile, hacen que crea un poco en el ser humano… quizás por la paz que se respira a su lado o quizás, simplemente, por su peculiar manera de ser… es de esos hombres que no sólo habla sino que, además, sabe escuchar… de esos que usa el castellano a un ritmo pausadamente melódico, con una entonación que convierte sus intervenciones en un silencio a su alrededor… es imposible no prestar atención a cuanto dice y a su manera de hacerlo… con esa pronunciación impecable de cada sílaba y cada acento… quizás por eso sea Premio Nacional de las Letras, pensé para mí colocándome a su lado mientras él charlaba con alguien, de existir un cielo supongo que los ángeles deben hablar como lo hace él…
Ovalle le saludó con dos besos y un abrazo que él sonrió… ochenta y muchos años son demasiados como para que no te emocione volver a encontrar a una generación de tu sangre pese a su resaca encubierta… el padre Tomás siguió charlando, mostrando la medalla que colgaba de su cuello y que conmemoraba que es –sin duda alguna- el hijo más ilustre de este lugar perdido entre montañas… no la vas a saludar tío, le preguntó Ovalle con una media sonrisa… creo que no conozco a esta mujer tan elegante, contestó… me reí para mí contemplando que, de buscar en la RAE la definición de “elegante”, sin duda no sólo no aparecería mi nombre sino que además no lo haría en estas circunstancias puebliles… botas de montaña, pantalones de pana, jersey de cuello vuelto… soy Fátima tío, le dije con muchísima ternura… noté cómo le cambiaba la cara, cómo su interrogante pasaba a ser una enorme sonrisa… le abracé para darle dos besos y saludarle como correspondía… me sonreía sin parar… preguntándome por los míos, por la mano de mi madre… diciéndome que hacía mucho tiempo que no me veía, que me veía mucho más mayor que la última vez… me hizo gracia pensarlo… no hace tanto que no me ve, pensé para mí, pero quizás sí es cierto que desde la última soy diferente… te veo bien tío, le dije pasándole el brazo sobre los hombros… estoy bien mal, me dijo sonriendo, el castellano es la única lengua que permite unir esos dos adjetivos en la misma frase y que tengan sentido… sonreí… supongo que, pese a que se queja de que ahora tarda mucho más tiempo en hacer lo que antes le suponía un rato, seguirá siendo siempre un gran amante de esa lengua que él maneja y utiliza… sigues escribiendo, me preguntó mirándome por encima de las gafas… sonreí para mí, sabiendo que me iba a hacer esa pregunta… asentí contándole estas novedades de mi ya menos estrenada vida de gata mientras él me miraba detrás de sus gafas… no dejes de hacerlo nunca, me contestó cuando terminé, es una gimnasia que nunca debes perder… quizás por eso siento este cariño tan especial por él, porque entiende las palabras como lo hago yo... como algo necesario para vivir, como una manera no sólo de contar sino de ser...
Como le estaban reclamando en el salón de plenos, subimos con él para acompañarle… al llegar arriba, todos los que andaban por allí entre pinchos de tortilla y vino español querían decirle algo… enseñaba su medalla en lo que yo rechazaba con una enorme sonrisa una pasta que me ofrecía la abuela de una amiga… una abuela que no sólo estaba empeñada en que me la comiera sino que, además, estaba empeñada en que Ovalle era mi novio… hay que ver, me decía medio mosqueada, que no me lo has presentado… nos miramos, nos reímos… ella no entendía por qué pero para nosotros resultaba, cuanto menos, una imagen cómica… mi resacoso compañero me anunció su retirada para ir a comer, una retirada que secundé despidiéndome de esa eminencia en Santa Teresa y considerado religioso del Vaticano… guárdame dos periódicos, me dijo antes de despedirme, y me los mandas a Burgos… le contesté que contara con ello mientras le sonreía… esta vida es curiosa, pensé mientras Ovalle me bajaba como el que carga un fardo de patatas escaleras del Ayuntamiento abajo, con la cantidad de reconocimientos que ha recibido y le hace ilusión verse en el Diario de León… quizás por eso sea un ser especial porque, a pesar de todo, sigue manteniendo esa misma humildad que le hace ser simplemente el padre Tomás… un fraile que respira paz, que habla con calma… que no trata de evangelizarte, que usa las palabras acariciándolas al hablar… que devora libros en su celda de Burgos… que, a pesar de ser quien es, sigue manteniendo esa misma sencillez dentro de un cuerpo esbelto y alto por el que a pesar de las décadas siguen sin pasar los años…
