
Por las mañanas, el horario es dudoso… depende de la última partida de cartas de la noche… la cara de cansancio de Olga la delata, la marca de la almohada en la cara de Alvaro también… la cita del vino es obligatoria… y ahí es dónde comienza a formarse un extraño clan en el bar: padres, hijos, abuelos… todos tienen cabida… todos charlan… para todos hay una palabra… somos una pequeña familia con sus desavenencias, sin duda… pero ahí estamos, compartiendo nuestro tiempo y de manera casi ritual… por las tardes llega el turno de las cartas… las mismas caras de siempre, los mismos piques, los mismos gritos que hacen que salgas huyendo de allí… de repente, una abuela asoma la cabeza… viene a buscar sus medicamentos, el bar también ejerce las veces de dispensador farmacéutico para quiénes no pueden ir a comprar las medicinas… se comentan las noticias de la tele, se compara con años pasados… lo de antes, desde luego, siempre fue mejor… hacer el crucigrama del Diario de León se convierte en una contrarreloj… o llegas pronto o el Míster ya está en ello… con sus gafas de leer de cerca… con sus dudas genialmente resueltas gracias a la mini enciclopedia del bar… ¿dónde se ha visto un bar que tenga ese tipo de lectura?
Las cervezas de antes de cenar vuelven a reunir al mismo clan de por la mañana… y la noche vuelve a ser una extraña maraña… tu padre, tu colega, tus primos, el novio de no sé quién… los niños en el futbolín… si no hay fiesta la noche pinta tranquila pero nunca terminará antes de las tres de la mañana… aún cuando no hay nada que hacer, irse a la cama resulta complicado… sentados en los bancos de la terraza, con una Mahou o un café con leche… conversaciones en el frío de la noche de la montaña… sobre todo, sobre nada… quizás unas pipas le ponen broche final al ambiente… si hay fiesta, es la primera copa –o las cinco primeras para algunos- obligatoria… allí llegamos, comentarios sobre si es tarde, sobre quién va con quién… las prisas de algunos, el relajo de otros que podrían quedarse directamente allí sin ir a ningún otro pueblo… y, al volver de madrugada cuando todavía es de noche, mientras el coche va por la calle del medio miras a ver si hay todavía alguien en el bar… y si, mirando por el ventanuco ves a alguien recogiendo, siempre paras a decir “menudas horas” esperando saber quién les ha hecho quedarse hasta tan tarde… qué extraño momento vital en la historia de la Humanidad les ha alargado el cierre… en resumen, quién estaba jugando a las cartas o tomando copas, y qué había pasado… porque otra de las bendiciones de esta singular Taberna es que siempre pasa algo… siempre hay una historia graciosa que contar… si no es que unas búlgaras se suban medio desnudas a la barra a bailar una tarde de invierno puede ser, simplemente, que un pulpo congelado había tratado de asesinar a Álvaro… todo es posible… y, a la mañana siguiente, vuelta a empezar… el mismo ciclo, las mismas costumbres… los bolos… las historias del Buggui… el plato de pinchos que se pasea por la terraza… el auto servicio que tenemos algunos cuando hay mucho lío, "te lo apunto" le dices… la manguera que en verano salpica con la sidra… las madreñas a la entrada en invierno…
Ese bar no es sólo la historia de dos personas, Alvaro y Olga, y de sus largas noches de paciencia… del buen rollo pese a ser madrugada, de las ganas de charlar siempre sobre cualquier cosa… no es sólo un lugar de reunión… no es un bar como otro cualquiera… es la gran caldera que calienta todo ese pueblo… el calor en mitad del invierno más duro… el fresquito más agradable en los días de calor… “La taberna de Moe” es el eje sobre el que gira esa pieza del gran puzzle que es para algunos ese lugar… el pulmón que permite que vivamos en la ciudad… porque siempre, siempre podremos volver…