Volviendo a casa le recordé dándome la comunión, su llamada la noche antes de ese supuesto gran día de tu infancia... estás nerviosa, me preguntó con esa misma voz por la que parecen no pasar los años, mañana es un día importante… tenía sólo ocho años y, sin embargo, recuerdo esa conversación como uno de mis grandes tesoros... le recordé sentado en el jardín de su casita de Acevedo leyendo muchos veranos atrás… le recordé aquél verano en el que ejercí de monaguillo sólo para estar con él más tiempo porque me fascinaba esa paz que tenía y esa manera de ser… le recordé sentado con mi abuelo en el jardín, hablando de la historia de este lugar y de las tramas sociales que subsisten en este rincón del mundo… le recordé cuando escribió el único libro que existe de la historia de este lugar… a partir de aquí, me dijo señalando el libro sentados en el jardín, tienes que continuar tú escribiendo de dónde vienes… supongo que no estuve a la altura de sus expectativas y que esa labor de compilación de estas raíces mías se quedarán huérfanas con su libro el día que él no esté… tal vez algún día, pensé entrando en casa mientras sonreía a ese candor tan particular que tiene… a esa calma que, quizás, proceda de la fe que siente y que no sé lo que es… volverás en verano, le pregunté al despedirme de él… sólo Dios sabe, me contestó arqueando las cejas con una sonrisa burlona…
Caminábamos hacia el Ayuntamiento, él parapetado tras sus gafas de sol y yo riéndome de lo que me contaba otro habitante de este lugar que se sumó a la comitiva, cuando le vi de lejos… no reconocerle sería imposible… su figura esbelta un pelín encorvada, el pelo blanco… la misma estampa que recordaba de mi infancia aunque, quizás, ahora sea algo más pequeño… vestido de negro y gris, como siempre, me di cuenta de que sostenía en una mano un bastón… al verle, sonreí… seguía teniendo esa misma silueta que le hace característico… esa que recordaba pasear por el pueblo con un andar pausado, con ese cuerpo alto para su edad y la media de esta zona… el padre Tomás es una de esas personas especiales que, pese a ser fraile, hacen que crea un poco en el ser humano… quizás por la paz que se respira a su lado o quizás, simplemente, por su peculiar manera de ser… es de esos hombres que no sólo habla sino que, además, sabe escuchar… de esos que usa el castellano a un ritmo pausadamente melódico, con una entonación que convierte sus intervenciones en un silencio a su alrededor… es imposible no prestar atención a cuanto dice y a su manera de hacerlo… con esa pronunciación impecable de cada sílaba y cada acento… quizás por eso sea Premio Nacional de las Letras, pensé para mí colocándome a su lado mientras él charlaba con alguien, de existir un cielo supongo que los ángeles deben hablar como lo hace él…
Ovalle le saludó con dos besos y un abrazo que él sonrió… ochenta y muchos años son demasiados como para que no te emocione volver a encontrar a una generación de tu sangre pese a su resaca encubierta… el padre Tomás siguió charlando, mostrando la medalla que colgaba de su cuello y que conmemoraba que es –sin duda alguna- el hijo más ilustre de este lugar perdido entre montañas… no la vas a saludar tío, le preguntó Ovalle con una media sonrisa… creo que no conozco a esta mujer tan elegante, contestó… me reí para mí contemplando que, de buscar en la RAE la definición de “elegante”, sin duda no sólo no aparecería mi nombre sino que además no lo haría en estas circunstancias puebliles… botas de montaña, pantalones de pana, jersey de cuello vuelto… soy Fátima tío, le dije con muchísima ternura… noté cómo le cambiaba la cara, cómo su interrogante pasaba a ser una enorme sonrisa… le abracé para darle dos besos y saludarle como correspondía… me sonreía sin parar… preguntándome por los míos, por la mano de mi madre… diciéndome que hacía mucho tiempo que no me veía, que me veía mucho más mayor que la última vez… me hizo gracia pensarlo… no hace tanto que no me ve, pensé para mí, pero quizás sí es cierto que desde la última soy diferente… te veo bien tío, le dije pasándole el brazo sobre los hombros… estoy bien mal, me dijo sonriendo, el castellano es la única lengua que permite unir esos dos adjetivos en la misma frase y que tengan sentido… sonreí… supongo que, pese a que se queja de que ahora tarda mucho más tiempo en hacer lo que antes le suponía un rato, seguirá siendo siempre un gran amante de esa lengua que él maneja y utiliza… sigues escribiendo, me preguntó mirándome por encima de las gafas… sonreí para mí, sabiendo que me iba a hacer esa pregunta… asentí contándole estas novedades de mi ya menos estrenada vida de gata mientras él me miraba detrás de sus gafas… no dejes de hacerlo nunca, me contestó cuando terminé, es una gimnasia que nunca debes perder… quizás por eso siento este cariño tan especial por él, porque entiende las palabras como lo hago yo... como algo necesario para vivir, como una manera no sólo de contar sino de ser...
Como le estaban reclamando en el salón de plenos, subimos con él para acompañarle… al llegar arriba, todos los que andaban por allí entre pinchos de tortilla y vino español querían decirle algo… enseñaba su medalla en lo que yo rechazaba con una enorme sonrisa una pasta que me ofrecía la abuela de una amiga… una abuela que no sólo estaba empeñada en que me la comiera sino que, además, estaba empeñada en que Ovalle era mi novio… hay que ver, me decía medio mosqueada, que no me lo has presentado… nos miramos, nos reímos… ella no entendía por qué pero para nosotros resultaba, cuanto menos, una imagen cómica… mi resacoso compañero me anunció su retirada para ir a comer, una retirada que secundé despidiéndome de esa eminencia en Santa Teresa y considerado religioso del Vaticano… guárdame dos periódicos, me dijo antes de despedirme, y me los mandas a Burgos… le contesté que contara con ello mientras le sonreía… esta vida es curiosa, pensé mientras Ovalle me bajaba como el que carga un fardo de patatas escaleras del Ayuntamiento abajo, con la cantidad de reconocimientos que ha recibido y le hace ilusión verse en el Diario de León… quizás por eso sea un ser especial porque, a pesar de todo, sigue manteniendo esa misma humildad que le hace ser simplemente el padre Tomás… un fraile que respira paz, que habla con calma… que no trata de evangelizarte, que usa las palabras acariciándolas al hablar… que devora libros en su celda de Burgos… que, a pesar de ser quien es, sigue manteniendo esa misma sencillez dentro de un cuerpo esbelto y alto por el que a pesar de las décadas siguen sin pasar los años…
Volviendo a casa le recordé dándome la comunión, su llamada la noche antes de ese supuesto gran día de tu infancia... estás nerviosa, me preguntó con esa misma voz por la que parecen no pasar los años, mañana es un día importante… tenía sólo ocho años y, sin embargo, recuerdo esa conversación como uno de mis grandes tesoros... le recordé sentado en el jardín de su casita de Acevedo leyendo muchos veranos atrás… le recordé aquél verano en el que ejercí de monaguillo sólo para estar con él más tiempo porque me fascinaba esa paz que tenía y esa manera de ser… le recordé sentado con mi abuelo en el jardín, hablando de la historia de este lugar y de las tramas sociales que subsisten en este rincón del mundo… le recordé cuando escribió el único libro que existe de la historia de este lugar… a partir de aquí, me dijo señalando el libro sentados en el jardín, tienes que continuar tú escribiendo de dónde vienes… supongo que no estuve a la altura de sus expectativas y que esa labor de compilación de estas raíces mías se quedarán huérfanas con su libro el día que él no esté… tal vez algún día, pensé entrando en casa mientras sonreía a ese candor tan particular que tiene… a esa calma que, quizás, proceda de la fe que siente y que no sé lo que es… volverás en verano, le pregunté al despedirme de él… sólo Dios sabe, me contestó arqueando las cejas con una sonrisa burlona…
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